Mostrando entradas con la etiqueta Carolina Orlando. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carolina Orlando. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de abril de 2008

PRESENTACIÓN DE PALABRAS ESCRITAS Nº 5

La revista-libro "Palabras Escritas" Nº 5 será presentada el día sábado 3 de mayo de 2008 a las 17 horas en el salón del stand de Brasil de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires con la presencia de los escritores Alejandro Maciel, Carolina Orlando y la editora Vidalia Sánchez, de Servilibro, Paraguay.
Este número 5 está dedicado a la obra del narrador mexicano Juan Rulfo.
La publicación puede adquirirse via Internet escribiendo a:
http://tienda.escribirte.com.ar/
Envían a todo el mundo y el costo de cada ejemplar, bueno para coleccionar en bibliotecas de institutos, colegios, universidades de la Región ya que suma obra creativa de poetas, narradores/as y obra crítica de prestigiosos/as académicos de España, Brasil, Francia, Canadá, Argentina, Chile.


a. maciel, 24.4.08

martes, 22 de enero de 2008

REVISTA PALABRAS ESCRITAS Nº 3 cuarta parte

Dibujo de Miguel Pencieri para la serie "El Méjico de Juan Rulfo"
.
.

REVISTA

.

PALABRAS ESCRITAS Nº 3

.

un diálogo entre Brasil e Hispanoamérica

.

.

Nº 3 -cuarta parte-

.

.

Ilustraciones: Miguel Pencieri

.


Publica: Servilibro, Asunción, Paraguay

.

Editora responsable: Vidalia Sánchez

.

25 de Mayo esquina Méjico, Asunción, Paraguay

.

Telefono/Fax: (595-21) 444-770

.

Redacción: Luis Hernáez, Amanda Pedrozo, Alejandro Maciel

.


.

Bmé. Mitre 3712 (1201) Buenos Aires, Argentina

.

Tele/Fax: (011) 4981-1791

.

.

.

.

.

.

.





Carta para mis tres tías

.

.

Marta Ortiz, (Rosario, Santa Fe)

.

.


(Cuento que integra la colección El vuelo de la noche)

.

Nunca tuve una madre. Supongo que una madre
es alguien a quien acudes cuando estás preocupada.

.
Emily Dickinson

.

.

Querida tía Margarita:


No desearía iniciar esta carta con una fórmula convencional. Pero tampoco puedo no decirte que me gustaría que te encuentres bien y al mismo tiempo contarte que yo estoy tranquila y que me siento espléndida, aunque eso signifique usar una frase convencional.


Te preguntarás por qué te escribo cuando han pasado tantos años. Yo también me lo pregunté. Y descubrí que me impulsaba el afecto que me hiciste sentir en aquellas esporádicas escapadas mías a tu departamento de la calle Esmeralda. Cuando viajaba seguido a la capital, cuando hice mi post-grado. ¿Te acordás?
Es imposible olvidar, por ejemplo, tus exquisitas ensaladas de escarola con mucha sal y un limón entero exprimido. Tal vez te parezca inverosímil que yo mencione semejante banalidad. Pero intentá hacer memoria y no te va a resultar difícil recordar que en ese tiempo me encantaban las ensaladas, que hubiera sido feliz cultivando una huerta sólo para mí. Que las prepararas a mi gusto ya significaba una prueba de amor. Por supuesto y entre nosotras, en este punto cabe tener presente que mi madre nunca supo interpretar mis inclinaciones en general y mucho menos mis preferencias en el ámbito de la gastronomía.


Nobleza obliga, tía Marga, no creas que sólo soy capaz de recordar tu ensalada de escarola. También pienso en el café después de cenar con una oblea bañada en chocolate, en esa sobremesa jugosa donde contábamos todo lo sucedido en el día y en la cama blanda, con sábanas impecables que me habías destinado desde el primer día. En una palabra, tu interés por mí siempre se evidenció en los aspectos culinarios y formales, lo que me hacía sentir atendida y homenajeada como nunca lo había sido en mi propia casa. Confieso que más de una vez sentí oleadas de envidia por la suerte que tenían mis primos Máximo y Federico. A ellos sí que no les faltaba nada. ¿Y el jazmín que pusiste en un florero de opalina azul en mi mesa de luz? Aunque no lo creas, más de una vez repetí ese gesto entrañable con mi hija Juliana, quién me lo agradeció siempre con la sonrisa tierna y cómplice de quien se sabe tiernamente amada y protegida.


Dora se detuvo. Se sintió tranquila, satisfecha. Después de una prolija relectura decidió interrumpir la carta. No había razón para apurar el final. La terminaría junto con las otras dos. Lo que ahora importaba era darles comienzo: una para Águeda y otra para Blanca.
Miró el reloj: las nueve y media de la noche. Tiempo fresco y seco, tal como había escuchado esa mañana en la radio. Se distrajo un momento regando un helecho plumoso que tenía la tierra reseca y tomó un vaso de agua antes de sentarse a escribir la segunda carta.

Querida tía Águeda:


Hace tiempo que no tengo noticias tuyas. Presumo que estás bien. Casi diría que estoy segura. Sabés que únicamente puedo pensarte saludable y feliz.
¿Cómo podría prescindir de tus nervios a flor de piel, un poco alterados, o de tus vacilaciones permanentes? Siempre sintiéndote un poco culpable, o mejor dicho, responsable de casi todo. Bueno, esa es la leyenda que te precede. De todos modos a mí siempre me tuvo sin cuidado tu estilo romántico e idealista. Lo que sí me importó, y mucho, fue que a pesar de vivir inmersa en tus pensamientos inestables y fragmentados, siempre tuviste tiempo para compartir mi vida y para elegir “los regalos exóticos para Dorita”, como solías llamarlos. Así fue como a los seis años recibí un sahumerio hindú que llenó mi cuarto de rosas perfumadas, a los ocho mi primer libro de refranes y reflexiones imprescindibles para la vida, según tus indicaciones, y a los diez aquél misterioso palo de lluvia que se instaló en mis días con eso, con el sonido de una lluvia que no parecía la de siempre, sino otra. La que caía mansa y a la vez abundante crepitando sobre un patio de ladrillos que yo inventaba sin esfuerzo. Y ni hablar de la colección de muñecas de porcelana china para Dora cuando enfermaba, cuando estaba triste o cuando algo andaba mal en la escuela.


En mis más antiguos recuerdos también están los célebres “higaditos de Aguedita”. Así los llamabas y me los hiciste comer cuando me faltó hierro en la sangre. ¿Te hago sonreír?


¿Cómo no agendar en el corazón tanta calidez y afecto, sobre todo si partimos de la base de que mi madre nunca estuvo presente a la hora de las lágrimas ni a la de agrandar las orejas para escucharme?
Una vez más, tal como lo había hecho con la carta para Marga, la releyó, consideró que era apropiada y que había llegado el momento de dejarla inconclusa.
Era casi medianoche. Se vio reflejada en el espejo del baño: dos ojeras violáceas rodeaban el párpado inferior ligeramente hinchado por las lágrimas. Se desperezó, bebió un café bien cargado y se armó de coraje para seguir. Lo único que contaba ahora, era escribirle a la tercera tía.

Querida tía Blanca:


Espero que recibas esta carta en un buen momento y que puedas leerla tranquila, sin que sea necesario interrumpir tus innumerables ocupaciones. Y no digo esto para molestarte, ya sabés lo mucho que te quiero, pero las dos entendemos que tu vida transcurre de reunión en reunión y que ya te ocupa demasiado tiempo ser la directora del planetario municipal de Villa Ernestina como para que también puedas relajarte y descifrar mis jeroglíficos manuscritos.


Siempre fue un poco difícil acercarme a vos. Me parecías distante, como si hubieras vivido en otro mundo. Con el tiempo llegaría a comprender que era realmente “otro mundo” o mejor dicho “otros mundos”, los que se llevaban toda tu atención. La astronomía y la física te dieron un sello diferente al de mis otras dos tías, Marga y Aguedita.


La más intelectual, dice Ricardo. La que lleva una vida más independiente, digo yo. Más espacio privado, bah, todo lo que una mujer puede y debe tener para vivir con cierta dignidad, sobre todo en los tiempos que corren, tan competitivos.
Ya no te siento indiferente ni distante, aprendí que siempre estuviste alerta para detectar cualquier urgencia económica que yo pudiera tener. Siempre me regalaste dinero. Y me sirvió. Ahorraba durante todo el mes y después me compraba lo que quería o lo que necesitaba. ¿Te acordás del globo terráqueo iluminado que compré cuando un día empezó a interesarme la geografía? Te lo debo a vos. Y también te debo mi fascinación por todos los cuerpos celestes, ya que ese mismo día me hablaste de galaxias doradas en un espacio sin límites, de mares azules, de océanos casi negros, de tierras ignotas y de caracolas gigantes en las costas de África. Fuiste quien se ocupó de abrir mi fantasía, mi imaginación, mi inagotable necesidad de conocer.


¡Claro, qué podía saber yo de todo aquello si mi madre nunca me habló de nada tan hermoso! Tía Blanquita, a veces creo que en realidad, nunca me habló. Lo bueno es que Dios aprieta pero no ahorca: las tuve a ustedes tres.
Dora soltó la lapicera y se tapó la cara con las manos. Estaba terriblemente cansada. Había llegado al punto casi final de las tres cartas. Sólo faltaba un párrafo. O dos, eso no importaba. Lo que importaba era darles un cierre. Había que escribirlo en un tono impersonal y serviría por igual para todas. El verdadero punto final, el broche de oro. ¿De las cartas o de su pasado? Era una buena pregunta.


Se detuvo a observar las facciones pálidas y demasiado relajadas de María Luisa. ¿Se habría dormido finalmente y para siempre?
Volvió a pensar el texto final. Lo escribió, lo borroneó, lo estrujó y lo tiró más de una vez al cesto hasta que por fin supo que había logrado la versión definitiva. Algo extensa, pero adecuada.

.


El último fragmento de la carta decía lo siguiente:


Agrego una noticia importante. O depende de cómo se la mire. Tal vez para vos, tía, represente una conmoción, y es posible que también yo, aunque no me dé cuenta todavía, esté sufriendo un estado de shock bajo una aparente superficie de tranquilidad: mamá, María Luisa, tu hermana o como quieras llamarla, murió hoy a las tres de la tarde, culminando así una tortuosa y larguísima agonía. Me siento en condiciones de corroborar que ha vivido miserablemente unida a sí misma, cordón de su propia placenta, centro y eje de todas sus preocupaciones. Perdón si la letra sale corrida, no puedo contener las lágrimas.
Aunque este final era predecible y a veces llegué a pensar que lo pasaría de largo y no me conmovería, decidí mantenerte informada. Te quiero demasiado como para dejarte en ascuas, compartiendo la inocencia del que nada sabe.
Minutos después del deceso y no sin antes derramar sobre ella largas lágrimas y reproches, inauguré un raro descanso sin la rutina de los medicamentos cada tantas horas, ni de cuidarla en la degradada etapa de despojo humano sin precedentes a la que fue sometida por la enfermedad. La peiné, le puse su mejor vestido, y la dejé descansar en paz, al fin y al cabo era lo único que ella sabía hacer a la perfección.


Una vez acabada tan piadosa tarea, comencé a escribir esta carta, mientras espero la llegada de un nuevo amanecer y del servicio fúnebre que acabo de solicitar. Estoy aquí, en el escritorio de la casa de mamá, el lugar que siempre me pareció más acogedor. Pensé que cuando una quiere contar que algo desastroso y tan difícil de soportar ha sucedido, y que ya no se puede volver atrás ni cambiar nada, una le escribe a su tía. Porque yo aprendí desde muy chica que si con algo seguro se puede contar es con el eco en el corazón de una tía. Y por eso, nada más que por eso, te escribí esta carta, Marga, Aguedita, Blanca.
P.D.: El entierro tendrá lugar por la mañana del nuevo día que ya amanece, muy a mi pesar, cuarteado de nubarrones oscuros. En el cementerio de las Ánimas, en el panteón familiar. Como ella quería.


Te abraza: Dora.

.

.

.

.

.

.

.
.

.

STROESSNER NOVELADO

.

.


José Vicente Peiró Barco

Universidad Jaume Castelón, Valencia.

.

.

.

Sin duda, la novela paraguaya de dictadores está marcada por la relevancia de una obra tan elaborada y compleja como Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos. Ha sido frecuente la novela histórica dedicada a sus figuras históricas en el país guaraní, ya para darles un trato favorable, ya desfavorable, ya aséptico. Sin embargo, la novela de Stroessner no ha sido suficientemente analizada por la crítica por distintos motivos inherentes tanto a la creación como a la publicación, y que merecerían una atención peculiar.


Aunque el universo de la dictadura stronista está presente en varias novelas paraguayas publicadas antes de su caída, como La isla sin mar (1987) de Juan Bautista Rivarola Matto, las creaciones de Santiago Dimas Aranda, sobre todo La pesadilla (1980), Los ensayos (1982) de Jesús Ruiz Nestosa, o La sangre y el río (1984) de Ovidio Benítez Pereira, es cierto que las aproximaciones a los motivos personales del dictador suelen ser aislados, y suelen mostrar expresamente universos ambientales y situaciones concretas de violencia, de represión o de lucha más que analizar las personalidad del dictador o del mundo desarrollado desde su efigie. También en ocasiones la dictadura era el bastión de la represión a la mujer, como en el caso de Los nudos del silencio (1988) de Renée Ferrer, novela que cuestiona las situaciones generadas por la brutalidad machista o su mentalidad con mucha profundidad sin penetrar en la figura del Tiranosaurio
[1]. Era lógico evitar la presencia del dictador puesto que el personalismo de la dictadura no hubiera permitido alusiones directas a la figura glorificada y mitificada del heredero de los próceres del país. Sin embargo, cualquier lector con una competencia media entiende que en el fondo de estas novelas planea la presencia del dictador y la explícita denuncia sociopolítica porque la dictadura se personificó con un nombre y apellidos pero en realidad era un engranaje y una superestructura sobredimensionada que favoreció la corrupción y las prácticas abusivas.

Después de la caída del dictador Stroessner en 1989 se abre el mundo del libro a la expresión de ideas. El libro es un objeto de expresión de libertad y por ello no tiene mucho sentido denunciar la dictadura fenecida con la ficcionalización porque se puede escribir prosa de denuncia sin miedo a la represión. Es cuando destaca la narración best-selleresca de Santiago Trías Coll, representada fundamentalmente por las dos partes de Gustavo presidente (1990 y 1993) que abrieron el camino de la ficción política. Pero subsiste el miedo a la dictadura y, sobre todo, al retorno a ella y a la amenaza totalitaria casi siempre nacida desde algunos estamentos militares y eso impide que se escriba una parte importante de novelas que permanecían sobre todo en la cabeza de los autores. Las obras sobre la tiranía editadas suelen caer en el cripticismo y en la oscuridad como símbolo de la misma, cuando no en el experimentalismo: la mejor manera de representar un universo tan absurdo como el del stronismo es ofreciéndolo como etéreo o con un punto de vista pretendidamente no realista. Los mejores ejemplos son Celda 12 (1991) de Moncho Azuaga e Historia(s) de Babel (1992) de Joaquín Morales.
La aparición de la novela El último vuelo del pájaro campana (1995) de Andrés Colman Gutiérrez supuso un giro en el tratamiento del tema. La narración recogía el ambiente paraguayo de esos años, con la amenaza permanente de la vuelta a la dictadura. El relato partía de la trama de unos delincuentes para reponer a Stroessner en la jefatura del estado. Sin embargo, reflejaba el ambiente de incertidumbre política y social de mediados de los noventa y no pretendía constituirse en un relato sobre la dictadura. Digamos que no era una novela sobre el stronismo, sino sobre el postestronismo.


Fue Augusto Roa Bastos quien mejor penetró en 1993 en el absurdo mundo de la dictadura en El Fiscal, pero hacía responsable –quizá en exceso– al pueblo paraguayo de la presencia dilatada del Tiranosaurio en el poder. Con Madama Sui (1995) el autor reflejaba el autor la unión entre la dictadura y el sexo cortesano para mostrar su cara más horrorosa.
Durante el último lustro del siglo XX y el primero del XXI existen aproximaciones como Tántalo en el trópico (2000) de Nila López, pero Stroessner seguía sin ser tomado como un personaje novelesco, al menos en los términos que había dibujado Roa Bastos en El Fiscal, donde sin ser protagonista de la obra sí que aparecía físicamente en el momento en que Félix Moral se lo encontraba en la recepción oficial en la que presuntamente debía asesinarlo. Stroessner quedaba como una figura éterea, una sombra por encima de los personajes, y una constante abstracta de pavor.


Desde los primeros años del siglo XXI se observa que los escritores no tienen tantos reparos en escribir sobre la dictadura más reciente de la historia paraguaya. ¿Habrían perdido el miedo? ¿Quizá sería por los efectos subliminales y liberadores del marzo paraguayo, cuando el pueblo comenzó a apreciar como lejana la amenaza golpista de Lino Oviedo? Fuere como fuere, una vez pasados los efectos de la batalla defensora de la democracia, se empezó a escribir sobre Stroessner.


El año 2004 fue decisivo en la evolución de la novela del estronismo. Apareció una novela de Jesús Ruiz Nestosa titulada La generación de la paz en la que ponía en entredicho la actitud conformista de una parte importante de la población paraguaya durante la dictadura. En realidad, la novela enfrentaba el pensamiento de unos jóvenes inconformistas con sus padres, unos privilegiados por su proximidad al poder. También se acerca a un denominador común de la novela del estronismo: la afición del dictador a las jóvenes y adolescentes.
Ese mismo año aparece una novela que pasará a la historia por ser la primera donde Stroessner es el protagonista, no un personaje sombrío que circula por la novela: Las memorias de Escorpión de Efraín Enríquez Gamón. Además, está escrita en clave de memorias, con lo que también era el narrador. Enríquez Gamón conoció profundamente, y desde dentro, el régimen de Stroessner, y este aspecto se aprecia en la novela con el detallismo de las situaciones y la profundidad de reflexiones del dictador protagonista. La narración se impregna del espíritu de la indagación para desentrañar la maraña de una época oscura de la que se conocen más anécdotas que fundamentos, a pesar de haberse vivido. La obra se sostiene en el discurso mental del dictador y su desarrollo depende de la linealidad de su memoria.


Y es que Las Memorias de Escorpión es una novela autobiográfica donde se acumulan las reflexiones del dictador; reflexiones sobre el poder y su naturaleza, sobre el papel de los escalafones bajos que sostienen una dictadura, sobre las delaciones, la represión, el empleo de la violencia y el carácter mayestático del ejercicio del poder. Son unas memorias que ficcionalizan el repaso de Stroessner a su propia vida, pero no un repaso lineal, sino fragmentario y ordenado de forma temática. Finalmente, el dictador desaparece y deja en su lugar un escorpión, símbolo de su persona, junto al manuscrito: es una metáfora del destino del tirano por antonomasia. El amanuense, retomando el término de Yo el Supremo (hay otras coincidencias con esta obra, simples coincidencias, eso sí, como la rememoración del pasado como “en el registro de un caleidoscopio”, cita que aparece en la segunda parte, p. 65), que se lo encuentra decide darlo a la luz pública, de ahí que el discurso se plantee en dos niveles: el del endógeno del dictador y el exógeno de quien decide publicar las memorias. Sin embargo, la novela en realidad presenta un discurso único que subraya la existencia de un pensamiento único excluyente durante las dictaduras: el del dictador, porque desde el principio subraya el carácter memorialístico al presentar un yo dispuesto a confesarse con un carácter intimista (como se denomina el primer apartado del libro). Sin embargo este yo manifiesta que el lector no está ante unas memorias, entendidas como relación escrita de acontecimientos biográficos, sino también ante una reflexión sobre el universo funcional de una tiranía fundamentándose en la paraguaya, expresada sin maniqueísmo por medio de la postura ficcional distanciada y una focalización humana. Las memorias de Escorpión son un fresco sociológico del régimen político.


Sin embargo, es curioso que unos días antes del fallecimiento el 16 de agosto de 2006 del dictador expulsado a Brasilia, más bien coincidiendo con el acontecimiento, apareciera una novela que da un giro importante a la percepción literaria de su figura. Se trata de Aldea de penitentes de Pepa Kostianovky
[2], una periodista con una trayectoria literaria esporádica pero bastante importante. En el ámbito de la narrativa publicó en 2005 una delineada novela de inspiración autobiográfica titulada Desde el otoño, donde se mezclan la ternura, la fantasía, el humor y la humanidad.

Y estos son unos rasgos que también se perciben en Aldea de penitentes. Durante su lectura, en ocasiones da la impresión de que estamos reviviendo en el realismo mágico, sobre todo en las escenas con presencia de la tarotista Berta Correa, terrible escrutadora de designios de la rueda de la fortuna que raramente se equivoca y a la que suelen acudir a consultar personalidades del régimen. En otras atendemos a un profunda crítica social, sobre todo del universo de corrupción y latrocinios que una dictadura crea a su alrededor, y la de Stroessner no iba a ser menos, más bien iba a serlo más. Los ingredientes humorísticos se mezclan con los más crueles, como es el caso de las escenas del ultraje de las niñas. Esto demuestra la riqueza de medios expresivos y de situaciones planteadas que la autora domina y sabe utilizar demostrando su excelencia como comunicadora.


Aldea de penitentes se inicia en el momento en que acaba de morir el general Hugo Elizardo Cuenca, un preboste del régimen stronista. Este personaje no es un ser cuya conducta esté individualizada: es un prototipo de la personalidad que ha evolucionado desde el empleo funcionarial hasta la riqueza máxima durante la dictadura y que se ha beneficiado con ella. La novela se inicia y se cierra con el cortejo mortuorio de Elizardo. Con esta circularidad, la autora se permite recurrir al tiempo mítico mezclado con la linealidad de la diégesis y la definición de la muerte como destino de todos los seres humanos, incluido el mismo dictador Stroessner, sobre el que la escrutadora de cartas Berta vaticina que después de su derrocamiento va a penar sus culpas durante muchos años en el infierno de la tierra. Como expresa el narrador omnisciente, Elizardo Cuenca “fagocitó por decenios a la sombra de Alfredo Stroessner, guardándole lealtad pródigamente recompensada” (p. 16). La obra es el retrato del régimen de favores y corruptelas que se cimenta durante la dictadura, como forma de explicar el origen de algunos problemas pendientes de resolución en el Paraguay actual.
La autora mezcla la crónica con la ficción continuamente. En los capítulos XVII y XXIV se explicitan incluso tipográficamente dos episodios históricos ocurridos durante el régimen stronista, con detalles escasamente conocidos. En el capítulo XVII se informa en apenas dos páginas su evolución, con las disputas internas y la manera en que Stroessner fue deshaciéndose de quienes podían obstaculizar su perpetuación en el poder, hasta el ascenso de la oligarquía de ingenieros nacida con la construcción de la central hidroeléctrica de Itaipú, los Enzo Boys que desembocaron en Barones de Itaipú, y cómo a los militares, para callar sus voces disconformes ante esta ascensión civil, fueron compensados con negocios de tráficos diversos y contrabando. El capítulo XXIV describe la “conversión” del médico nazi Joseph Mengele en ciudadano paraguayo gracias a la gestión de los hermanos Argaña, hasta llamarse Carlos Flores Chávez. Historias de cómo la dictadura favoreció la corrupción, el clientelismo, el dinero fácil y la protección de prófugos de la justicia internacionales. Kostianovsky destaca con ello que el stronismo no fue, desde luego, un modelo de perfección moral ni tampoco unos pilares donde se pudiera asentar un Paraguay más próspero en el plano nacional y colectivo.


La riqueza de Cuenca y de los favorecidos del régimen se inicia con la usurpación de propiedades de los terratenientes liberales que acaban en desgracia con la subida al poder de los colorados. Su mujer, Clota Bogado, también organiza sus negocios en forma de suministros de materiales a organismos estatales, pero no llega a triunfar porque hay un aspecto que no está muy bien visto por el régimen: su pertenencia al Opus Dei, lo cual le hará caer en reflexiones y actitudes en ocasiones ridículas porque el rigor religioso suele desembocar en el absurdo. Pero la inmoralidad del régimen no radica solamente en lo patrimonial o lo material. Alfredo Stroessner se inclinaba por las mujeres niñas, ejemplificado en el capítulo del ultraje de Catalina. Los matrimonios tampoco son modélicos: Elizardo Cuenca tiene sus amantes, lo que provoca que tenga que conformar negocios personales a Clota. La inmoralidad es la base de los comportamientos, desde luego.
Estilísticamente, la novela se fundamenta en el párrafo conciso y la estructura del discurso de forma dinámica. Kostianovsky busca un lenguaje equilibrado entre la oralidad de los diálogos y la verbalidad de las frases expositivas. La acción no es tan importante como la percepción que el lector obtenga de las secuencias narrativas, pero sin caer en el doctrinarismo político. El relato no es una arenga contra la dictadura, sino una descripción de sus hábitos, algunos de ellos supervivientes en la vida paraguaya; hábitos que causarán el rechazo del lector que crea en la justicia y en la libertad. Los personajes de la dictadura son suficientemente conocidos. Su recuerdo es una advertencia de tiempos pasados que no deben ni recordarse. La voz de Stroessner está presente en la novela porque estos personajes son una prolongación de sus brazos ejecutores. El general Patricio Colmán no lanzaba a sus presos de los aviones sin que el dictador lo supiera. Pero, además, el relato revela la mixtificación del régimen con una figura del dictador presente en forma de retratos “con marco dorado opaco o brillante” (p. 87) y banderas patrias esparcidas por todos los rincones del país, con una educación inspirada en el catecismo de San Alberto, código de leyes que en realidad no escribió San Alberto, para educar con la premisa de la divinidad del dictador.


La gravedad del discurso dependerá, por todo ello, de la propia situación narrada. Destaca el empleo de la ironía y el humor con frecuencia: “Ñata Legal, cuyo apellido contrastaba de modo pintoresco con su condición, ya que así como Eligia Mora podía preciarse de ser ‘la legal’, Ñata se ufanaba por ser ‘con la que mora” (p. 23). Los diálogos son fluidos y muy ilustrativos. Hay también historias tiernas, como los devaneos amorosos de Berta Correa, personajes de nombres inspirados en seres reales (Alcibíades Delvalle o la propia Berta Correa, que en su nombre refleja realidad, por corresponder al de una amiga, y en su apellido la ficción de la leyenda popular del norte argentino de la “Difunta Correa”, que siguió amamantando después de muerta), que contrarrestan el duro discurso de los ultrajes crueles de la dictadura. En ocasiones, la ironía subraya lo grotesco del régimen, como ocurre en el párrafo sobre la educación de los hijos de Stroessner “como paraguayos”. Contrasta con la historia de Antonia Mereles, feliz en los años de criada con los Cuenca y ultrajada posteriormente al ser elegida con doce años por Stroessner para sus hábitos cortesanos.


Hay un aspecto fundamental en la novela: la crítica al machismo. Pero no sólo a esa preponderancia masculinista ni a los hábitos de desprecio a la mujer, sino también al “matriarcado criollo” tan atribuido generalmente a la esposa paraguaya. Ese “matriarcado” no siempre generará una educación de fomento de la personalidad integral: en el caso de Clota, provocará toda una pedagogía de la represión y de la culpabilidad, pródiga en contradicciones y disciplinas absurdas. Pero la brutalidad de los hombres supera cualquier otro índice de nulidad de la educación recibida; hombres que, sin embargo, como Elizardo, son un “cero a la izquierda” (p. 112), pero que adquieren poder hasta el punto de dar y repartir beneficios, empleos y alegrías. Infidelidades, intrigas palaciegas, apropiaciones económicas y usurpaciones de tierras. Por otro lado, está mal visto socialmente por los dos ámbitos masculino y femenino la dedicación a aficiones como las letras, como en el caso de Alberto, el tercer hijo del matrimonio Cuenca Bogado, porque son “disparates que no sirven para comer” (p. 117), con lo que acaba estudiando Derecho por entrar en algún estudio universitario productivo.
Pero es en realidad el personaje de Berta Correa el que acaba transformándose en el eje central de la novela. A ella acuden a descubrir su futuro y lo acierta. Berta acaba engulliéndose el universo narrativo de los Cuenca Bogado. Sin acabar de convertirse en la verdadera protagonista, es el centro del desarrollo que desemboca en el desenlace y es quien vaticina el destino de Stroessner.
Estamos ante una novela que en escasas páginas revela y denuncia la dictadura de Stroessner con una fiereza ejemplar, y que determina un nuevo panorama en el tratamiento de la figura de este dictador en la narrativa paraguaya. Es probable que la novela sea breve porque el régimen del Tiranosaurio era tan pobre que para demostrar lo que aportó a la historia paraguaya no eran necesarias más que ciento veinte páginas. El relato es muy consistente y trabaja en la muestra de una dictadura como conjunto de relaciones personales sometidas al arbitrio de una figura mixtificada.

.

.

.

.

.

.

.




Lupanar de viejo

.

.


Carolina Orlando

.

.

.

El joven periodista, pecoso y cobrizo, llegó al asilo para entrevistar al veterano periodista en una habitación de “La Casa de la Tercera Edad”. El joven se sentó frente al viejo, le sonrió y, tras presentarse, le estrechó la mano.

- Me gustaría que comenzáramos con alguna experiencia, allá por sus años de juventud - le dijo.
¿Allá por mis años de juventud? No te digo nada porque habrás tenido una abuela pelirroja, y qué buenas están las pelirrojas. Allá la tendrás vos, con tu pinta de colorado maricón, pensó el anciano.

Y el viejo, tras balbucear un bueno-dejame recordar-a ver, habló:

- ¿Daneri, me dijo? Su apellido me recuerda una de mis mejores experiencias. Yo empecé a trabajar para el diario cuando tenía su edad. Usted ni había nacido, fíjese qué cosa. Dichoso de usted, quien no quisiera estar en los veinte.
Yo escribía las reseñas de los libros que nos mandaban las editoriales. Un día llegó uno, cómo olvidarlo, Prostibularias, era el título. Después de leerlo, me llené de…incógnitas. La cuestión prostíbulos era desconocida para mí y entonces me vino una idea, la de escribir una crónica sobre los prostíbulos de Cañada. Ese pueblo, se sabía, era un gran lupanar. La crónica incluiría una descripción del pueblo, de las casas, de sus putas. Dónde estaba la puta más linda, la puta más vieja, la puta que gritaba más fuerte, si vivían hombres en el pueblo. En fin, busqué experiencias. No tenía otro camino que mezclar el trabajo con el placer, usted me entiende, muchacho. No, como va a entenderme si, ahora, eso está prohibido. Si le tocás el culo a una compañera de trabajo, me contaron, te dan una patada y te dejan afuera. En fin, juventud era la de antes…
Me fui a visitar Cañada entonces. Vaya de noche, me aconsejaron. Ni bien crucé el arco que decía Cañada, donde comenzaba la única avenida, me recibió la primera puta. Soy Lupa, me dijo. Busco un cuarto, respondí, para quedarme unas noches. Me agarró del brazo, así, con fuerza, y me increpó. La muy puta me dijo que mire que este pueblo, todo, es un burdel / que nada de negocios serios / que a la mierda con las leyes / que nada de buscar siempre a la misma / que eso está prohibido / que el sexo libre libre / que la cosa va en serio.
Le devolví mi mejor sonrisa. No le dije nada sobre mi crónica, claro, la puta me hubiese sacado a patadas si le contaba.
Si está todo entendido, lo llevo a lo de Daneri, me dijo. Le respondí que sí y, mientras me guiaba, yo le repetía después después porque la muy puta me iba frotando la bragueta.
La casucha del tal Daneri estaba en una especie de callejón custodiado por putas lindas. Daneri tenía cara de putañero pero de viejo poco feliz, se notaba que el trato con las putas era nada más que para hablar, o para mandar. Podría decirse que hasta cara de maricón tenía el viejo.


Daneri le hizo una seña a la puta para que me acompañara al cuarto. Me alquiló un sucucho rastrero, mugriento y bien de puta triste. Así me encontré arriba de la primera puta, que chillaba como rata mal apuntada y me arañaba la espalda, la muy puta fingía como bestia, eso me gustó, hasta que las uñas de la puta me rasparon el lomo y le dije: basta puta, que duele, y la muy puta se ofendió. No sé si porque le dije puta o porque le corté la inspiración, y me empujó, me tiró para un costado. Se fue del cuartito moviendo el culo, casi desnuda, pero tan magníficamente puta. Dormí. Al otro día salí temprano para recorrer Cañada. Quería ver las caras de las putas al sol. Me paré en una esquina donde vendían diarios. Una mina los vendía. ¿Será puta?, me pregunté, y le di las monedas y una sonrisa, por las dudas. Cuando la mina me dio el diario, me acarició la mano de una manera tan puta que parecía desnuda.


Caminé por las calles, uno pateaba el polvo en esas calles; y todas las casas parecían desalojadas, mugrientas, casas de putas que duermen de día. Putas-murciélagos imaginé y me reía solo pensando en la puta de la noche anterior tan magníficamente feroz, tan puta, y seguí caminando para ver qué más podía encontrar.
Era sabido que en el pueblo no había ningún colegio. Los hijos de las putas, muy limpios ellos, iban a estudiar a la ciudad. Se llenarían de sabiduría esos pibes hasta que se dieran cuenta de que sus madres eran unas terribles putas, sentirían vergüenza de ser hijos de putas y se marcharían para vivir purificados por el santo nivel urbe-universitario.


Me senté en el banco de la parada de ómnibus y me puse a leer un librito de bolsillo sobre el sexo en oriente. Oí pasos y miré. Era una rubia espectacular que me sonreía sin abrir la boca. Rubia atrevida pensé, debe ser otra puta. Dejé el diario y me guardé el librito. La seguí. Una puta en pleno sol no era cosa de todos los días, pero sí en Cañada, tendría que ver usted. Me acerqué y le dije vení putita, vamos a mi bulín, y la rubia me siguió, ya parecía desnuda la puta linda. Qué puta linda. Llegamos a la piecita destilando lujuria, tendría que haber visto eso, en el camino la rubia me venía jugando al amor, pero en la cama me dejó abajo, laburó arriba la rubia, se agarraba las tetas y no gritaba. La rubia no habló ni una palabra, son así de calladas las rubias, nada más se estiraba como los gatos hasta temblar, la puta tembló a tiempo, me dejó dormido y se fue. Cuando desperté, ya estaba oscuro. Me duché en el baño de Daneri y salí a recorrer los burdeles. De noche se encendían luces a lo largo de las calles. Todas las casas que yo había visto dormidas, ahora despertaban con luces rojas. Esquivé a las putas que estaban en la entrada del callejón del viejo decrépito Daneri y a las de la avenida. Entré a una de las casas. Ahí adentro estaba oculto un terrible bar con luces que se apagaban y se prendían cambiando de color. Fui rojo, fui azul, fui amarillo. Las luces jugaban y transformaban el lugar como si alguien estuviera observándonos desde el agujero de un calidoscopio. Uno de putas, claro.


Me senté en una mesa. Había putas que te traían whisky, otra puta bailaba, viera usted cómo hacía, estaba en tetas esa puta. Rojo. Azul. Y la puta se bajó del escenario y me llevó a un cuartucho y le di para que no se olvidara de mí. Amarillo. Rojo. Cuando terminé con esa puta, vino otra y otra más, y después la pelirroja y me quedé hasta que se hizo de día con la última. ¡Qué fea era de día! Pero me acompañó hasta lo de Daneri. Muy buena mina esa, tan buena que parecía siempre desnuda. Me fui a mi cuarto. Escribí lo que pude hasta que me quedé dormido arriba del cuaderno.


El viejo Daneri me despertó con un portazo. Pibe sinvergüenza, me gritó, te metiste con la puta de mi mujer.
Yo no sabía si era la negra, la fea, la pelirroja o la rubia, pero me sacó a patadas del cuartito y me metió en una bodega. Que con mi mujer nadie, menos un pibe como vos, gritaba, vas a aprender a respetar, que mi mujer esto, que mi mujer lo otro. Su mujer se puede ir a la puta que la parió, le dije, y el viejo putañero se enardeció, sacó una navaja y casi me la incrusta en la barriga. Me caí desmayado, del susto y del cansancio. Cuando me desperté, estaba en mi cuartucho de mala muerte. Lo primero que vi fue la cara del viejo Daneri que seguía ahí, como custodiando. Para mi sorpresa, se había calmado.


- Si querés salir vivo de Cañada, no escribas, en esa crónica, sobre mi mujer, la puta pelirroja- me dijo.
De acuerdo, respondí, y el viejo me exigió el cuaderno. El muy puto se fue a leerlo al baño y me trajo una puta gorda, la más gorda, para que yo no pudiera escapar.
En un día y dos noches, les di a unas trece putas.
Ahora, ustedes no llegarían ni a dos. Por eso Cañada no existe más. Esas putas se tuvieron que ir a laburar y tuvieron hijos y nietos como usted. ¿No sabe de qué laburaba su abuela? Preguntele. Casi todas eran de Cañada. Acá tenemos a Normita que, con los años, ha ganado experiencia, imagínese.

El anciano periodista se puso de pie y, caminando hacia la puerta de la habitación, agregó:

- No se olvide: pregúntele a su abuela.

El joven esperó un momento pero, al ver que el viejo no volvía, se levantó y se fue sin entrevista, sin nota para el diario, pero con la certidumbre de sentirse un inválido nieto de puta. Caminó hacia la salida. Le sonrió, por las dudas, a la viejita de la puerta, y cruzó el arco que decía “La Casa de la Tercera Edad” con inevitable vergüenza.
.

.

.

.

.

.

.



EL FISCAL Y LA IMPOSIBILIDAD DE JUZGAR

.

.

.

Mario Goloboff

.

.


La novela El Fiscal corona la anunciada y esperada trilogía sobre "el monoteísmo del poder" de Augusto Roa Bastos. La serie, iniciada (retroactivamente, habría que decir, ya que tales sistemas suelen aparecérsele a posteriori al escritor, más que obedecer a decisiones previas, y el caso actual no escapa a la ley) con Hijo de hombre, y proseguida con Yo el Supremo, alcanza así su plasmación con este texto. Un libro cuyo tema fundamental me parece versar sobre la imposibilidad de ejercer la justicia individual ante el sufrimiento colectivo y, más vastamente, sobre la imposibilidad humana de juzgar, de constituirse en "un fiscal".

.

En efecto, si la primera novela puede leerse, entre otras muchas intenciones, como la denuncia de la inutilidad y malignidad de la contienda fratricida (la que enfrentó a bolivianos y paraguayos entre 1932 y 1935 en la zona del Chaco), banco de ensayo de la Segunda Guerra Mundial, y el primer enfrentamiento petrolero en territorio latinoamericano, y la segunda, Yo el Supremo, como la novela del poder absoluto (verdadera bisagra ficticia, además, en la serie de novelas sobre dictadores), el volumen que cierra la trilogía expone un fresco de lo que Rafael Barret supo llamar "el dolor paraguayo", desde los inicios de su vida independiente hasta los días finales de la dictadura de Alfredo Stroessner.

.

El protagonista de El Fiscal describe largamente esas imposiciones y sufrimientos, y las mazmorras a que fueron sometidos quienes no los admitían. Se trata de un emigrado paraguayo en tierras galas, travestido por cirugías y maquillajes equivalentes a los que el escritor de ficciones asume en toda "representación", puesto que, también él, es, entre otras cosas, escritor, ensayista y, aquí, quien "escribe" el texto o la carta que leemos, y en razón de cuya autoría, al final, será descubierto, torturado y asesinado. El personaje elabora contra el último dictador de su país un complicado y a la postre inútil proyecto de tiranicidio. La inviabilidad del mismo acaba por condenar, más que al "tiranosaurio", al propio exiliado, presa de la omnipotencia del destierro, y a sus fantasías de sustituir el juicio de un pueblo por la vindictia profética del auto elegido.

Dos motivos principales recorren, a mi modo de ver, esta novela: el del amor frente a la barbarie y el desarraigo, y el de los efectos destructivos que el poder y su ejercicio totalitario imponen a las sociedades contemporáneas. De tal forma, el sentimiento de la pareja Félix Moral-Jimena trasciende los marcos individuales al enlazar, en la relación con la mujer y en la mujer misma (hija de españoles refugiados en Francia; docente ocupada en culturas precolombinas), los términos de una identidad americana: el pasado prehispánico, los vínculos con la España de otras épocas y con la de nuestros días.

.

Flotando sobre los vaivenes de la anécdota, y metaforizado en los pensamientos y decisiones del protagonista, otro tipo de juicio recorre el texto: el que se sugiere sobre el papel que los intelectuales desterrados, y especialmente los latinoamericanos, juegan en el mundo de hoy (o jugaron hasta hace poco) como fantasmagóricos reconstructores de los anhelos colectivos.

.
El relato es atravesado por finas relaciones que a veces son históricas, otras culturales, literarias o pictóricas. De estas últimas, la que parece central es la que se establece entre el Cristo de Mathis Grünewald y los cuadros del pintor argentino Cándido López, quien tuvo, se cuenta, un homónimo paraguayo, que habría pintado muchas de las obras que a él se le atribuyen. Entre éstas, ciertas imágenes de la muerte del perdedor de la guerra de la Triple Alianza, como el Cristo de Cerro-Corá. Imagen ésta doble o triplemente imaginaria (si cabe el pleonasmo) ya que, por un lado, el cuadro, si es que alguna vez existió, ya no existe, y además la propia novela sostiene contradictoriamente la veracidad de esa crucifixión y la negación de la misma, lo que podría querer decir que Solano López sólo fue apócrifamente crucificado. Es más: el instigador ideológico de tal falsificación (o de tal cumplimiento) habría sido el cura Fidel Maíz, el primero en hablar de López, en el colmo de la adulación anterior a la derrota, como del Cristo de Cerro-Corá... El texto, por eso, alude varias veces a ese "vaticinio" (cf. p. 34 y pp. 292-293).

.

Contemplando, en Colmar, el Cristo de Mathis Grünewald (una obra pictórica que también sufrió los vaivenes de la política, por lo que, en días en que Roa Bastos estaba naciendo, Thomas Mann lamentaba en su Diario "que ahora se convertirá en propiedad francesa" -Diarios 1918-1936, Anotación del 8/12/1918), el protagonista tiene la impresión de estar viendo al del Paraguay. "Lo extraño -escribe- es que ese retablo no era conocido en América". El texto da otra vuelta de tuerca (esta vez borgeana: "Un emperador mongol, en el siglo XIII, etc...", en "El sueño de Coleridge" *) para señalar "esas misteriosas simetrías que se encuentran de pronto en la realidad infinita y desconocida del cosmos, entre nuestra realidad miserable y opaca y el transfigurador universo del arte, sin que ninguna ley física ni razón sobrenatural puedan explicar estas coincidencias" (p. 98).

.

.

En muchas otras oportunidades, las relaciones son literarias. Amén de aquéllas que la narración establece con las dos novelas restantes de la trilogía, hay menciones de otros textos del escritor. Así, por ejemplo, la historia de “Nonato” (p. 84); la novela -futura en su publicación, pero trabajada durante muchos años- Contravida (p. 87); un libro que "Lleva el nombre del pintor argentino como título" /.../ "prologado por un escritor compatriota nuestro" publicado, se dice, por un "editor italiano de libros de arte" (p. 366), referencia a la edición de Franco María Ricci (Milano-Paris, 1984) con el texto El sonámbulo, sobre el que Roa Bastos venía trabajando desde hacía tiempo, y cuya primera publicación data, por lo menos, de 1975, en la revista Crisis, de Buenos Aires (nº 32, Dic. 75).
.


En cuanto a textos ajenos, la relación más relevante sería la actualización y -supongo, porque hasta ahora no he podido consultarlas- la reinvención, para Richard Burton (uno de los más importantes traductores al inglés de Las mil y una noches), de unas pintorescas Cartas desde los campos de batalla del Paraguay (1870), en las que Burton relataría cómo le cuenta cuentos a Madama Lynch, remedando el libro que, si no me equivoco, sólo comenzaría a traducir en Trieste años más tarde, a partir de 1872. Por lo tanto, como en otros casos, los datos de tipo histórico que simula dar el narrador serían, una vez más, ilusorios, y ordenados, en cambio, según su pura funcionalidad ficticia. Tal sería el temperamento de citas como las siguientes: "La mediación del cónsul pudo ser ésta: servir de puente por el cual las historias de las Noches de Oriente pasaron al imaginario colectivo paraguayo a través de las mujeres de servicio de la mariscala". /.../ "Habrá que convenir, con sir Richard, que los cuentos de las Mil y una noches entraron en el Paraguay por la puerta de servicio de Madama Lynch, no ya de su incendiado palacio de Asunción sino de las tiendas de campaña del cuartel general" (p. 317).

.

Finalmente, hay otras relaciones, de tipo lingüístico, que se combinan con las demás: así, por ejemplo, la mónada de Leibnitz y el carácter nómada del protagonista, o los propios nombres de éste, Félix Moral.

.

.



Como en toda trilogía, encontramos en ésta numerosos elementos comunes. Y como toda novela final de trilogía, El Fiscal recoge, ya he dicho, hilos dispersos en las otras dos. Hay, adelantaba, relaciones con personajes, historias, imágenes, mitos de las otras dos novelas.

.

Yo el Supremo está presente, es casi obvio recalcarlo, en la idea manifiesta del "monoteísmo del poder" y, asimismo, en el recuerdo de textos tales como aquéllos sobre "el árbol del poder absoluto". También los del "portaplumas recuerdo", convertido aquí en una pluma fosforescente (pp. 277-278); igualmente, los anacronismos de aquélla, con las opiniones de Mitre y la invasión argentino-brasileña; del mismo modo, todo el tema del nacimiento por la paternidad de dos o de uno (pp. 143 y siguientes de Yo el Supremo), tan vinculado al mito onfálico evocado en esta última. Y, naturalmente, la mención expresa por parte del protagonista Gaspar Rodríguez de Francia de su distante sucesor cuando, sobre el final de la novela, lee Patiño las respuestas de los alumnos de las escuelas públicas "a la pregunta de cómo ven ellos la imagen sacrosanta de nuestro Supremo Gobierno Nacional" /.../ "Escuela Nº 1, . Maestro aborigen Venancio Touvé. Alumno Francisco Solano López, 13 años: ". Y el comentario del Supremo: "Este niño tiene alma bravía. Envíale el espadín. Señor, con su licencia le recuerdo que es hijo de don Carlos Antonio López, el que... Lo recuerdo, lo recuerdo, Patiño. Carlos Antonio López y el indio Venancio Touvé fueron los dos últimos discípulos del Colegio San Carlos que yo examiné y aprobé con la más alta calificación, poco antes de la Revolución. Tú también vas a acordarte de don Carlos Antonio López, futuro presidente del Paraguay. Antes de que ascienda su estrella en el cielo de la Patria, la soga de tu hamaca cerrará su nudo en torno a tu cuello." (Yo el Supremo, pp. 432 y 434).

.

La idea de carta póstuma o diario, y hasta la carta final de la mujer del protagonista, recuerdan las de la primera novela de la trilogía. Pero de Hijo de hombre (en su novísima versión) recoge nada menos que lo que, a mi entender, es el tema fundamental de El Fiscal, el de la imposibilidad de juzgar. Allí están las primeras reflexiones sobre el juicio de la posteridad, la variación de los contextos, la relatividad de las posiciones y declaraciones. Por un lado, es la propia y contradictoria historia del "Fiscal de sangre" la que enseña que él mismo juzgaba injustamente y, por el otro, es la visión o el juicio históricos sobre su personalidad los que son atacados.

.

El cura Fidel Maíz, "Fiscal de sangre" del régimen de Solano López, quien sin hesitar juzgaba y condenaba a cuanto opositor al régimen tenía a su merced, es el primero y el más hábil en acomodarse después a los designios de los brasileños, una vez que éstos asesinan a Solano López e implantan su régimen de ocupación.

.



En algunos de los textos incluidos en la última versión de Hijo de hombre, precisamente en el Capítulo VII, "Destinados" (del que citaré, lo más sintéticamente posible, sus partes pertinentes) se escribe: "La figura de Fidel Maíz me ronda obsesivamente entre los turbios vapores que suben del río. Por momentos se me aparece en hábito talar entre las reverberaciones. ¡San Fidel Maíz, San Pedro I de la iglesia paraguaya reconquistada, caminando sobre las aguas que rodean el promontorio del penal!", escribe Miguel Vera el 21 de enero. La anotación del 22 de enero dice entre otras cosas: "Pese a mis esfuerzos no consigo sacármelo de encima al cura Maíz. Su enigma no deja de perturbarme. / ¿Qué móviles lo llevaron a oponerse a la presidencia de Solano López a la muerte de don Carlos, a quien sucedió manu militari cuando su cadáver no había acabado aún de enfriarse? Maíz declarará después, autojustificándose: el temor a que López aherrojara al país en un despótico absolutismo sin las ventajas del de don Carlos o del propio Supremo Francia..." /... / "López manda apresar a su ex preceptor. Maíz es sólo unos pocos años más "viejo" que su ex discípulo. López ordena que le metan una barra de grillos y lo mantiene seis años en prisión. Desatada la guerra cuya suerte, luego del inicial desastre de Uruguayana, queda irremisiblemente sellada contra López y su ejército, éste ordena la libertad del sacerdote disidente. Lo hace traer desde Asunción a su cuartel general y lo nombra capellán general de su ejército por encima de la autoridad del obispo..." /.../ "Ya en plena retirada, López encomienda al P. Maíz la organización y funcionamiento de los tribunales de guerra. El flamante capellán y fiscal de sangre los ajusta a la estrategia de la confesión in articulo mortis en lo espiritual y del cepo de Uruguayana y de inconcebibles torturas en lo corporal". /.../ "Durante cinco años manda torturar y ejecutar a millares de personas en el turbión de las reales o inexistentes conspiraciones contra López. Asesinado éste en Cerro-Corá, profanado su cadáver por la soldadesca enemiga, el prisionero de guerra Fidel Maíz pide clemencia y misericordia al conde d'Eu, generalísimo de los ejércitos invasores y por su intermedio a don Pedro II, emperador del Brasil." Luego viene esta frase de Miguel Vera: "Su demanda de perdón es el documento más extraño y estremecedor que he leído en mi vida". Y después de transcribir dicho documento, hay una suerte de análisis lingüístico literario de Vera, gracias al cual colige que Maíz "representa una abyecta parodia cuyo exceso es precisamente su negación", es decir, que cuando el cura está solicitando clemencia y rindiendo pleitesía al invasor, lo que ocultamente está haciendo es salvaguardar el porvenir de la causa paraguaya. Éstas y otras consideraciones llevan a Vera a pensar que "no distinguir los tiempos para juzgar los hechos y personas es sobrado expuesto a errores" (p. 252). Por lo cual termina afirmando que "Alguien debería escribir alguna vez la historia de la gente como Maíz porque llegará un día en que patibularios fiscales se arrogarán el derecho de juzgar y condenar a este pueblo como si estuviera compuesto enteramente de cretinos y bastardos" (p. 252).

.



El mandato de escribir esa historia es retomado aquí, ya que el tema recorre las páginas de El Fiscal. Aparece mencionado por primera vez en la p. 34, luego en la 48, y luego, sobre el final, más intensamente, entre otras, en las páginas 310, 326, 331 y 336, especialmente. La cita que me parece pertinente mencionar es la de la p. 331: "Desde las jaulas armadas con ramas en que han sido encerrados, los jefes sobrevivientes del estado mayor de Solano contemplan impotentes, con lágrimas en los ojos, ese entierro fantasmal del hombre que ha muerto con el clamor de "¡Muero con mi patria!". En humillante contradicción con ellos, el P. Maíz, de rodillas en su jaula, pide clemencia al conde D'Eu, jefe supremo de las fuerzas brasileñas. Clama a gritos y entre sollozos, en su honor, las mismas loas que hasta hace poco tiempo rendía al mariscal asesinado. Sólo que ahora, en lugar de consagrar al conde D'Eu como al Cristo brasileño, lo proclama Redentor del Paraguay y del género humano".

.

Luego de comentar otras posiciones y actitudes (bien podríamos decir aquí "amorales") del cura (una de ellas, por ejemplo, la de haber justificado y alentado la "prostitución patriótica" de jovencitas del interior en beneficio del buen ánimo de los soldados), el texto termina por justificarlo, retomando las ideas de Hijo de hombre, aunque especificándolas, ya que lo que Maíz habría tratado de salvar, más que una abstracción como "el porvenir paraguayo", sería, para esta última novela, la salud y la independencia de la Iglesia de ese país: "Una figura histórica compacta y compleja como la del Padre Fidel Maíz -se sostiene en El Fiscal-, un hombre como él, forjado a imagen de esta tierra y nutrido con sus esencias y sus escorias, no ha sido aún comprendido. En su degradación, en sus crímenes, en sus pecados, es el antihéroe más puro y virtuoso del Paraguay. Fue un genuino soldado de Cristo, el Judas de la Última Cena, un apóstol que juró en falso infinidad de veces, un antisanto sin corona de martirio surgido del cristianismo de las catacumbas que tuvo en el Paraguay su último refugio. Nadie entendió a este hombre, a este sacerdote, que eligió cometer los pecados y los sacrilegios más execrables ofreciéndose como víctima propiciatoria, un negro y rijoso cordero pascual, el más infame y miserable, para que la sangre de Cristo, vertida en el Gólgota, tuviera algún sentido fuera de la imposible redención humana. De otra manera habría que tomar en serio el chiste ateo de Stendhal de que la única disculpa de Dios es que no existe. / El anihéroe virtuoso, el antisanto sin corona, quiso recoger en sus manos ensangrentadas el soplo de vida que aún le quedaba a su pueblo moribundo. Quiso salvar a su Iglesia prisionera de las maquinaciones de una secta de esbirros de la Fe, a la que no quiso reconocer como una congregación digna de Cristo. Los capuchinos, primero, luego el solio oscuro y oscurantista del Vaticano, por mediación de su internuncio en Río de Janeiro (un verdadero sátrapa de la religión romana), interpusieron todo su poder y declararon una guerra implacable al cura rebelde y revolucionario. Trataron de aplastarlo pero no lograron prevalecer sobre el cordero rebelde e indómito. Tuvieron que devolver al Paraguay su Iglesia tomada en rehenes como diócesis sufragánea de la Iglesia de los enemigos. La victoria del curita Maíz está ahí, brillando en la oscuridad como un cabo de vela sobre la lápida de una inmensa sepultura. Sólo donde hay sepulcros las resurrecciones son posibles. Pecó el blasfemo, se arrastró el apóstata hasta la más extrema degradación, para que la justicia de Dios, si existe de verdad, pudiera resplandecer en los justos. Que sus pecados le sean perdonados..." (El Fiscal, pp. 336-337).

.

.





Construida como casi siempre lo ha hecho Roa Bastos, según el procedimiento que podríamos llamar "del palimpsesto" (Hijo de hombre se sigue aún corrigiendo y es ahora posterior a Yo el Supremo; sus cuentos entran y salen de las novelas, se citan y se transforman; sus novelas se entrecitan falsamente, etc.), El Fiscal consagra una vez más en su narrativa, tanto en los pasos de la intriga como en la elaboración textual, el carácter efímero de la escritura, burdo remedio, según el autor, para suplantar la inalcanzable "habla natural de los pueblos".

De un modo más interior, la novela repite y profundiza en la trilogía algunas de las preocupaciones principales del escritor: su empeño en demoler las ruinas de una concepción tradicional de la historia; su temor por haber perdido tierra y lengua en el ostracismo; su idea de que lo femenino es el sitio de reconstrucción, no sólo simbólico sino también real, donde lengua y pueblo renacen permanentemente.

.



La elección del nombre Félix Moral, invita, sin duda, a otros juegos: las mismas iniciales que Fidel Maíz; una nueva, también cinematográfica y también especular invención de Morel; algunas remembranzas de aquel otro inventor isleño, Moreau: no olvidemos que Roa Bastos suele repetir, con Rafael Barret, que el Paraguay es "una isla rodeada de tierra". No obstante, más allá de estos serios juegos, alcanza aquí toda su debida resonancia el señalamiento de esa ilusoria moral feliz, de esa ética del magnicidio pasado de moda y, sobre todo, la condena de la inútil, desesperada, autocomplaciente, falaz necesidad del intelectual de considerarse llamado a ejercer la justicia en nombre de todo un pueblo y de su historia.


Mario Goloboff

Nota: Las citas corresponden siempre a:

Yo el Supremo, Siglo XXI, Buenos Aires, 1974.

Hijo de hombre, (Tercera edición revisada y aumentada) Alfaguara, Madrid, 1985.

El Fiscal, Sudamericana, Buenos Aires, 1993.


· La cita completa de Borges es la siguiente: "Un emperador mongol, en el siglo XIII, sueña un palacio y lo edifica conforme a la visión; en el siglo XVIII, un poeta inglés que no pudo saber que esa fábrica se derivó de un sueño, sueña un poema sobre el palacio. Confrontadas con esta simetría, que trabaja con almas de hombres que duermen y abarca continentes y siglos, nada o muy poco son, me parece, las levitaciones, resurrecciones y apariciones de los libros piadosos", en "El sueño de Coleridge", en Otras inquisiciones, en Obras Completas, Emecé, Buenos Aires, 1974, p. 644.

.

.

.

.

.

.

.


Algunos apuntes sobre mi madre

.

.


Marcelo Damiani

.

.
Para Camila

.
Me acuerdo, antes que nada, de sus manos. Estábamos sentados en el jardín de casa. Yo tendría tres o cuatro años, y ella, por supuesto, estaba tejiendo. Sus dedos rugosos se movían de un lado a otro, dirigiendo el hilo entre las agujas con una precisión y una velocidad sorprendentes. Pero además, mientras el rollo de lana rodaba por el pasto, ella me contaba otro capítulo de la historia familiar. Yo no podía prestar atención a sus palabras porque el movimiento de sus manos era demasiado cautivante. Recuerdo que acercaba mi cabeza a la zona donde el hilo era embestido por las agujas, todo controlado hábilmente por sus dedos, para ver si así podía comprender mejor qué era lo que estaba pasando. No podía entender cómo las agujas y el hilo no se enredaban en un nudo imposible de desatar. No entendía cómo el hilo poco a poco iba tomando la forma de una bufanda para el invierno que ya se adivinaba en la ventisca vespertina. No podía seguir el hilo de la historia. Estaba, literalmente, subyugado, y podría haberme quedado ahí toda la vida.


Ella había nacido el 12 de febrero de 1936, en un pueblito perdido del sur tucumano que aún hoy se llama Taco Ralo, y que en alguna olvidada lengua indígena significaba “árbol desnudo”. Era la quinta hija de Emiliano Gómez y Angélica Esther Miau, una especie de viejo terrateniente benévolo y una joven maestra rural. Su nombre, Nelly, fue rápidamente suplantado por un apodo capilar: Mocha. No dejaba de ser curioso que “mocho” aludiera a algo que le falta la punta, cuando en realidad a ella no parecía faltarle nada; es más, le decían Mocha no porque le faltara algo sino porque lo tenía: Esos incontrolables rulos castaños que sus hermanas envidiaban. Le gustaba contar, probablemente inspirada en una foto que aún conservo, que se pasó sus primeros años de vida sentada en los rincones de la gran casa familiar, contemplando el movimiento frenético de los adultos, escondida detrás de sus rulos para pasar desapercibida. Tal vez por esto siempre fue algo enfermiza; entonces aparecía la abuela Beatriz. Era una de las hermanas de Emiliano que había perdido a su única hija cuando fue atropellada por un auto al cruzar la calle para mostrarle a su vecina los patines que le habían regalado por su sexto cumpleaños. Beatriz reparó en la pequeña Mocha, seguramente acurrucada sobre sí misma, hecha un ovillo humano, y la nena no pudo dejar de apreciar la nueva exclusividad de esa mirada. El resto fue simple. Mocha sufría de una leve afección respiratoria y cuando alguien sugirió que un cambio de aire no le vendría nada mal, todos accedieron a que Beatriz se la llevara por un tiempo a su casa de Córdoba. Así, naturalmente, ella se convirtió en la nueva hija de Beatriz.

.

La casa de mi (tía) abuela era visitada por un desconocido poeta cordobés; el pobre hombre, al parecer, estaba secretamente enamorado de ella. Tal vez de ahí mi madre sacó la idea de escribir poesía. Fue llenando cuadernos con sus versos adolescentes hasta que el marido de mi abuela murió de improviso y ellas tuvieron que reorganizar su vida por completo. Al principio alquilaron algunas habitaciones de la casa, después cocinaron para los estudiantes, vendieron lo que se podía vender, agotaron sus ahorros, pasaron un poco de hambre, pero al final tuvieron que irse. Dejaron sus pocas pertenencias en la casa de unos amigos y se mudaron a Tucumán en busca de trabajo. En ese momento la Revolución Libertadora tomó el poder y una de las primeras cosas que hicieron fue allanar y destruir la casa de esos amigos. Ahí se perdieron para siempre sus cuadernos llenos de poemas. Estoy seguro que a ella le hubiera gustado tener la oportunidad de volver a leerlos, tal vez porque ahora soy yo el que tiene ganas de hacerlo. ¿De qué hablarían sus versos? ¿Qué tipo de verdad banal o profunda me hubieran permitido descubrir su trazo o su escritura?

.
Su deseo de escribir, como suele pasar después de la adolescencia, quedó relegado a un segundo plano por las urgencias de la vida. Sin embargo, yo sabía que uno de sus anhelos más secretos, madurado durante esos años, era escribir la historia de su tía Felisa. Ella era otra de las hermanas de Beatriz y Emiliano. Su vida, según mi madre, era digna de ser contada. Para empezar, había tenido una hermana melliza que murió al poco tiempo de nacer. Tardó mucho en aprender a caminar y hablar, pero nadie se daba cuenta de la razón: Tenía una pierna más corta que la otra, y era sordomuda. Dueña de una belleza notable, durante su adolescencia y juventud se había sobrepuesto a sus defectos de nacimiento y no sólo era una mujer muy activa y despierta, sino que además había inventado una especie de idioma fónico-gestual que sólo dominaban a la perfección tres personas: Ella, mi (tía) abuela y mi madre. Yo, en algún momento, a fuerza de verlas y escucharlas todo el tiempo, estuve a punto de entrar en ese pequeño círculo selecto, pero quizá por mi desinterés o mi edad sólo me quedé en un nivel intermedio. Pero aún hoy tengo presente dos de los signos que más usaban. Pasarse el dedo índice de la mano derecha por la mejilla correspondiente, de arriba hacia abajo, poniendo cara de desagrado y diciendo usha, recuerdo, quería decir que una persona era fea físicamente; apoyar en la mejilla la parte superior del dedo gordo y hacer un movimiento circular con toda la mano en el sentido de las agujas del reloj, como si se estuviera enroscando en la cara un objeto imaginario, y repetir pita, mientras se sonreía, quería decir que la persona de la que se hablaba era linda... No será fácil olvidar el espectáculo que montaban las tres al hablar, emitiendo sonidos que he olvidado y moviendo las manos y los brazos durante horas, como si estuvieran haciendo una estudiada coreografía o dibujando imaginarias figuras en el aire. Pienso con nostalgia que yo soy ahora el último resabio del idioma de Felisa.

.
No es difícil entender por qué Felisa podía convertirse en un gran personaje, según mi madre, aunque para mí era ella la que tenía un gran potencial como heroína de una narración que quizá algún día yo mismo podría escribir. Contar su vida en tercera persona como si fuera una de esas enormes novelas decimonónicas, empezando por sus antepasados franceses y españoles, relatando lateralmente la historia de nuestra intrincada familia tucumana, y por supuesto, también la de Felisa y la abuela Beatriz, deteniéndome especialmente en sus aventuras cordobesas, como si se tratara de tres mosqueteras buscavidas. Con el tono divertido que ella contaba sus altas y bajas en la escala social, siempre con una sonrisa. El centro de la trama, por supuesto, giraría en torno a su lucha, a sus largas caminatas en busca de trabajo, a su costumbre de mirar el piso por si ahí había alguna moneda que pudiera llenar sus bolsillos o su estómago, a esos tiempos difíciles que le tocó vivir como a toda mujer. Y quizá terminar en la clínica Chutro de Córdoba, con ella sonriente, feliz, mirando ese bebé hambriento y de ojos claros que con el tiempo llegaría a ser yo, y pensando sin palabras que ojalá algún día su hijo escriba esta historia.

.
La última vez que fuimos de vacaciones juntos fue a la casa de mi tía Tatina en San Rafael: Mendoza. Mientras estábamos ahí, durante uno de esos atardeceres que nunca parecen anunciar fatalidades, llamó mi tía Lita para comunicarnos la muerte de su madre, Doña Angélica, mi última abuela, a los noventa y dos años. Mi madre y mi tía partieron para el entierro en Tucumán y yo volví a Buenos Aires. No recuerdo los pormenores de los preparativos pero sospecho que no le afectó tanto como cuando murió la abuela Beatriz, la primera persona muerta que vi en mi vida. Recuerdo su cuerpo inerte, con los ojos cerrados, pasando frente a mí en una camilla. Vi cuando la bajaron de la ambulancia y la verdad es que se la veía tranquila. Si no hubiera sabido que estaba muerta, y ahora me pregunto cómo lo sabía –tal vez es uno de esos datos que uno luego agrega a los recuerdos–, hubiera jurado que estaba durmiendo. Felisa también moriría por esa época, pero no me acuerdo de haber ido cuando pasó. Recién ahora me doy cuenta lo difícil que debe haber sido para ella tener que soportar la muerte de esas tres mujeres que la criaron y la cuidaron desde chica. Recién ahora me doy cuenta de la obvia razón por la que me apego a estos bocetos de historias, como si su voz apenas pudiera dirigir mis manos mientras escriben, intentando prolongar este último rito que llevamos a cabo juntos, hilando palabra tras palabra, tejiendo frase tras frase como ella solía tejer nuestra ropa, abrigándonos mutuamente en la naturalidad de nuestro gesto.

.
Sé, con una certeza que no deja de asombrarme, que lo único que la mantenía viva luego de la muerte de mi padre era el deseo de conocer, acariciar, acurrucar a ese bebé aún inexistente que iba a ser su primera nieta. Se la pasaba haciendo planes para ella, tejiéndole ropita, lamentado silenciosamente que mi padre no iba a poder malcriarla. Pero esa esperanza –su vida– se esfumó tres semanas antes de que Camila naciera. Me niego a recordar los pormenores, los trámites, la peor escoria que sale a la luz en los lugares más inesperados en este tipo de situaciones. Prefiero pensar que durante esos miserables veinte días me miraba mucho en el espejo, e incluso me sacaba fotos, a pesar de mi declarada fotofobia, para tratar de reconocerme en esos ojos inyectados en sangre que me perseguían como un animal malherido. Luego, cuando nació Camila, cuando su nombre divino, como por arte de magia, se materializó en mis brazos, empecé a escudriñar su cuerpo en busca de alguna señal, con la esperanza de que mi férrea voluntad de encontrarla fuera recompensada. Poco a poco, su sonrisa siempre lista, siempre dispuesta, incluso cuando dormía, como previendo mis morisquetas tristes, me convencieron de que ahí anidaba su espíritu, su mirada, su entusiasmo, mi propio deseo luminoso de que las cosas fueran de otra manera.
Ahora estoy en una fría sala llena de médicos. Uno se sienta frente a mí acusador y me recrimina mi desconfianza y mis críticas constantes a sus colegas y a su loable profesión. “Usted se la pasa hablando mal de nosotros, empieza; dice que no sabemos nada y que somos unos inútiles, por no decir imbéciles. Nos acusa infamemente de haber matado a su madre. Pero ahora va a tener que retractarse en público, porque ella está ahí, y como ve, sana y salva, y somos nosotros los que la hemos salvado de la muerte”. Entonces miro en la dirección que me señala y la veo: Viva. “Su error, sus blasfemias, su equivocación, sigue él, merecen ser castigados, y haremos todo lo posible para que así sea.” Ella está sonriendo, como siempre, como Camila, con esa mezcla inconfundible de calma y alegría contenida que yo no había heredado. De pronto siento que me falta el aire, quiero quedarme ahí, pero no puedo respirar, y abro los ojos y me incorporo jadeando, agitado, sintiendo que no deseo despertarme, comprobar que yo soy ahora el único habitante de la casa, con la sensación que rápidamente se convierte en la certeza de que tener razón, en este caso, es una cuestión de vida o muerte.
Ella, tal vez huelga aclararlo, creía en Dios; creía en el cielo, creía en el alma eterna, creía en la salvación. Siempre trató de transmitirnos esa creencia y yo pensé que había fallado con mi hermana más de lo que había fallado conmigo, ya que a veces todavía tengo dudas; dudo si no debería creer, dudo si no seré un creyente inconsciente, dudo sobre lo que creo o lo que debería creer. Pero el otro día, cuando fuimos al cementerio de nuevo, para reafirmar el ritual que iniciamos cuando ella era apenas un bebé, me sorprendí al ver el respeto que Camila tenía por los santos que la gente suele poner sobre las lápidas de las tumbas, y mientras nosotros le decíamos que saludara a sus abuelos y ella miraba hacia arriba como si debiera buscar a personas reales, noté que también tocaba la cruz como yo lo hacía, acaso un simple gesto de imitación infantil de la actitud de su tío, como si así pudiera estar un poco más cerca de esa abuela que nunca había conocido, pero que de alguna manera empezaba a sentir que iba a conocer por medio de nuestros relatos; o tal vez tan sólo a través de la fe que poníamos en ellos.

.

.
El 3 de enero del año pasado cumplí 37 años. Mi padre hubiera cumplido 74. Treinta y siete años atrás ella le había dado como regalo de cumpleaños a su primer hijo: Yo. Yo, ahora, 37 años después, tenía la misma edad que él cuando se convirtió en padre. Yo, ahora, era huérfano de padre y madre, y el único regalo que recibí por mi cumpleaños fue el de mi hermana: Un reloj... Me acuerdo que antes de entrar a operarse ella me dio su reloj para que se lo cuidara, y nunca se lo pude devolver. Aún hoy lo conservo: Aún hoy lo cuido. Al parecer, con el tiempo, me he convertido en una especie de doble de ese tatarabuelo francés del que ella solía hablarme: François Miau. Todo lo que sabíamos de él era que había venido de Tolouse y que tenía una fascinación suiza por los relojes. Se contaba que una de sus más preciadas posesiones era un baúl repleto de los más variados tipos de relojes. Al final de su vida había perdido la vista de tanto mirarlos, seguramente mientras trataba en vano de mantenerlos funcionando... François Miau siempre había despertado nuestra curiosidad y también nuestro asombro. Nos preguntábamos qué habría venido a hacer acá, al norte argentino, cuando Salta era tierra de nadie y el siglo XIX se suicidaba. Qué lo habría impulsado a cruzar el Atlántico, dejando su patria y su pasado atrás, bien lejos, probablemente sin sospechar que moriría ciego en una lengua ajena y vacía de sentido, acaso como todas lo son cuando el tiempo se acaba. Tal vez por eso se aferraba a los relojes como un último resquicio de cordura. Si ellos seguían andando, si él podía mantenerlos funcionando, si sus pequeñas agujas no dejaban de dibujar círculos sin cesar, tal vez aún había esperanza, tal vez aún era posible que la vida –su vida, nuestra vida, la vida de todos y cada uno de nosotros– no se detuviera para siempre.

.

Hoy, cuando se cumplen cinco años de que ella ya no está, Camila quiere ir al cementerio a dejarle flores. Así que ahí vamos los tres, bajo el duro sol de enero, para reafirmar nuestra creencia en el rito. Me acuerdo que una de las primeras veces que vinimos a Camila le encantó. Corría por los pasillos, se acostaba en las tumbas, metía la mano en los floreros llenos de agua sucia, y básicamente se moría de risa. Yo le contaba que ahí estaba la abuela, y ella me miraba confundida, frunciendo el ceño, tratando de comprender, acaso percibiendo mi voz temblorosa y el tono serio de mis palabras. Ahora nuestra rutina nos lleva primero a la tumba del abuelo. La arreglamos un poco, la limpiamos, le ponemos flores nuevas, le contamos algunas novedades y finalmente nos despedimos. Luego empezamos la lenta marcha hasta la de ella; Camila ya casi se sabe el camino de memoria. Cuando llegamos, ella es la primera en organizar la limpieza, el recambio de flores y la búsqueda de agua fresca. Mi hermana y yo, me doy cuenta, ponemos todo nuestro empeño para que la situación sea lo más natural y amena posible. Pero el peor momento llega tarde o temprano. Es cuando ya no hay nada que hacer. A mi hermana, detrás de los lentes oscuros, le empiezan a brillar los ojos, mientras yo trato de escuchar el sonido del viento, y miro a Camila. Ella está apoyando los deditos de su mano derecha sobre la cruz, como acariciando las arrugas que el tiempo le ha infringido a la madera, y con esa media sonrisa que ha heredado de su abuela, levanta poco a poco la cabeza, y lentamente, muy lentamente, su mirada empieza a buscar el cielo.
.

.

.

.

.

.

.

.

DENTRO DEL BUS

.

.


César I. Actis Brú

.

.

.


Dentro del bus
una mosca
ha viajado con nosotros
desde la capital
de la república
hasta la simple
capital de una provincia.
¿ Qué será de su vida
cuando descienda
y se encuentre
tan sola y desvalida
como los seres humanos
después de la caída?
.

.

.

.

.
La flecha

.

.

.

¡Terrible instante
en que dejo de vibrar
con el impulso
de la cuerda, del arco
del corazón y el brazo
que me lanzaron
a la vida!
¡Hecho para herir,
y matar,
madera de la muerte
me niego a mi destino!
En suave corriente
de los aires
me llevaré cayendo entre
las hierbas, las flores
y las piedras
evitando la carne.
Inútil y frustrado
seré
feliz
sin alcanzar
el blanco.
.

.

.

.

.

.

Las sucesivas ediciones de la revista "Palabras Escritas" se irán digitalizando dos meses después de salir la versión gráfica. Recibimos sugerencias, colaboraciones, notas las que serán seleccionadas por los integrantes de la redacción.

Envíos:



.

.

.

.

.





Mario Goloboff es crítico, ensayista y narrador. Ha enseñado literatura latinoamericana y argentina en las universidades francesas de Toulouse, París–Nanterre y Reims. Actualmente lo hace en la Universidad Nacional de La Plata. Sus últimos ensayos publicados son Julio Cortázar. La biografía (Seix Barral, Buenos Aires–Bogotá–México, 1998) y Elogio de la mentira. Diez ensayos sobre escritores argentinos (Simurg, Buenos Aires, 2001. Sus últimas novelas son Comuna Verdad (Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1995) y La luna que cae (Alción, Córdoba, 2003). Acaba de publicar un libro de relatos, La pasión según San Martín (La Plata, Ediciones Al Margen, 2005). Sus textos de creación han sido traducidos a numerosas lenguas.


Marta Ortiz


Cuentista y poeta nacida en Rosario, Argentina, 1948. Licenciada en Letras, por la Universidad Nacional de Rosario
Ha publicado el volumen de cuentos El vuelo de la noche ( Editorial de la Universidad de Puerto Rico, Puerto Rico 2006), primer premio de cuento Emilio Díaz Valcárcel de la Primera Bienal Internacional de Literatura Puerto Rico 2000.
Fue finalista en el concurso internacional de cuentos de Editorial EDUCA, Universidad de Costa Rica, edición 1997.
Su cuento “Ejecución en la Piazza Navonna” integra la antología de ganadores del II Concurso Nacional de Cuentos Eduardo Gudiño Kieffer, edición 2005.
Ha publicado en antologías de narrativa y de poesía (La noche de los leones, La Cachimba, 1994, Cuentistas Rosarinos (U.N.R., edición 1999) y Poetas Rosarinos (U.N.R., año 2005), dos cuentos para jóvenes se incluyen en Un libro para mí, Homo Sapiens 1999); en revistas culturales (Feminaria, La Gaceta Literaria de Santa Fe, El hilo de Ariadna, Buenos Aires, MALBA). Colaboradora del diario La Capital, de Rosario.
Su cuento “La sangre que llegó al río” fue publicado en la edición Nro 237 (2004) de la revista Casa de las Américas, La Habana, Cuba.
Coordina los talleres de Lectura y Escritura Opera Prima y un taller de Lectura Crítica en su ciudad.
Panelista en congresos y encuentros culturales, ha participado como jurado en concursos literarios de poesía y ensayo.



Víctor Montoya nació en La Paz, Bolivia, el 21 de junio de 1958. Escritor, periodista cultural y pedagogo. Vivió en los centros mineros de Siglo XX y Llallagua. En 1976, durante la dictadura militar de Hugo Banzer Suárez, fue perseguido, torturado y encarcelado. Estando en el Panóptico Nacional de San Pedro y en la cárcel de mayor seguridad de Viacha-Chonchocoro, escribió su libro de testimonio “Huelga y represión”.
Liberado por una campaña de Amnistía Internacional, llegó exiliado a Suecia en 1977. Cursó estudios de pedagogía en el Instituto Superior de Profesores, en Estocolmo. Dictó lecciones de quechua, coordinó proyectos culturales en una biblioteca, dirigió Talleres de Literatura y ejerció la docencia durante varios años. Actualmente es colaborador de publicaciones en América Latina, Estados Unidos y Europa.
Obras principales: “Días y noches de angustia” (1982), “Cuentos Violentos” (1991), “El laberinto del pecado” (1993), “El eco de la conciencia” (1994), “Antología del cuento latinoamericano en Suecia” (1995), “Palabra encendida” (1996), “El niño en el cuento boliviano” (1999), “Cuentos de la mina” (2000), “Entre tumbas y pesadillas” (2002), “Fugas y socavones” (2002), “Literatura infantil: Lenguaje y fantasía” (2003), “Poesía boliviana en Suecia” (2005) y “Cuentos en el exilio” (2006).
Dirigió las revistas literarias “PuertAbierta” y “Contraluz”. Su obra mereció premios y becas literarias. Es miembro de la Sociedad de Escritores Suecos y del PEN-Club Internacional. Tiene cuentos traducidos y publicados en antologías internacionales. Es editor responsable de la edición digital de los Narradores Latinoamericanos en Suecia:
www.narradores.se

César González Páez.

Nació en Valle Hermoso (Córdoba, Argentina en 1951. Ha publicado el los volúmenes de poesía “Pan Silvestre” y “Luna de Menta”. En narrativa breve tiene dos libros publicados: “Concierto de cuentos” (El Lector) y “Jarabe de cuentos”, (Servilibro). El cuento que incluye aquí y pertenece al libro “Sombra de boleros” (inédito). E-Mail:
cesarpaez17@hotmail.com. Vive en Asunción, Paraguay.

Dirma Pardo Carugati,

Periodista, docente, narradora. Miembro de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y Correspondiente de la Real Academia; directora del Taller Cuento Breve, Presidenta del Club del Libro; miembro de la Sociedad de Escritores del Paraguay y Socia Fundadora de Escritoras Paraguayas Asociadas. Autora de tres libros de cuentos y coautora con Hugo Rodríguez Alcalá de Historia de la Literatura Paraguaya.

Pedro M. Martínez Corada es narrador y fotógrafo. Llegó a la escritura de la mano del Taller Literario de El Comercial, del que es uno de sus miembros fundadores, en cuyo trabajo participa desde el año 2000. Varios de sus relatos se encuentran publicados en los libros «Los cuentos de El Comercial» (Taller de El Comercial, Madrid-2002) y «Vampiros, ángeles, viajeros y suicidas» (Kokoro Libros, Madrid-2005). Es cofundador del colectivo de cultura Margen Cero y director de la revista digital de Arte y Cultura «Almiar», socio fundador de la Asociación de Revistas Digitales de España (A.R.D.E.).Relatos suyos han sido publicados también en revistas digitales de distintos países: «Narrativas – Revista de narrativa contemporánea en castellano» (España); «Heterogénesis» (Suecia); «Proyecto Patrimonio» (Chile); «El Escribidor» (España); «Wemilere de las Letras» (Argentina); Revista «El Interpretador» (Argentina).



Alejandra Aventín Fonatana
Alejandra Aventín Fontana es licenciada en Filología Española por la Universidad Autónoma de Madrid, diplomada en Cultura Hispánica por University of Kent at Canterbury y Máster en Enseñanza del Español como Lengua Extranjera por la Universidad Antonio de Nebrija con mención académica al mejor expediente académico de postgrado del curso 2002-2003.
En la actualidad combina su tarea investigadora con la docencia. Está escribiendo su tesis doctoral becada por la Fundación de Caja Madrid en la Universidad Autónoma de Madrid. Asimismo ha sido profesora de lingüística aplicada y literatura en la Universidad Alfonso X El Sabio y el presente curso académico 2006-2007 ha sido invitada por la Appalachian State University para impartir clase de español y literatura española e hispanoamericana.
Ha presentado en diversos congresos nacionales e internacionales comunicaciones y ha publicado artículos sobre Gioconda Belli, Ana Istarú, César Vallejo, Luis Cernuda, Gabriel García Márquez y poesía última española, entre otros. La profesora Aventín está especialmente interesada en el estudio de la posmodernidad y más en concreto, en la aportación de la poesía centroamericana escrita por mujeres en este contexto, tema sobre el que versa su tesis doctoral. Ha colaborado en varias ocasiones con el suplemento cultural del Diario ABC, S. L.
Asimismo, cabe destacar su interés por la lingüística aplicada y en particular, sus investigaciones sobre la construcción de la competencia literaria; tema sobre el que versa la memoria de investigación del máster que cursó y que próximamente será publicada en Red ELE del Instituto Cervantes. La profesora Aventín continua este área de investigación con el propósito de profundizar sobre la dimensión del concepto de competencia literaria en ELE, así como en los procesos de aprendizaje y adquisición de la LM y las lenguas extranjeras en general.
LUIS MARIA MARTINEZ (1933) Poeta social de más de veinte poemarios. Reunió la poesía social en los tomos: “El trino soterrado” y en “Poesía social del Paraguay” (2005). Tiene también los ensayos: “Cuadernos de notas”, “Periodista inoportuno” y “Hérib Campos Cervera (padre), novecentista olvidado” (2006).

Hebert Abimorad

Maestro, poeta y periodista cultural uruguayo (Montevideo, 1953). Reside en Suecia. Ha publicado Gotemburgo, amor y destino (1982), Gestos distantes (1985), Voces ecos (1988), Poemas Frugálicos (1994), Poemas frugálicos 2 (1995), Malena y Cíber (Ediciones Trilce, Montevideo, 1996; bajo el heterónimo de Martina Martínez), Poemas Frugálicos 3 (Ediciones Trilce, Montevideo 1998, recoge libros anteriores), Conversaciones y Volverá la loba... (Ediciones Trilce, Montevideo, 2000, bajo los heterónimos de José José y Camilo Alegre), Korta Dikter (Ediciones Heterogénesis, Suecia, 2000) versión en sueco de Poemas Frugálicos, la reedición de Poemas Frugálicos ( Ediciones Libertarias, Madrid. 2004) y Samtal, versión en sueco de Conversaciones ( Libertad 2006). Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, portugués, persa y macedónico.
Premiado como el mejor poeta de la región Oeste de Suecia ( 2003).











[1] Tiranosaurio es el apodo de Stroessner que emplea Augusto Roa Bastos en El Fiscal.
[2] Pepa Kostianovsky: Aldea de penitentes, Asunción, Servilibro, 2006.




jueves, 17 de enero de 2008

PALABRAS ESCRITAS Nº 4 segunda parte



REVISTA

PALABRAS ESCRITAS Nº 4

SEGUNDA PARTE

.
.

Ilustraciones de Miguel Pencieri.

se publican aquí los trabajos que aparecieron en el Nº 4 de Palabras Escritas, dedicado a la obra de Julio Cortázar, como se verá en la mayoría de los ensayos y notas críticas. El próximo Nº 5 estará dedicado a Juan Rulfo: marzo 2008.



.
.
.
.
.

El encargado
.
.
(Cuento incluido en El vuelo la noche)

.
.
Marta Ortiz

.
.


...guardada en un lugar que no se considera sseguro, la colección es fuente constante de ansiedad.
El placer se enturbia por el fantasma de la pérdida.
Susan Sontag

.
.
A las seis y media en punto, dibujando una arriesgada cabriola en el aire, rozando apenas el borde de dos de los seis escalones, baja la escalera que lo arroja al palier de entrada. Todavía abrochándose los botones de la bragueta, o en el mejor de los casos ajustándose el cinturón en el último agujero. Lleva puestas las botas altas de goma que usa para baldear la vereda con la manguera verde de media pulgada.


Tiene tiempo de reparar en la luz rojiza que desde el río viene despuntando un nuevo amanecer, o en el canillita que trae el fajo de diarios del día bajo el brazo.
El encargado del edificio, hombre de estatura mediana, musculatura compacta, y ojos oblicuos a la sombra de una ceja única, rectilínea y espesa, se frota las manos con fuerza y barre con un movimiento de vaivén que en segundos se vuelve frenético; nada mejor que el ejercicio físico para entrar en calor. Transpiran los sobacos dibujando un redondel oscuro debajo de cada brazo, en la camisa de denim azul.

A las siete menos diez bajan Arturito y Diana, los dos retoños de la escribana del cuarto piso. Los ayuda a cruzar la calle, les dibuja una pirueta en el aire y los deposita en el transporte escolar. Siempre con la escoba en la mano, se apresura a abrirle la puerta a la hija del doctor Benítez que sale para la facultad, y a la empleada de los Pérez ocupada en pasear el cocker, mientras saluda bajando apenas la cabeza al propietario del séptimo, que acaba de poner en marcha su flamante Renault color huevo.

Cada tanto Humberto espía las cocheras y cuando está seguro de que han quedado vacías, se entrega con alma y vida al baldeado de los pisos. Reniega fervorosamente con las manchas de aceite. Las frota con la escoba y un cepillo duro, previa inmersión en detergente, con lo que una vez más y como todos los días, hace mucho ruido y cosecha pocas nueces, ya que los viscosos lamparones apenas se atenúan.

A esa altura de la mañana no puede negar que necesita un recreo. Son las ocho y cuarto. Sube para sacarse las botas y despertar a Ángela que duerme abrazada a la almohada emitiendo un suave ronquido. Humberto le da palmaditas en la espalda, -dale, ya es la hora-; -la hora de qué-, pregunta ella, pero se da cuenta y en un santiamén salta de la cama. Es rápida, una gata, siempre de buen humor. A las nueve marca tarjeta en el supermercado, atiende el despacho de la fiambrería con otras dos mujeres. El le ceba dos o tres mates con rodajas de pan y manteca, hablan de cómo está el tiempo, que si hace más o menos frío, mejor salir abrigada, nos vemos esta noche, tesoro; y regresa dando zancadas a la planta baja, justo a tiempo, como si lo hubiera calculado, para abrirle la puerta a la dueña del piso trece; una mujer hermosa que le provoca taquicardia, que le corta la respiración y se le aparece en sueños. Con el mentón sobre las manos cruzadas que apoyan en el palo de la escoba, la sigue con la mirada chorreando miel, hasta verla doblar la esquina: la figura estilizada, el cabello claro cubriéndole los hombros.

Nadie sabe qué mira el encargado mientras limpia, a eso de las diez, los vidrios blindados que delimitan la entrada. Parece llegar mucho más allá de la transparencia del límite. Frunce el entrecejo como si estuviera concentrado en las marcas como de un vaho blancuzco y de dedos pegajosos que dejaron los chicos y los adultos descuidados; pero la mayoría de las veces detiene sus ojos de chino en el follaje encendido de los plátanos de la plaza o en la gente que pasa por la vereda en una u otra dirección. Una muchedumbre apresurada que avanza, que parece contar con la extraordinaria ventaja de saber exactamente hacia dónde va.
Humberto no es hombre de ambiciones inalcanzables, se siente a gusto, sabe que la tarea de encargado le viene como anillo al dedo, que ocupa el lugar correcto. Un poco de limpieza, algún intercambio con los vecinos, siempre se aprende algo. Un trabajo ordenado y previsible que por sobre todo le permite acercarse a una de sus grandes pasiones: la recolección de cuanto se considera desechable, de lo que se tira.

El momento más ansiado del día, el ritual que le produce la más alta concentración de adrenalina en la sangre: la hora de juntar, seleccionar, reacomodar y sacar a la calle la basura. Una inclinación que muy pocos comprenden, ni siquiera Angela; siempre tenés ese olor a fruta ácida y fermentada, a yerba vieja, ponete guantes cuando vas a tocar todas esas porquerías, le dice. Nadie le creería que a pesar de las emanaciones desagradables siente un placer intenso al remover los residuos. La experiencia le enseñó a distinguir por el tacto y el olfato si en las bolsas hay cáscaras de naranja, huesos de pollo, costillares, tallos de verduras. Pone especial cuidado en el traslado, la gente es capaz de tirar cualquier cosa. No es raro encontrarse con clavos, alambres, vidrios, espejos rotos... Y hay que ver las sorpresas que pueden brotar de entre la múltiple y portentosa masa de basura acumulada. Una vez palpó un hueso demasiado ancho y largo y se quedó casi sin aliento, creyó que estaba en presencia de un fémur humano cuando no era otra cosa que las sobras de una pata de cordero... Hace tiempo aprendió que juntar la basura no es tarea para débiles ni para iniciados; definitivamente hay que tener oficio y sangre fría.
Recoger los desperdicios (él lo fue asimilando jornada a jornada), es una actividad que puede ser lisa como un camino de seda, estimulante como pisar a ciegas los bordes de un acantilado, o ríspida como querer rodar sobre crestas erizadas de agujas. Una tarea personalizada, piso a piso, bolsa a bolsa. Revisarlas de a una, retirar algunas piezas para después reciclarlas y usarlas en esos modelados que le ocupan los ratos de ocio y que una vez terminados apoya amorosamente, como a venerados trofeos deportivos, sobre el aparador. Fósforos usados, huesos de caracú pelados, cáscaras de huevo, mechones de pelo, cuentas de collares rotos, trozos de espejo. “Nada se pierde, todo se transforma”, murmura mientras trabaja al ritmo imperioso que le marca su ansiedad desmedida. Podría decirse que el recolector, en la piel de Humberto, es un coleccionista de “variedades humanas”, para llamarlo de algún modo: conoce los hábitos de sus proveedores de basura. Están los vegetarianos, los carnívoros, los cultores de la jardinería, los que van por la vida con sus gatos, perros o canarios, los que trabajan con papeles, los lectores empedernidos, los que usan naftalina, los amantes de los aromas corporales, los que prefieren los vinos macerados en la húmeda oscuridad de las cavas subterráneas, los que eligen gastar su dinero en bebidas y en comidas antes que ir al cine o al teatro, los que hacen dieta, los maniáticos de la limpieza o los mugrientos que tiran una lata de cera una vez al año. Todos susceptibles de clasificación a partir de sus costumbres. Mariposas de diferentes especies y tamaños clavadas con alfileres sobre un panel colgado de la buena memoria de Humberto.

Pero en su rol de coleccionista, este encargado tiene debilidad por una sola de sus mariposas cautivas, la más exótica, la que de tener alas verdaderas, serían alas azules, fosforescentes, festoneadas en los bordes con puntillas de encaje negro.
La dueña del trece acostumbra a sacar la basura en unas bolsas translúcidas que permiten entrever el contenido no sólo a través del tacto o el olfato. El encargado conoce a la señorita Carmen como a la palma de su mano, lleva un registro de las marcas de alimentos que consume, sabe qué diarios y revistas lee, qué letra tiene (ha leído listas abolladas de compras de supermercado), qué marca de tampones usa, cuándo menstrúa, en qué momento ovula, qué vicios cultiva, privados o públicos, cómo festeja su cumpleaños, qué películas vio, a quiénes ha escrito cartas. La bolsa de residuos lo dice todo. Como una bola de cristal.
Por eso, porque para Humberto los desechos del trece están recubiertos de un significado afectivo poco común, queda consternado cuando descubre que Carmencita, porque para él ya no es ni “señora”, ni “señorita”, ni “Carmen”, sino a secas, Carmencita, ha partido esa misma tarde sin despedirse, sin que mediaran palabras. Nadie contestó cuando él tocó discretamente el timbre y después golpeó con insistencia la puerta para avisarle que se había olvidado de sacar la basura. Consternado y desarticulado, sin una llave, sin un mensaje, privado de recorrer los ambientes íntimos de la mujer, pero por sobre todo privado de descubrir las últimas cosas de las que se desprendió, la última bolsita para él.

Habituarse a no cruzarla en el edificio, ese silencio tan incomprensible, no haberle encargado nada, ni el riego de las plantas. Los malvones, los potus, él mismo había preparado las macetas. Van cuatro días. Humberto, nervioso y deprimido, hasta le contesta mal a Angela que es un pan de Dios y no le sonríe ni le abre la puerta a todo el mundo. Cuatro días sin la basura de Carmencita, no poder buscar allí objetos descartables para el trabajo de los días de descanso, alguna vez le va a regalar un adorno. Crece el desasosiego, la intranquilidad. El silencio que se estira como una baba, el piso cerrado, el auto en la cochera. Se habrá ido de vacaciones, eso es lo más seguro. Una buena hipótesis. Hoy se la va a comentar a Angela a la hora de la cena, a ver qué dice ella. Prefiere hacerse a la idea de que en pocos días más, Carmen regresará derrochando los beneficios del sol y el aire de mar, con su sonrisa relampagueante.


Hace doce días que se fue. La correspondencia se acumula en la casilla destinada a C. Márquez, y es probable que las plantas se estén secando, nadie las riega.
Como todos los días a las seis de la tarde, hoy jueves víspera de feriado, Humberto sube al último piso desde donde retoma la tarea de recolección. Al llegar al trece le da un vuelco el estómago y parece que se le anudan los músculos; está tenso, alerta. No hay residuos, pero lo que sí hay, y eso ya es imposible de disimular por más que él haya hecho una tarea de artesano tapando con choricitos o bollos de papel de diario cada agujero y hendija de la puerta de servicio, es ese olor nauseabundo, por más que él quiera aminorar el efecto desagradable y evitar las quejas de los vecinos.

El desodorante de ambientes tampoco sirve para doblegar el rayo pestilente que escapa sin pudor del departamento y que a Carmencita le disgustaría tanto, pasarle justo a ella, que jamás sale sin antes ponerse una gota de perfume francés detrás de cada oreja. Más que de un olor insoportable se trata de un hedor fétido y aunque a él le produce una excitación soterrada sentir e imaginar el circuito oloroso que olfatea con las aletas de la nariz dilatadas, la ruta con todos sus quiebres y giros hasta llegar a él, ha querido ocultarlo, guardarlo de otras narices. Como supo guardar en secreto las miradas, algún roce casual de manos suaves, esa pequeña intimidad que a veces sintió que Carmen le dejaba intuir, como si de cuando en cuando tirara piedritas de colores en el camino para que él las recogiera. Sería incapaz de pedirle más, se conforma con la intuición y con hurgar en los secretos de la basura.

El hedor le sube desde las últimas ramificaciones del nervio olfativo. Es inocultable. Sabe que en cuestión de minutos los vecinos vendrán en bandadas, le preguntarán por el origen de esa podredumbre que sube y baja por los tubos de la calefacción, por el aire mismo, porque no podrán contener la náusea.
Humberto sabe que llegó el momento pactado de antemano. Si tiene alguna duda muy importante, muy grossa, solamente en ese caso, ¿me entiende?, bueno, no se quede en ascuas, usted es el encargado, llame enseguida a la policía, qué sé yo, ladrones, algún loco que le guste invadir lo ajeno, nunca se sabe, le había dicho Carmen en otra ocasión antes de salir de viaje. Y él se acuerda bien, él tiene buena memoria.

Saca del bolsillo del pantalón el papel donde anotó el teléfono de la policía y se cruza a la plaza para hablar desde una cabina telefónica. Después se sienta en un banco, de cara al edificio, a fumar mientras espera. Ve cómo ascienden, lentos, los anillos de humo gris, y detrás de ellos los interiores iluminados. Se ha levantado una bruma densa, un sudario que borra a medias los últimos pisos y las últimas ramas de los plátanos sobre el cielo, que en este anochecer caen como colgajos desovillándose de las nubes bajas.

Piensa en las playas calientes donde su mariposa azul estará pasando estos días, y él cuidándole las espaldas, velando por ella, para que encuentre todo tal como lo dejó; él sabe, entre los residuos del último día, antes de que Carmen partiera, encontró el borrador arrugado de una carta para la madre donde hablaba de las ganas del Caribe y las playas y de fechas inciertas de partida y de regreso; y por desgracia esa parte quedó medio borrada con los jugos escapados de una cebolla, porque se ve que ella tiró las dos cosas juntas, el borrador y los restos de la cebolla y Humberto no pudo reconstruir nada más que las ganas de ir al Caribe.
A lo lejos oye las sirenas de la policía. Se pone de pie, cruza la calle con su andar de pasos cortos y ágiles; entra al edificio y sube al palier del trece; las cejas, una línea recta curvada en el centro. Piensa (y eso lo inquieta bastante), en lo importante que ha de ser lo que Carmen se olvidó de sacar de la heladera o de donde fuera el día de su partida, eso que se está descomponiendo en progresión geométrica porque han pasado tantos días. Habrá que violentar la cerradura. Ya tiene preparada una bolsa negra de esas bien grandes, de consorcio, para ayudar en el traslado de los desperdicios. Los agentes comprenderán cabalmente que están tratando con un profesional, que él no es ningún recién iniciado.
.
.
.
.
.









APUNTES SOBRE EL DESENCUENTRO EN LA OBRA DE JULIO CORTÁZAR.

Alain Sicard, Universidad de Poitiers.
.

(Para Margo Glantz )


“..esa manera de no estar que para él y para ella tiene el otro”
(“Las caras de la medalla”)

.
.
.

En mi antigua edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua española (1957) figura entre desencuadernar y desenchufar éste vacío: desencuentro.
.
.
XXX
En desencuentro está encuentro. Ninguna palabra, en francés, que como el vocablo español lleva consigo su contrario, hace del desencuentro el mismísimo lugar del encuentro, su condición primera.

Traducción, crítica, lugares fatales del desencuentro. Hacerlos activos. Hacer del desencuentro una búsqueda.

Al encuentro de la obra pero desencontrándola. Escribir sobre ella desde esta carencia. Rayuela, capítulo 137, Moreliana: “Si el volumen o el tono de la obra pueden llegar a creer que el autor intentó una suma, apresurarse a señalarlo que está ante la tentativa contraria, la de una resta implacable” (Resta: lo que se le resta al vacío y que le da forma. El vacío productivo.)

“Queremos tanto a Glenda”. Es el título de un cuento. Queremos tanto a Julio.

Trampas de la amistad. ¿Qué desencuentro con el tan querido, el tan cercano?

Breton: “Todavía hoy, nada espero que no nazca de mi propia disponibilidad, de la sed de vagabundear al encuentro de todo asegurándome de que esa sed me mantiene comunicado con los otros seres disponibles, como si estuviéramos destinados a reunirnos pronto. Me gustaría que mi vida no dejara tras ella otro murmullo sino el de una canción de vigía, de una canción para matar la espera”. El “vigía” cortaziano comparte con el autor de Poisson soluble (1) esta sed de encuentro que se nutre del desencuentro. Pero plenitud del desencuentro, maravillarse perpetuo para uno, distanciamiento irónico, negatividad irreducible el el otro. Argentinidad.

“¿Encontraría a la Maga?” El desencuentro ya, en el incipit de Rayuela, en esta pregunta que pone a esta novela bajo el signo de una búsqueda infinita. Oliveira: “Buscar era su signo”.

El desencuentro viene precedido en Rayuela por una tradición práctica que, en la segunda página del libro, el episodio del paraguas trasluce no sin cierto humor: “Oh Maga en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente, un paraguas Maga, te acordarás quizá de aquel paraguas que sacrificamos en un barranco de Pare Monisouris, un atardecer helado de marzo”. Justamente, un paraguas. Que se abre o/y se cierra con una comparación, por puro azar (justamente).

Olvidado por un compañero franco-uruguayo, un paraguas sin edad que, de haber dado –por puro azar, justamente- en una mesa de operaciones, con una máquina de coser, no resultó ileso. Un emblema mucho más que un paraguas ese objeto informe, propiedad de la Maga, del cual no se sabe a ciencia cierta si se abre o se cierra a no ser que haga falta, para abrirlo, cerrarlo, como para encontrarse, Horacio y la Maga se pierden, se desencuentran.

Ritos, ritos repetidos. Después del rito del desencuentro de los amantes sobre esta mesa de disección que constituye París (“esta enorme metáfora, dirá Gregovorius), el del paraguas de Lautrèamont, sacrificado por un atardecer helado de marzo. “¡Oh Maga! Y no estábamos contentos”. Se acabaron las maravillas. Lo que se ha muerto con este paraguas de alas rotas, es una versión optimista del desencuentro, de las fulgurantes epifanías. Continúa el rechazo de la Gran Costumbre, las comillas definitivas que se ponen a los “encuentros” tranquilizadores y sospechosos. Continúa la búsqueda. Éste será el desencuentro cortaziano: el lugar de una búsqueda dolorosa del otro, empecinadamente reconquistado de un libro a otro.

En Rayuela, es en el Pont des Arts donde se inscribe por vez primera la delgada silueta de la Maga: prefiguración de otro puente, “en este lado” entienda: Buenos Aires, de aquel tablón que une las ventanas de Traveler-Oliveira y de Oliveira-Traveler y por donde ha de pasar Talita-Maga.



El puente, lugar de paso, es también paradójicamente, lugar de desencuentro. En la primera página de Rayuela, la Maga ha desertado premonitoriamente del puente. En cuanto a Talita, mujer-tablón, mujer-puente, no conseguirá llenar el vacío que separa a Horacio de Traveler, a uno de otro, quiero decir de sí mismo. Ella no será la Maga de Buenos Aires. Su rostro no será el de la Mediadora proveedora de ser y de unidad, sino el melancólico rostro de la ausencia y del desencuentro.

El puente de “Lajana”, anunciador de puentes de Rayuela. “Lejana”: antes del puente de piedra, un puente de palabras, esos desencuentros del lenguaje que son palíndromos, los anagramas. De ellos saldrán la “reina” y la “mendiga”, la Otra y la Misma cuyo encuentro llevará fantásticamente al escenario el desencuentro. Como en “Axofort”, la fusión no hará sino invertir los papeles llevando los dos personajes a intercambiar su soledad, su pesadilla.

El desencuentro, ¿clásico esquema de los fantástico (Caillois) o lo fantastico, una de las modalidades del desencuentro?

El amor, lo contrario de la posesión. “Amor mío, no te quiero por vos, ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado”. (Horacio, capítulo 93 de Rayuela). La Maga, sacerdotisa de una ceremonia “ontologizante” que sólo puede celebrarse en la carencia del desencuentro.

Mauricio y Vera, los protagonistas de “Vientos alisios”. Contra la oxificación del encuentro, la estrategia del desencuentro. Barajar de nuevo las cartas, echar a rodar de nuevo los dados para devolverle a la relación su virtud de alteridad. Desencontrarse, a riesgo de perderse, para sustraer el encuentro al tiempo por la gracia del juego y del azar.

En “Manuscrito hallado en un bolsillo”, el juego aparece tal como es: una manera de coger el azar a su propio juego, a sus propias reglas.

El desencuentro cortaziano y la intuición de la Figura: pertenecemos a unas figuras cuyo dibujo se nos escapa y sin embargo nos gobierna. Yo es otro (2) al que no conozco sino por lo que no soy. La defectividad como modo de conocimiento (Rayuela, cap. 84).

Figuras de la Figura: aquella sacada -parece que de Cocteau- de las estrellas de la Osa Mayor (¿contemplada por el Persio cósmico de Los Premios?) que no sabe que integra la Osa Mayor. Pero sobre todo, en Rayuela la del vuelo imprevisible de las moscas o los mosquitos: “Dibujamos con nuestros movimientos una figura idéntica a la que dibujan las moscas cuando vuelan en una pieza, de aquí para allá, bruscamente dan media vuelta, de allá para aquí, eso es lo que se llama movimiento brownoideo, ….un ángulo recto, una línea que sube, de aquí para allá, del fondo al frente, hacia arriba, hacia abajo espasmódicamente, frenando en seco y arrancando en el mismo instante en otra dirección, y todo eso va tejiendo un dibujo, una figura, algo inexistente como vos y como yo, como los dos puntos perdidos en París que van de aquí para allá, de allá para aquí, haciendo un dibujo, danzando para nadie, ni siquiera para ellos mismos, una interminable figura sin sentido” (Rayuela cap.34). Sobre esta misma imagen de “rápidos poliedros” de insectos voladores, de infinitas e imprevisibles combinaciones se cerrará 62, modelo para armar.

La Figura funda la búsqueda, pero es la búsqueda la que dibuja-borra la Figura, sobre trasfondo de encuentros y de desencuentros.

El laberinto, imagen recurrente de la Figura: el enmarañamiento de las calles, el metro de París o de Londres, los pasillos de improbables hoteles o de los ministerios son simultáneamente lugares de la pérdida y del encuentro, mándalas del desencuentro.

Figura y metáfora. Una y otra postulan un modo de conocimiento analógico, por sustitución. Pero, al contrario de la metáfora, la Figura es deceptoria. La analogía, en el mundo de las figuras se abre un espacio que viene a ser el doloroso espacio de la carencia.

“No se trata de una empresa de liberación verbal”, puntualiza Etienne en el capítulo 99 de Rayuela. El azar en 62, en “Manuscrito hallado en un bolsillo” y en “Vientos alisios”, no se paga con palabras.

Figuras y espejos. Desdoblamientos, imágenes invertidas. Resulta peligroso tener el doble por complementario cuando encarna una incompletad intrínseca. Horacio y Traveler son las dos piezas de un rompecabezas cuya estructura novelesca realizaría el encaje. El modelo “para armar” sigue siéndolo de forma irreducible. Sistema abierto, fundado en la virtualidad, la defectividad.

La red infinita de metáforas que dibuja la Figura: más que promesa de plenitud, búsqueda agotadora que, en la rayuela de las vidas, hace que cielo e infierno se confundan.

Rituales simbólicos: la defectividad genera unos comportamientos cuyos efectos y causas los protagonistas ignoran. Por vía de consecuencia, cualquier elección, cualquier acción queda invalidada. El hacer en vez de resolverse en actos se disuelve en lo ritual, lo simbólico. También en el lenguaje inflación a veces insoportable de la palabra en Rayuela, fatal para el clímax de algunas escenas. Al respecto, el capítulo 41 de Rayuela es ejemplar: Talita, en medio del tablón. Debajo de ella, el vacío del desencuentro que no alcanza a llenar la interminable –y de cierto modo patética- conversación entre los tres protagonistas.

Horacio/Traveler. Más que contemplación de la otra cara de su propia personalidad, el personaje se va buscando a sí mismo en el espejo como otro. A diferencia de lo que pasa en el doble fantástico, el reflejo no alcanza nunca a llenar la alteridad. El Mismo que lleva al escenario la Figura, abre al individuo una alteridad sin límite.

Descentrando al sujeto, (el verbo tan cortaziano de “descolocar”), la Figura hace de la alteridad el epicentro de esta búsqueda paradójica que es el desencuentro.

Desencuentro, Alteridad versus alineación.

Nada de doble vertiente. Nada que se cumpla rescatando un vacío. La defectividad, fuente y sustento de cualquier acción, de cualquier creación.

En el capítulo 62 de Rayuela, Morelli hace trizas la psicología, “esa vieja viejísima palabra”. En este libro pero todavía más en 62, modelo para armar Cortázar sustituye a las relaciones psicológicas por una poética que se fundamenta en la asociación de ideas y la analogía: 62, modelo para armar, ¿la novela surrealista que Breton decretará imposible?

La Ciudad en 62, modelo para armar: desconocida y sin embargo ya vista. Inconciente especializado. Laberinto.

Desencuentro consigo / desencuentro con el otro. Su imbricación, su interdependencia.

62, modelo para armar: las pesadas muñecas del señor Ochs, ¿henchidas de qué secreto, llevadas de continuo por la Ciudad hacia qué destino?

Homosexualidad y desencuentro. Fascinación por la homosexualidad femenina: Helène en 62, modelo para armar. Valentina / Dora en “La barca o nueva visita a Venecia”. Ninguna referencia, en cambio, a la homosexualidad masculina, ¿rechazada en lo más hondo de qué muñeca del Señor Ochs?

En Rayuela, a propósito de la búsqueda del Centro: “.. A lo mejor en el mismísimo centro hay un profundo hueco”. Exactamente. Función central del desencuentro.

Crear la ruptura, el desajuste del desencuentro allí donde reina la armonía de las apariencias, el juego, el rito, la escritura, el jazz.

El swing, desencuentro del ritmo consigo mismo. Al compás, pero adelante.

Leswing y la oralidad de la escritura.

La improvisación, el desencuentro con la melodía, para otro encuentro distinto siempre reinventado.

El aficionado al jazz, su capacidad de desencuentro. El jazz, en el punto de encuentro de dos desencuentros.

Esto ya lo toqué mañana (3). Usted se tendió a su lado (4). Tú la mujer rubia era las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus secuestros vuestros sus rostros (5). Disociación de espacios y tiempos, transgresión de la sintaxis, sintaxis del desencuentro.

Cortázar, cuentista extraviado, según algunos en la novela. Al autor de “Todos los fuegos, el fuego” los cuentos no le costaban esfuerzo: como ya escritos con tinta simpática, decía. En cambio, tuvo en el telar 62, modelo para armar durante mucho tiempo. ¿Fue la insatisfacción del escritor frente a esos “encuentros” demasiado fáciles, demasiado perfectos que representan los cuentos, la que la hizo exponerse a este doloroso desencuentro de las formas con ellas mismas: la novela?

“El modelo para armar”. Desencuentro de la novela con sí misma que hace del lector-personaje otro punto de la Figura.

“Literaturizar” lo real, darle un funcionamiento metafórico homólogo del lenguaje. El reproche atañe más bien cosa de Borges que no a Cortázar, cuya poética de las figuras conlleva siempre una ética.

Homo-ludens: el hombre en juego.

En la confluencia del azar y la necesidad, el encuentro con el perpetuo desencuentro con la historia.

Debajo de la absurdidad del desencuentro, “algo que se va caminando lentamente hacia la explicación” (Rayuela, capítulo 28). “Todo sería como una inquietud, un desasosiego, un desarraigo continuo, un territorio donde la causalidad psicológica cedería desconcertada, y esos fantoches se destrozarían o se armarían o se reconocerían sin sospechar demasiado que la vida trata de cambiar la clave en y a través de y por ellos, que una tentativa apenas concebible nace en el hombre como en otro tiempo fueron haciendo la clave-razón, la clave-sentimiento, la clave-pragmatismo. Que a cada sucesiva derrota hay un acercamiento a la mutación final, y que el hombre no es sino busca ser, proyecta ser, manoteando entre palabras y conducta y alegría salpicada de sangre y otras retóricas como ésta (Rayuela, cap.62).

La hermosa fórmula de Andrés en El libro de Manuel-desviada de Marx: “Lo absurdo es la prehistoria del hombre”.

El viaje a París, ritual argentino del desencuentro.

El destierro de Cortázar: encuentro de América por / en el desencuentro.

“Alguien que anda por ahí”, como en Rayuela, historia de destierros y de fantasmas. Pero el destierro, esta vez, ya viene histórica (y no sólo geográfica) ideológica (y no sólo culturalmente) definido. En la encrucijada de dos destierros, de dos desencuentros de signo contrapuesto, el encuentro del traidor con su castigo.

“La casilla del camaleón” (La vuelta al día en ochenta mundos): lección de poeta al político. El camaleón, políticamente, no tiene buena prensa. Es a éste sin embargo, al que Cortázar, inspirándose en Kyats pone como ejemplo de la necesaria superación, por el desencuentro, del individuo por lo que no es, de su capacidad a cambiar y a cambiarse en el otro.

A la inversa del camaleón, el coleóptero, su caparazón de hábitos, su coraza de certidumbres, quitinosidad del dogma, dialéctica del desencuentro.

Los coleópteros, plaga de las revoluciones. Higiene revolucionaria de camaleón.

Cortázar y la revolución cubana: fecundidad del desencuentro.

Conversación con Ernesto González Bermejo, 1978: “..un desgarramiento continuo entre el monstruoso error de ser lo que no somos como individuos y como pueblos en este siglo, y la entrevisión de un futuro en el que la sociedad humana culminaría por fin en un arquetipo del que el socialismo da una visión práctica y la poesía una visión espiritual”. Poesía y socialismo, mismo desencuentro generador de utopías y de esperanza. Humanismo del desencuentro.

Alain Sicard.
.
.
.
.
.
.



LA FUNDACIÓN DEL PURGATORIO
.
.
.
Por Alejandro Maciel
.
.

En la pesada noche del 14 de agosto del año 599 el papa Gregorio Magno escribía al Patriarca de Constantinopla, en la Basílica, a la luz de una alcuza, cierto rescripto referido a las bondades de la vida celestial acuciado por un dolor de muelas que le causaba insomnio. Gregorio fue primer monje que alcanzó el trono de Pedro y además de ser uno de los cuatro doctores de la Iglesia Latina , fue el compilador del “Antifonario” que se cantaba en las liturgias de las catacumbas y que la incuria del tiempo fue deshojando para que algún día naciese el canto gregoriano. También escribió una reflexión sobre el Libro de Job en la que rescata esta sentencia de las Escrituras que conviene retener: “en la felicidad, no olvides la desdicha; en el dolor, no olvides la felicidad” . Fue electo Papa en el año 590 y falleció en el año 604. Sostuvo Roma cuando el Senado ya había desaparecido y la Iglesia no estaba lo suficientemente organizada para administrar un municipio; pactó en nombre de Roma con las hordas lombardas. Se ocupó de los acueductos, el empedrado, la escasa iluminación, la provisión de cereales (que gestionó ante Nápoles), la justicia terrena y la defensa de la urbe aplicando como Sumo Pontífice (cargo que significa “el mayor constructor de puentes” para que veamos que si el Cielo nos dio ríos, también nos proveyó de ingenieros para sortearlos) todo lo que había aprendido antes como prefecto de Roma.

Un Papa desvelado por un simple dolor dental, reconozcámoslo, es un verdadero martirio íntimo, secreto a la propaganda. El Obispo de Roma pensaba con dolor, ya que estaba condolido, en las almas de filósofos griegos y judíos ilustres que por haberse privado del bautismo, que es como decir por dejar de darse un baño, estaban condenados a ser huéspedes de su enconado enemigo Satanás. ¿Quién no se sentiría legítimamente atribulado sabiendo que espíritus insignes como Séneca, Aristóteles, Salomón, Moisés, Platón y sus secuaces Porfirio y Plotino, los ejemplares estoicos, el emperador Marco Aurelio, Alejandro Magno, Ciro, los ingeniosos Dédado e Ícaro, Pericles, Artajerjes, Idomeneo, quién sabe qué inmensa legión de chinos e indios arderían para siempre en las llamas del Infierno? En la noche cerrada por álamos y la canícula agobiante, un viento repentino proveniente de la amplia ventana abierta al cielo desparramó los manuscritos. Era el batir de alas del Espíritu Santo que venía en su auxilio dejando caer una pluma blanca (cálamo) para escribir con ella el decreto mediante el cual quedaba oficialmente inaugurado el Limbo y su sucursal adyacente, el Purgatorio.
Al Limbo irían a parar desde entonces las ánimas inocentes cuya única privación fue haber nacido antes de tiempo, es decir antes de Cristo. Esa misma noche (a qué esperar más, a ver si todavía Satanás conseguía persuadir por el mal camino a gente tan declaradamente bienaventurada) deportó por decreto a un listado de sabios, científicos, pensadores, gobernantes, ministros, sacerdotes judíos y escritores de toda la antigüedad clásica. Al Limbo fueron a parar en ese mismo instante cumpliendo las disposiciones de Cristo cuando dijo a Pedro, su primer Papa: “Todo lo que atares en la tierra, atado será en el cielo; todo lo que desatares en la tierra, desatado será en el cielo”. A la estancia adyacente del Purgatorio serían destinados los cristianos fallecidos con cuentas pendientes en el libro menor del catastro celestial hasta pagar el último denario antes de quedar limpios de mancha para arribar al Cielo. Con la pluma del ala del Espíritu santo san Gregorio habilitó definitivamente las estancias intermedias entre la Tierra donde somos una vasija de barro soez que contiene oro en polvo y el Cielo, donde todo es oro puro como soñaban los alquimistas porque para llegar a él ya hemos roto el envoltorio de carne, el cántaro de arcilla.


¿Acaso es una broma del Vaticano?, se sentirá persuadido a preguntarse algún lector sagaz o esa lectora recelosa que retiene sin embargo entre las manos este libro visiblemente fantasioso. Es tan real como todo escrito, puedo asegurarles a ambos. Cuando el furibundo F. Nietzsche apostrofa con odio al cristianismo llamándolo “doctrina de esclavos y cretinos” (porque fomenta la debilidad y la piedad en la criatura humana que de este modo nunca llegará a ser el superhombre) está pensando en la rotunda solidez del mundo material; Gregorio, en cambio, pensaba en el espíritu, ¿nos es lícito repudiarlo por haber diseñado la planificación urbanística del más allá escribiendo que es como decir convirtiendo su espíritu en palabras? Aunque admiro la fenomenal revolución del pensamiento que produjo el genio de Nietzsche, hay dos temas en los que disiento. El primero, que la solidaridad y la comprensión entre la gente se deba exclusivamente a la flaqueza de un espíritu débil que ve en la desgracia del otro la señal de su propio deterioro. El segundo, haber dicho del Dante que era una “hiena versificando entre sepulcros”; es bien sabido que Dante tenía todo lo que usted quisiera menos sentido del humor, y la hiena es un animal frívolo y de risa fácil. De todos modos la “Divina Commedia” es un edificio tan monumental y consolidado por los siglos que lanzarle piedras resulta peligroso para la propia salud: alguna rebotará y nos partirá la cabeza. Contra todo eso, creo, opino, escribo que socorrer una necesidad ajena requiere de una gran fortaleza interior y demuestra casi siempre la superioridad espiritual de seres que han pasado por encima de su propia impotencia.

¿Cómo es ese Purgatorio ideal que hospeda las almas de los cristianos muertos con deudas menores? Gregorio imaginó un antro o madriguera basándose en 1º Corintios 3:14 donde San Pablo amonesta al díscolo rebaño de Corinto asegurándoles que todas las manchas serán purificadas con fuego.
San Gregorio escribió que:

"Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso".

Ya vemos claramente que razonó de un modo correcto. Teniendo la potestad de “atar en la tierra” lo que Dios amarrará en el Cielo, puso manos a la obra escribiéndolo. ¿No hago lo mismo? ¿No me limito a escribir en vez de vivir? Ya quedo indultado de criticar a san Gregorio, les dejo a ustedes que viven en vez de escribir, la tarea de juzgarnos. Antes debo advertirles que Gregorio había cultivado una gran amistad en Constantinopla cuando fue apocrisiario entre el año 579 y el 586. A la muerte de Pelagio IIº, Gregorio mismo es ungido Papa por la triple aclamación del pueblo, el senado y el clero romanos. Unos dicen que la triple corona pontificia viene de esas tres fuentes originarias de poder. Otros, que representan (todo se reduce a símbolos) los tres continentes originales: en la antigüedad se creía que las tierras firmes eran Europa, Asia y África. Otros, que significan el dominio sobre tierra, agua y aire. Otros, que son el censo de las tres Iglesias: la Iglesia triunfante (el conjunto de los bienaventurados que murieron en gracia y disfrutan del Cielo), la Iglesia militante (los que estamos viviendo y combatimos el mal con el bien), la Iglesia sufriente (las almas que están en proceso de purificación en el Purgatorio). La rueda del tiempo dio sus giros y Gregorio está en San Pedro con la tiara pontificia trabajando con tal celo que en su epitafio lo nombraron “cónsul de Dios”. Una noche recibe en sueños la visita del amigo que había dejado en Constantinopla y que, siguiendo la inveterada costumbre que usa la gente para mortificarnos gratuitamente, había muerto sin avisar. Lo que sí informa detalladamente al Papa es la tristeza que siente en el más allá por hallarse privado de la gracia de Dios. Gregorio Magno, hombre práctico, pone manos a la obra e instaura gratis las “misas gregorianas” en sufragio para la salvación de las ánimas que están en el Purgatorio como estaba el rico Epulón a quien el pobre Lázaro que comía de sus migajas no pudo socorrer según el relato evangélico, porque hasta aquel momento no se había fundado el Purgatorio y las cosas eran negras o blancas para Dios que había creado un mundo gris y que sin embargo sólo admitía hasta el 14 de agosto del año 599 un Cielo que tenía la entrada vigilada y un Infierno con la salida tapiada a cal y canto.

Después de rezar 300 misas en memoria de su amigo, éste se le apareció nuevamente en sueños agradeciéndole por haber alcanzado finalmente la gracia. Volvemos al tema de los sueños; ¿han visto estimados lectores y lectoras cómo nos las ingeniamos para ir detrás del carro de heno? Sería extravagante pensar que un Papa sueñe con, por ejemplo, el último campeonato de fútbol o los aprestos para sembrar leguminosas.
Roger Bastide escribe, nos advierte que si bien Freud personalizó el mundo de los sueños (casi se diría en términos económicos que los privatizó) ahora habrá que devolverlos a la sociedad porque evidentemente, se sueña lo que se vive y se vive gregariamente, algo que ya lo entendió Gregorio Magno. En la obra La naturaleza del descubrimiento matemático, Henri Poincaré nos confiesa que lejos de ser absolutamente racional, el pensamiento matemático muchas veces toma de un sueño los datos más importantes para resolver problemas complejos; de un modo elegante monsieur Poincaré nos está diciendo que soñaba fórmulas y ecuaciones cosa que jamás osó sucederme como quiero suponer que les ocurre a ustedes también. No vengan a decirme que “habitualmente sueñan que están resolviendo logaritmos” porque empezaré a sospechar de nuevo que hay una conjura de gente inteligente que intenta demostrarme que soy un poco minusválido mental. No olviden el tumor por favor, y traten de ser lectores y lectoras gentiles pasando por alto mis deficiencias.

Roger Bastide hizo una pequeña prueba en Nigeria y la repitió en Brasil: estudió los sueños de las poblaciones marginales de las grandes ciudades; ¿por qué un sociólogo estaría interesado en los sueños de los arrabales siendo los mismos sueños los suburbios de la mente? Le interesaba estudiar la integración social que se manifiesta en lo inconsciente y nos explica que los cinturones marginales son el sitio donde conviven los viejos símbolos traídos del área rural con los nuevos adquiridos en la ciudad. Estudió los sueños e hizo el test de Rorschach a tres poblaciones. Dispénsenme por favor de esta excursión por la psiquiatría, no fue mi intención sino la de Bastide la que guió el tránsito. Estudió una población de mujeres en el cinturón de Recife devotas de Xangô y que practicaban piadosamente los ritos del candomblé. La segunda población, también femenina, tenía mucamas y trabajadoras de los barrios marginales de San Pablo y un tercer grupo, de mulatos de clase media de San Pablo. A efectos prácticos Recife puede considerarse una ciudad con fuertes relictos de los cultos africanos mientras San Pablo tiene una población laica, más adaptada al ritmo y las exigencias de cualquier cosmópolis. El estudio comprobó que el primer grupo percibe y significa la imaginería onírica como lo haría un africano nativo aunque viven adaptados a las exigencias urbanas. Viven, para decirlo en términos de Bastide, “en mundos separados” un mundo anímico y religioso africano y un mundo social brasileño. Así como el finado Pasteur decía que (nos lo recuerda Bastide) cuando entraba en su laboratorio cerraba la puerta de su capilla, cuando esta gente entra en el mundo de Xangô, cierra la puerta de Brasil. Cuando se tomaba el test de Rorschach, que es una prueba proyectiva en la que se muestran imágenes indefinidas (una serie de manchas de tinta) sobre las que la mente reconstruye pensamientos en forma de imágenes que ya están previamente presentes y que las manchas permiten “interpretar” según sus propios patrones, todas terminaban significando algún aspecto del panteón africano: mitos, dioses, espíritus, encarnaciones. Aquella mulata aparentemente “aclimatada” en los suburbios de Recife seguía soñando con el África, la llanura incandescente, el horizonte somnoliento y las primitivas divinidades que está allí desde el principio de los tiempos.

Si antes de Gregorio había solamente dos trasmundos (el Cielo y el Infierno) después de Gregorio la topografía del más allá reclutó nuevos servicios inmobiliarios y de su demografía se encargó un poeta. Si Gregorio fundó el Purgatorio, Dante lo pobló de italianos bochincheros, complacientes, incontinentes y pecadores. Pero todos los 3 de septiembre podríamos levantar una copa de vino en nombre de Gregorio el fundador y la muela que lo mantuvo en vigilia. Por resolución del Concilio de Trento , el Purgatorio cobró entidad legal.

La vida de san Gregorio figura en trozos dispersos: el infalible Liber Pontificalis, la Vita Gregorii papae de Pablo Diácono (775), el anónimo manuscrito del monasterio de Sait-Gall y la Biografía escrita por el Diácono Juan a pedido del papa Juan VIIIº en el siglo IX. Novellino se limitó a transcribir párrafos de la obra de Pablo Diácono que es la más rica en detalles.
.
.
.
.
.
.
.




LA ESFINGE REPLETA DE MISTERIOS:
TRAVESÍAS Y TRAVESURAS DE JUDAS

.
.
FERRAZ, Salma
(Universidad Federal de Santa Catarina, Brasil)
.
.
.

En este artículo analizaremos algunos aspectos del Judas bíblico – uno de los más polémicos personajes de la historia del Cristianismo – y algunos aspectos del Judas literario concebido por Jorge Luis Borges en su cuento Tres versiones de Judas.
En el Brasil, país predominantemente católico, ciertas expresiones relativas a este villano/anti héroe bíblico son muy comunes, como por ejemplo – aquel sujeto es un Judas, allá donde Judas perdió las botas, azotar a Judas. Sin exageración podemos afirmar que Judas es casi un virtual miembro “bastardo” de la cultura brasileña, véase el caso de los azotes a Judas el sábado de Aleluia.
Nadie quiere ser llamado Judas, sinónimo de traición en varias lenguas y en varios países.

Veamos la Biblia para recordar los principales detalles de la saga de Judas. Él es mencionado 15 veces en los Evangelios Canónicos y más algunas en Hechos de los Apóstoles, pero nada se sabe de su vida antes de conocer a Jesús, al final los Evangelios son biografías de Jesús y no de Judas. En el Evangelio de Mateo su primera aparición ya es condenada y él ya es presentado como villano. Al narrar la elección de los doce apóstoles, Mateo en el capítulo 10:4 informa el nombre de Judas al final: “Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó”. Se trata de un relato ulterior, el evangelista ya sabía el futuro cuando comienza a narrar. En Mateo 26: 14-16 tenemos el episodio del pacto de la traición:
“Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: "¿Cuánto me darán si se lo entrego?". Y resolvieron darle treinta monedas de plata.
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo”.

De un grupo mayor de setenta personas que seguían a Jesús, fueron escogidos doce hombres a quien Jesús llamó Apóstoles, (mensajeros, en griego) y Judas estaba entre estos doce. La saga continúa y Mateo narra ahora la última cena, en la cual Jesús está reunido con todos sus discípulos cuando pronuncia estas palabras fatídicas:
Y, mientras comían, Jesús les dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará".
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: "¿Seré yo, Señor?".
Él respondió: "El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ése me va a entregar.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!".
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: "¿Seré yo, Maestro?". "Tú lo has dicho", le respondió Jesús. (Mateo 26: 21-25, negrito nuestro)

No sabemos con exactitud por qué Jesús levantó esta polémica en la última cena. Antes de este hecho, por tres veces, Jesús había dicho que sería muerto. Algunos teólogos defienden la idea de que alguien debería traicionar a Jesús, no específicamente Judas y que tal vez Jesús haya dicho la frase uno de ustedes me entregará para dar la oportunidad a Judas para que se arrepintiese, lo que, efectivamente, no ocurrió.
A partir de este momento, cualquier referencia al décimo segundo apóstol vendría acompañada del adjetivo traidor. Analicemos el momento crucial de esta tragedia, cuando Judas entrega Jesús en el jardín de Getsêmani. El evangelista Mateo continúa su relato:
¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a traicionar".
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo".
Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: Salud, Maestro", y lo besó.
Jesús le dijo: "Amigo, ¡cumple tu cometido!". Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. (San Mateo 26: 46- 50, negrito nuestro)

Observamos en la cita que Jesús tenía plena omnisciencia que Judas era el traidor y se refiere a este discípulo como traidor por la segunda vez, antes que Judas efectivamente lo traicione. Inmediatamente después el narrador del Evangelio se refiere a él también como traidor e informa cual fue el fin dramático de Judas:
Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: "He pecado, entregando sangre inocente". Ellos respondieron: "¿Qué nos importa? Es asunto tuyo".
Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó. (San Mateo 7:3-5,)

He aquí un enredo con todos los componentes de una tragedia griega: amistad, pacto, cena, traición, soborno, remordimiento, muerte y suicidio. Volviendo al análisis del episodio de la traición, observamos que los principales sacerdotes recogen las treinta monedas – exactamente el precio de un esclavo en la época – y convienen que no era lícito lanzarlas en el cofre de las ofertas del Templo, porque simbolizaban el precio de la sangre. Con aquellas monedas malditas, compraron un campo para ser usado como cementerio de forasteros y denominaron aquel campo Campo de Sangre. Resaltamos que en la narrativa de Mateo aparece la palabra remordimiento, porque Judas es consciente de que entregó un hombre justo. El Evangelio de Lucas en el capítulo 22:3 trae el siguiente relato: “Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce...”. Analizando el texto, podemos deducir de aquí que Judas es inocente ya que estaba dominado por Satanás y por tanto no era dueño de sus actos. En el Evangelio de Marcos, escrito en el año 65. d.C., Judas es el responsable por la traición, mas la recompensa es ofrecida por los sacerdotes y no es Judas quien pone el precio por la traición.
La biografía de Judas podría ser resumida de la siguiente forma: ladrón, corrupto, traidor y suicida.

En Hechos de los Apóstoles, cuya autoría es atribuida al evangelista Lucas, redactada entorno del año 80, durante la narrativa de la elección del discípulo Matías que substituyó a Judas, tenemos un paréntesis de ocho líneas, un breve resumen de la trayectoria del traidor:
Este, pues, compró un campo con el precio de su iniquidad, y cayendo de cabeza, se reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas.
Y esto fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén de forma que el campo se llamó en su lengua Haqueldamá, es decir: "Campo de Sangre".
Pues en el libro de los Salmos está escrito: = Quede su majada desierta, y no haya quien habite en ella. =Y también:= Que otro reciba su cargo. = (Hechos de los Apóstoles 1:18-20,)

En Hechos de los Apóstoles tenemos un resumen del fin de Judas lo que revela total desprecio por su actuación. Mas aquí hay cuatro hechos diferentes de la narrativa de Mateos: Judas no devuelve las monedas en el Templo; 2) con estas monedas adquiere el campo; 3) no se habla explícitamente de suicidio, mucho menos de ahorcamiento. 4) sus vísceras/entrañas se parten por el medio y se derraman.

Notamos que hay muchas discrepancias en las narrativas evangélicas sobre Judas. Citamos aquí Graig Evens, estudioso canadiense de la Biblia:
“Uno de los Evangelios afirma que Judas obró por dinero, otro no cita los motivos, dos hablan de acción demoníaca. Creo que esas versiones tan distintas dejan claro que los escritores del Nuevo Testamento no sabían exactamente quién era Judas Iscariote.”2
Mas queda aquí una indagación: todos los otros Apóstoles tuvieron seguidores, y ¿Judas? ¿Si hubo seguidores quiénes eran los que escribieron? ¿Creían realmente que Judas fue ladrón, traidor y suicida?
En su artículo El Evangelio según Judas, Ana Paula Chinelli hace una interesante pregunta que también ya se nos ocurrió: ¿por qué Pedro que negó a Cristo tres veces, jamás tuvo su virtud colocada en duda y no entró para la historia como traidor? A respuesta “oficial” de la Iglesia es que Pedro se arrepintió y apeló a la misericordia divina y Judas no se humilló y tomado por la desesperación se suicidó. El teólogo Fernando Altemeyer afirma que “la actitud del apóstol traidor no fue mucho peor que la de Pedro, que lo negó tres veces, o la de los demás apóstoles, que lo abandonaron. Judas fue un mal necesario, un inocente útil.”3
En 2006 el mundo cristiano fue sacudido por el descubrimiento de un manuscrito redactado en lengua copta, datado en el siglo IV, y que había permanecido escondido en una caja dentro de la caverna El Minya, en el desierto de Egipto. De autoría anónima de cristianos gnósticos, el documento fue escrito originalmente en griego alrededor del año 180 y traducido para el copta entre 220 y 340. La traducción para el inglés fue supervisada por Marvin Meyer, profesor de Estudios Bíblicos y cristianos en la Chapman University, de California.

El llamado Evangelio de Judas posee apenas trece hojas y fueron necesarios cinco años para el trabajo de traducción, autenticación y restauración, con los cuales se transformó en veintiséis páginas. Este texto se junta a los Pergaminos del Mar Muerto descubierto en 1947, que nos trajeron textos antiguos del Antigo Testamento, y a los Manuscritos de Nag Hammadi, descubierto en 1948, que revelaron la existencia de los Evangelios Apócrifos. O sea, mucha cosa fue escrita en los primeros siglos del cristianismo además de los Evangelios Canónicos.
Y, al final, ¿qué trae de nuevo El Evangelio de Judas? El afirma que: 1) Judas fue el Apóstol preferido de Jesús; 2) no hubo traición, debido a que él atendió a un pedido de Jesús y lo entregó a los soldados romanos; 3) era un hombre leal ya que obedeció a Jesús, aún sabiendo que su nombre sería eternamente maldecido y se volvería el símbolo de la traición más infame; 4) él fue el único Apóstol que comprendió el significado de las enseñanzas de Jesús; 5) fue el responsable de la liberación del espíritu de Jesús, al permitir que, por la muerte del cuerpo, el espíritu de Jesús se liberase; 6) no hay relato de suicidio, ni de ahorcamiento, mas hay la sugerencia de que él fue aceptado en el reino de los cielos por haber sido usado como instrumento para realizar los designios de Dios.
La Iglesia, como siempre, negó su aprobación al texto y calificó el mismo como producto de una fantasía religiosa. La posición de la Iglesia es clara: quien traiciona es un Judas y punto final.

Es en la cultura judaico-cristiana que Jorge Luis Borges fue a buscar y a resucitar a Judas en su cuento titulado Tres versiones de Judas incluido en su libro Ficciones publicado en 1940. Nunca está demás recordar que la teología es uno de los temas preferidos de Borges.
Cuando se trata de Borges debemos desconfiar de todo, porque él tiene un célebre estilo de realizar falsificaciones eruditas, crear libros, autores, enciclopedias, y citas inexistentes. De esta forma el genial Borges inventa un teólogo - Nils Runeberg – su alter ego, autor de un libro que nunca existió, llamado Kristus och Judas. Obrando así, Borges por medio de este teólogo y filósofo, puede elucubrar las más hipotéticas versiones para este personaje bíblico. Borges se apodera de Runeberg, comandándolo como un títere, y de esta forma se libra de la acusación de herejía. En este cuento, Borges analiza tres versiones ofrecidas por dos supuestos escritores para el personaje Judas (dos versiones por Runeberg y una por De Quincey). Borges crea un protagonista - Nils Runeberg que habría publicado en 1904 la primera edición de Kristus och Judas, libro que, así como su autor jamás existió. Analizando la ficticia obra de Runeberg, Borges esclarece que el primer epígrafe del libro afirma que “No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas.”4 Este epígrafe pertenecería a De Quincey que lo habría escrito en 1857.
Genialmente Borges atribuye el epígrafe del ficticio libro y del ficticio autor a Thomas de Quincey (1785-1859), escritor británico que en su obra Confesiones de un comedor de opio, narra sus experiencias con el opio. Al escoger un opiómano, Borges podría colocar en su boca cualquier epígrafe, decir lo que quisiese y nadie se importaría.
Borges relata la posición especulativa de Quincey (Borges, él mismo): “De Quincey especuló que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma.”5 Por tanto la primera versión de Judas pertenece a Quincey/Borges que absuelve a Judas.
Después de la lectura de las reflexiones de Quincey, el protagonista Runeberg (otra vez, el propio Borges) va dilatando las ideas de aquél. Para él en su supuesta obra Kristus och Judas, el acto de Judas podría ser encarado como superficial y la traición de un apóstol podría ser dispensada, debido a que Jesús era muy conocido, mas no fue esto lo que ocurrió. El filósofo afirma que la traición de Judas no fue casual. Según él:
“Suponer un error en la Escritura es intolerable; no menos intolerable es admitir un hecho casual en el más precioso acontecimiento de la historia del mundo. Ergo, la traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención… El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la carne; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y ser huésped del fuego que no se apaga… Judas refleja de algún modo a Jesús. De ahí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aun más la Reprobación.”6
Si en la primera versión de Judas, Quincey/Borges lo inocenta, en la segunda versión, Runeberg/Borges lo perdona y lo iguala al Verbo, siendo Judas el reflejo de Jesús, ambos iguales, inocentes y necesarios. El cuento de Borges sigue trayendo los nombres de los opositores de las ideas de Runeberg. Su versión deja los teólogos enfurecidos. Parece que esa situación lo afectó mucho, que reescribió parcialmente su libro y modificó su doctrina. Entonces tenemos la tercera versión de Judas de Runeberg/Borges publicada en el supuesto Libro Den Hemlige Frälsaren, en 1909. Resumiendo, en su tercera versión de Judas, Runeberg/Borges esclarece que: 1) Jesús, siendo omnisciente, no precisaba de un hombre para redimir a todos los hombres; 2) reafirma la importancia de Judas, como uno de los doce escogidos para anunciar el reino de los cielos, para sanar enfermos, para limpiar leprosos, para resucitar muertos y para expulsar demonios, o sea, Judas fue escogido por Jesús y merecía una mejor interpretación de sus actos; 3) niega que Judas haya traicionado por codicia, mas afirma que él era un hiperbólico asceta, que para mayor Gloria de Dios, envileció y mortificó su carne y su espíritu. En esta tercera versión, Runeberg/Borges afirma que Judas:
“Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de los cielos, como otros, menos heroicamente, al placer. Premeditó con lucidez terrible sus culpas. En el adulterio suelen participar la ternura y la abnegación; en el homicidio, el coraje; en las profanaciones y la blasfemia, cierto fulgor satánico. Judas eligió aquellas culpas no visitadas por ninguna virtud: el abuso de confianza (Juan 12: 6) y la delación. Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno… Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres.”7
Para Borges, el segundo libro de Runeberg (Den Hemlige Frälsaren- 1909) no niega, ni refuta su primera versión (Kristus och Judas – 1904), por lo contrario su segundo texto exaspera lo que había sido dicho en el primero. Para Runeberg/Borges:
“Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas.”8

Borges, luego de librarse del filósofo, que no pasa de un ser de papel, alerta para el triste destino de aquellos que osan ver a Dios frente a frente: Elías y Moisés cubriendo el rostro en la montaña para no ver Dios; Isaías asustado con la Gloria de Dios que llenaba la tierra; Saulo, cegado por el esplendor divino, Runeberg/Borges loco de lucidez. Borges termina su texto preguntando si no sería éste el enigmático pecado contra el Espíritu Santo.
Lo que Borges propone en este cuento que confunde al lector desavisado, y en el cual las tres versiones de Judas en la realidad son una sola - la versión magnífica de Jorge Luis Borges - es que Judas, el supuesto delator es, en verdad, el salvador da humanidad justamente por haber hecho posible la pasión de Cristo.
Judas, magnífico personaje bíblico se abre a la interpretación de los narradores como Borges y tantos otros. Un Judas solo. Un Judas leal. Un Judas primordial. Un Judas sin el cual no habría crucifixión. Un Judas, necesario, tal como Jesús.
Finalizamos afirmando que hombres sabios, libres por vocación, osan por medio de la literatura cuestionar el reino de Dios, porque tal vez, el único reino que los sabios conozcan sea el reino de las palabras, el reino de la poesía. He aquí el propósito de la escritura de Jorge Luis Borges, nada más, nada menos.
Salma Ferraz. UFSC.
























DOS POESÍAS DE ROBERTO ALIFANO FRENTE AL TIEMPO.

Roberto Alifano




RÉQUIEM

Hace ya tanta sombra
los días son muy largos y lejanos;
no preguntes por qué.

Tan incierto y secreto
huye el tiempo inmortal
y en horas intangibles
tu muerte cotidiana
te abruma como nunca.

¡Ah, los años fugaces que se fueron,
sus alas misteriosas,
momentos que uno quiso retener,
todo es como hoja seca!

Dolor y desamparo es la memoria,
perdida de su estrella
bajo la lenta noche solitaria.

Nada invita a soñar.
Te acompaña un perfume de jazmines,
una brisa de campo,
tan lírica y amable
y el canto del jilguero.

Vencido corazón,
¿dónde habrá caridad para apoyarte?



BAJO ESTE MISMO CIELO

Se acumulan los días y las noches
y la luz de la luna
el mar sigue royendo la montaña.
¿Adónde se va todo?

El paso destinado a ningún sitio
y este frívolo engaño
que inocentes culpable aceptamos
con ojos de vergüenza.

Despojando las horas,
oculto tras el vértigo, implacable,
voraz y despiadado,
todo el tiempo desliza presuroso
su ejército invencible.

Cuánta pobre apariencia,
sucesiones de falsa pedrería,
de vida sin mañana,
tan impensadamente sediciosa.

Implacable el instante se aproxima,
arrastrando borrascas,
incesante en nosotros pasa el río,
y en breve transcurrir
la única certeza nos reclama.

.

.
.
.
.
.
.

Claudio Manuel da Costa:


Inconfidencia Mineira y mito fundacional en el Brasil.
.
.
Jorge Carlos Guerrero. University of Ottawa.


.
.
.

En 1789 moría en una prisión de Vila Rica, Minas Gerais, el poeta Claudio Manuel da Costa. La Inconfidencia Mineira de 1789, rebelión que la república de 1889 recuperaría retrospectivamente como acontecimiento fundacional de la nación brasileña, acababa de ser delatada. Varios poetas arcadistas se vieron implicados; algunos serían exiliados y otros, como es el caso de Claudio Manuel da Costa, morirían en condiciones nunca muy bien esclarecidas. El movimiento republicano de 1889 que se proponía destronar al monarca recuperó del olvido la historia de una rebelión de la élite colonial y transformó al miembro de menor condición social del conciliábulo, Tiradentes, en pieza central de la leyenda nacional. Su martirio, narrativamente homologado al de Cristo, hizo posible una genealogía nacional que se iniciaba en una revuelta anticolonial anterior a la independencia realizada por el monarca Pedro I en 1822. Desde entonces cada generación brasileña vuelve a escribir la historia de la Inconfidencia y así fabula actualizando el origen de la nación.
Resulta esclarecedor volver a este pasado reconstituido como fundacional en la historia nacional brasileña y examinar la compleja identidad cultural de uno de los poetas partícipes en la Inconfidencia. Las Obras de Claudio Manuel da Costa, publicadas en 1768, se componen de una colección de diversos géneros literarios. Son el producto de un trabajo permanente de reescritura (“trabalho de sua lima”) que, como señala Buarque de Holanda, responde a las exigencias de “hibernação de nove anos para todas as obras que da lei da morte pretendam libertar-se [...]”, según lo expresa el Arte Poética de Marino, que era “a verdadeira bíblia dos autores do Setecentos” (256). Las Obras se caracterizan por un sentimiento de desarraigo y conflicto entre el sujeto y el mundo, expresado principalmente mediante el drama amoroso así como por una vacilante reivindicación estética del espacio ‘pátrio’ de Minas Gerais.


Debido a las restricciones coloniales del imperio portugués, la educación universitaria del poeta se hizo en Portugal. Su estadía duró los cinco años de la carrera en la Universidad de Coimbra entre 1748 a 1753. En este año volvió a una Minas Gerais cuya edad de oro había finalizado. El sueño de las ‘bandeiras’ paulistas en busca de El Dorado se había realizado en el descubrimiento del valioso ‘ouro preto’ y había permitido la creación de villas como la Vila do Riberão do Carmo, primera capital; Mariana, segunda capital; y Vila Rica, tercera y penúltima capital antes de Ouro Preto. El enriquecimiento, que también había creado innumerables conflictos entre los colonos, principalmente entre paulistas y portugueses, había llevado a la instalación de la administración colonial que, mediante las casas de fundición, supervisaba la explotación aurífera. La implantación del poder real había permitido también la estabilidad política y el desarrollo cultural y religioso de una sociedad muy heterogénea, compuesta de portugueses, criollos, indios, negros, y mulatos.

Entre 1725 – 1750 (el poeta nació en 1722), la región vivió sus mejores años. A partir de 1750 el oro comenzó a agotarse y Portugal, que se rehusaba a aceptar el agotamiento del metal, impuso la ‘derrama’, un sistema de impuestos exorbitantes a las ganancias anuales, que fue la principal causa de la Inconfidencia Mineira (Maxwell 119).

Cláudio Manuel da Costa es un ejemplo emblemático del intelectual criollo escindido entre una vinculación intelectual a la metrópolis y emocional al espacio alterno de su lugar de nacimiento. La recepción del Arcadismo, escuela a la que estaban afiliados todos los poetas Inconfidentes, ha variado según las generaciones. Los románticos brasileños lo consideraron un fenómeno de servitud a la literatura metropolitana, a pesar de que, al mismo tiempo, lo usaron como prueba de la continuidad de la vida del espíritu en Brasil y les servía de fuente literaria (Ruedas de la Serna 13). La crítica moderna señala que las raíces hispánicas y portuguesas explican el “fundo patético e a sentimentalidade exasperada que caracterizam nitidamente” toda la poesía de Claudio Manuel da Costa (Buarque de Hollanda 345). Hay incluso una herencia nacionalista que, por un lado celebra la Inconfidencia Mineira, pero por otro rechaza la vacilación identitaria del poeta y su vínculo colonial con la metrópolis (Ruedas de la Serna 14).

En el Brasil de Claudio Manuel da Costa lo “pátrio” está naturalmente acotado a la comunidad para la cual se le habría asignado redactar con otros poetas la constitución de la nueva República Mineira en 1789 (Iglesias, 12). Las Obras, publicadas años antes de la Inconfidencia, exhiben una subjetividad dividida entre dos objetos de pertenencia: a la metropolis, fuente de autenticidad y autoridad político-cultural, así como al espacio colonial indígena desautorizado como lugar cultural digno. Esta escisión, típica de la condición colonial como lo señala Lawson (50), se manifiesta en la inestabilidad del discurso literario del poeta. En las Obras de Claudio Manuel da Costa esta vacilación se observa en el antagonismo sujeto/mundo así como en el ambiguo esfuerzo por reivindicar el espacio natal como objeto literario digno. Si se desecha la proyección del concepto moderno de nación que es posterior a su época (Hobsbawm 12), esta fluctuación del poeta puede ser considerada expresión de una autenticidad identitaria americana que se expresa en la misma búsqueda literaria.

El Arcadismo portugués, la escuela de Claudio Manuel da Costa y de los poetas de la Inconfidencia, fue un movimiento contradictorio que, si bien aspiraba a una renovación, era esencialmente conservador tanto estética como ideológicamente. Se proponía terminar con los excesos del barroco, restaurar el buen gusto, volver a los clásicos griegos y latinos así como reestablecer la claridad y la economía en la expresión literaria. Por otro parte, como expresión del espíritu reformista del iluminismo, quería restaurar la aristocracia haciendo uso de los intelectuales iluminados, en su mayoría de orígen burgués (Ruedas de la Serna 5).
El soneto LXXVI de las Obras revela su estado emocional e intelectual en el momento del regreso a América:


Enfim te hei de deixar, doce corrente
Do claro, do suavísimo Mondego,
Hei de deixar-te enfim, em um novo pego/
Formará de meu pranto a cópia ardente.
De ti me apartarei; mas bem que ausente,
Desta lira serás eterno emprego,
E quanto influxo hoje a dever-te chego,
Pagará de meu peito a voz cadente.
Das Ninfas, que na fresca, amena estância
Das tuas margens úmidas ouvia,
Eu terei sempre n’alma a consonância;
Desde o prazo funesto deste dia,
Serâo fiscais eternos da minha ânsia
As memórias da tua companhia


El tono dramático indica el desgarramiento emocional. Se perfila el cambio de paisaje (“un novo pego”) tanto en la vida como en la obra del poeta. En el soneto II, la voz poética, ubicada ahora en América, apostrofa a ese “novo pego”, que es el Riberão do Carmo de Minas Gerais:

Leia a posteridade, ó patrio Rio,
Em meus versos teu nome celebrado,
Porque vejas uma hora despertado
O sono vil do esquecimento frio:
Não vês nas tuas margens o sombrio,
Fresco assento de um álamo copado;
Não vês Ninfa cantar, pastar o gado,
Na tarde clara do calmoso estio.
Turvo, banhando as pálidas areais,
Nas porções do riquísimo tesouro
O vasto campo da ambição recreias.
Que de seus raios o Planeta louro,
Enriquecendo o influxo em tuas veias
Quanto em chamas fecunda, brota em ouro.



El nuevo compromiso con su tierra natal es un proyecto sui generis ya que nadie ha “celebrado” el nombre del “pátrio Rio”. Este primer acercamiento al “Río” se revierte de un carácter descriptivo que lleva implícito la presencia del referente portugués: el Mondego. En el “pátrio Río” brillan por su ausencia las “Ninfas, que na fresca, amena estância / Das tuas margens úmidas ouvía”. En contraste con el espacio europeo del “álamo copado” y el arcádico de las ninfas, el paisaje que lo circunda es un campo que recrea la ambición humana y por lo tanto dista de servir para recrear esa “consonancia” en el “alma”, de la que nos habla la voz poética ante el Mondego.

No obstante su proyecto es justamente el de crear esa ‘consonancia’ al transformar el espacio minero en espacio literario, lo que lleva a cabo al final del poema. El poeta le otorga un orígen mítico al surgimiento del oro. El proceso es tripartito: mediante la personificación, se le confiere una agencia femenina al río (“veias”), que los “raios” del sol ‘fecundan’; los “raios”, que penetran las aguas del río, se metamorfosean en el fecundador masculino que, en “chamas”, “fecunda” as “veias’ do río; el resultado de este proceso, de los rayos solares traspasando el líquido, es el surgimiento del brote mineral: “brota em ouro”. El oro, emblema del paisaje y la existencia de la capitanía, surge de la fecundación apasionada, alquímica, de Apolo y las venas del Carmo. La celebración de la tierra natal se constituye así en una narrativa fundacional.
En “Fábula do Riberão do Carmo” prosigue en su esfuerzo de construir un relato mítico de los orígenes. El preámbulo en forma de soneto a la “Fábula” anuncia la dedicación a las “canoras Ninfas’ lusitanas y les ofrece la “vítima estrangeira”, es decir, el Carmo. Se trata de una “história infeliz” “jamais cantada na silvestre avena” del nuevo mundo; por esa razón les ruega que si les “desagrada, por sentida”, tengan en cuenta la situación colonial: “mais feia em minha pena / se vê entre estas serras escondida”.


En la medida que la “fábula” es una alegoría de la condición subalterna del poeta colonial y, ‘o Riberão’ es una proyección de la voz poética, el intento es fallido. El Carmo, hijo de Itamonte, la montaña que rodea Minas, se enamora de Eulina. Ésta, cortejada por Apolo, no le corresponde su amor. Cuando Carmo intenta apoderarse de la amada y del tesoro del padre, Apolo acude en auxilio de Eulina. Carmo desesperado se suicida: “Do acerto as luzes, busco a morte impia / De um agudo punhal na ponta fria”. Apolo se venga metamorfoseando la sangre de su cuerpo en “pequena corrente” que, conservando el color --“A cor inda conservo peregrina”--, ‘banha as flores’ y “corre por estes campos”. Multiplicando su venganza, Apolo divulga la existencia de “tesouros preciosos” en su seno, lo que lo condena a que “homens ambiciosos [...] Me estão rasgando as míseras entranhas”. La “Fábula” concluye en un tiempo presente; el hijo de Itamonte, ahora “Río”, describe su entorno. Como al poeta, el paisaje minero que lo rodea es el de la urbanización (“De uma grande cidade”), producto de la explotación ambiciosa practicada en su propio cuerpo, de ahí la imposibilidad de “competir” (“Competir não pertendo”) con los ríos lusitanos que “banha[n] os muros da maior Cidade” de Lisboa. Ante el paisaje desolador, las Ninfas, lusitanas invocadas al principio, “Ericina, Aglaura e Deiopéia”, “se retiram” temiéndole a la “sangue [de la] corrente turva, e feia”.

Scotti Muzzi comenta que “A alegoría encena as relações entre a cultura emergente nesse pedaço da América e os rígidos padrões estéticos erigidos pela civilização européia como um roubo inútil, cujo produto é inoperante em outro espaço físico e mental” (171). Efectivamente, los rígidos padrones del Arcadismo y la sujeción cultural de la colonia constituyeron una limitación difícil de soslayar para el poeta. No obstante, es el relato del mismo esfuerzo escriturario, aunque fallido en la “Fábula”, por constituir lo natal en espacio digno de representación que evidencia una búsqueda identitaria americana que explicará su participación posterior en la Inconfidencia Mineira de 1789.

El discurso republicano que en 1889 ubicará los orígenes de la nación en este acontecimiento solamente podía rescatar la figura del único iletrado del conciliábulo mineiro: Tiradentes. Las naciones seleccionan con criterio teleológico una versión posible del pasado nacional que siempre ubican en un momento fundacional (Balibar 132). La oralidad del mártir redentor Tiradentes le permitiría al relato nacional, es decir a la palabra escrita, fabular en tabla rasa. Hacer demasiado hincapié en la poesía de los poetas inconfidentes, su ambivalente testimonio escrito, desautorizaría el necesario carácter afirmativo de las narraciones nacionales modernas. Precisamente es también para tener una idea de la distancia que media entre la Inconfidencia Mineiro y el mito nacional del Brasil republicano resulta conveniente volver a Claudio Manuel da Costa.



Bibliografía
Balibar, Etienne. “The Nation Form: History and Ideology." Becoming National. A
Reader. Eds. Eley Geoff y Ronald Grigor Suny. New York, Oxford: Oxford University Press, 1996. 132
Buarque de Hollanda, Sergio. Capítulos de Literatura Colonial. (Organizaçao e Introdução de Antonio Candido). São Paulo: Editora Brasiliense, 1991.
Costa, Cláudio Manuel da. Poesía Completa de Cláudio Manuel da Costa. A poesia dos
Inconfidentes. Proença Filho, Domício (Ed.). Río de Janeiro: Editora Nova Aguilar, 1996.
Hobsbawm, E.J.. Nations and Nationalism sin 1780. Cambridge: Cambride University
Press, 1990.
Iglesias, Francisco. “Sobre a Inconfidência: história e mitologia”. Revista do Brasil 9
(1989): 6 – 14.
Lawson, Alan. “Difficult relations: narrative instability in settle cultures”. The Paths of
Multiculturalism. Labuschagne, Linda (Ed.). Lisbon: Edições Cosmos, 2000.
Lopez, Luiz Roberto. A Inconfidência Mineira. Rio Grande do Sul: Editora da
Universidade, 1989.
Maxwell, Kenneth. A devassa da devassa: A Inconfidência Mineira. São Paulo: Paz e
Terra, 1985.
Ruedas de la Serna, Jorge Antonio. Arcádia: Tradição e Mudança. São Paulo: Edusp,
1995.
Scotti Muzzi, Eliana. “A arcádia e as douradas Minas na obra de Cláudio Manuel da
Costa”. Barrocos y Modernos. Schumm, Petra (Ed). Frankfurt: Iberoamericana, 1998.
Silva Matte, Neusa da. “Uma releitura de Vila Rica”. Literatura Comparada. Teoría e
práctica. Silva Bittencourt, Gilda Neves da. (Ed.). Porto Alegre: Sagra-Luzzatto,
1996.





.

.
.
.
.


LOS PREMIOS: A TRAVÉS DEL CALIDOSCOPIO

.
.
Carolina Orlando
.
.

“Mucho del texto de Los Premios penetró en Rayuela, como si un camino se hubiera abierto en el imaginario de un escritor más pensativo que observador y lo estuviera guiando hacia zonas de reflexión sobre personajes y situaciones que, por pereza, denominamos “reales.”
(Noé Jitrik, “Querido Julio”, Revista UBA: Encrucijadas, Buenos Aires, Nº26, Junio 2004, p.7)


Un Camino Que Comienza
¿Por qué un camino que comienza? ¿Cuál es ese camino? El camino se abre con El Perseguidor, “bisagra” ideológica de su obra en la que aborda problemas de tipo “existencial”. Es una mirada interrogativa a sí mismo en la que niega todo lo heredado o impuesto y sostiene la necesidad de desen-máscara-r al hombre, aunque ello signifique la tortura de vivir en un mundo que no acepta revoluciones individuales. Dijo Cortázar: “Allí se aborda un problema de tipo existencial, de tipo humano, que luego se ampliará en Los Premios y sobre todo en Rayuela” (Harss, Luis. “Cortázar, o la cachetada metafísica”, en Los Nuestros, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1966).
Ha descubierto en la metafísica y en la filosofía oriental un camino hacia un centro energético al que se llega por medio de la meditación. Intenta ahora, alcanzar su individualidad, el equilibrio personal y la plena observación del verdadero Yo.
Pero no es en los cuentos donde puede volcar esa inquietud. Decide ir más allá y recurre a la extensión de la novela para expresarse libremente, sin límites. “La novela es un campo abierto verdaderamente; para mí, un cuento, tal como yo lo concibo y tal como a mí me gusta, tiene límites y, claro, son límites muy exigentes, porque son implacables…” (José Julio Perlado, Reportaje publicado en Revista Especulo Nº 2, Departamento de Filología Española III Facultad de Ciencias de la Información, Universidad Complutense, Madrid-España, Marzo 1996)
2
Prosigue un camino de ruptura de los lineamientos literarios heredados. Cada paso será un aporte para fragmentar la figura rígida y realista. Un paso más hacia el surrealismo, la magia y el Yo absoluto, puro y sin máscara.
Así nace Los Premios como novela y es, sin dudas, el primer escalón para llegar al “cielo”, al “centro de la rueda” o al “centro del universo”.
Desde el comienzo nos advierte un devenir surrealista, cuando el personaje intelectual, Carlos López, dice: “La marquesa salió a las cinco. ¿Dónde diablos he leído eso?” (Cortázar, Julio. “Prólogo” en Los Premios, Editorial Sudamericana: duodécima edición, 1972, p.11) Pues lo ha leído en Valéry quien, por medio de esta frase, se excusaba de escribir novelas y los novelistas franceses la evocaban en sus anti-novelas.
Entonces nos presenta los personajes, ya se sabe, ganadores (por azar) de un viaje en barco. Nadie tiene claro el rumbo ni la duración (espacio-tiempo) y se advierte una atmósfera de misterio que se traslada del London hasta el Malcom, el buque que los unificará en la travesía.
Hasta allí, son sólo datos que crean una máscara, una envoltura que esconde a su mensajero: Persio, quien abrirá esa primera grieta para visualizar el “absoluto”. “Los monólogos de Persio intercalados son una tentativa de mostrar la misma cosa desde un ángulo totalmente diferente, lingüístico en parte y filosófico, mágico, metafísico, en otro sentido” (Entrevista publicada en Rayuela, Edición Crítica coordinada por Julio Ortega y Saúl Yurkievich. © Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1992.) Y más adelante dice: “Rayuela era una especie de compromiso metafísico”. Es decir, Cortázar necesita ir más allá de Los Premios, dado que esa novela no ha llegado a colmar sus expectativas, o que fue (remedo a Morelli en el capítulo 62 de Rayuela), “…un acercamiento a la mutación final.” (Cortázar, Julio. Rayuela, Bs.As., Seix Barral: 1985, p.413).
Los elementos de Los Premios aparecerán en forma obsesiva en Rayuela, pero ya no en la voz de Persio sino en la de Horacio Oliveira. Morelli expresa así la intención de Cortázar: “…no hay mensaje, hay mensajeros…” (ob.cit., p. 448)


Mensajeros Del Recorrido: Nombres Propios
Determinada queda, entonces, esta relación entre Persio y Horacio. Pero la continuidad no se limita sólo a las citas mencionadas; no se puede menospreciar la meticulosidad de Cortázar con respecto, en este caso, a la elección de los nombres propios.
¿Por qué elegir, para sus mensajeros, nombres como Persio y Horacio? Para resolver este enigma basta desactivar el tiempo y trasladarse a Roma en pleno cambio de era. Hacia el año 23 AC, comenzaba la supremacía de la dinastía Julio-Claudia. Entre otros, se destacan varios poetas y filósofos. Pero es Aulo Persio Flaco quien interesa a Cortázar.
Su obra es una mezcla de discursos, monólogos, interrogaciones, retóricas y antítesis. Su lengua es poco clásica, difícil, llena de metáforas desconcertantes y de palabras oscuras. Polemiza contra el modo literario de su época, “el discurso entre pares”, y lo traspasa a un nuevo registro estilístico: se dirige a un interlocutor ficticio, pasa de un pensamiento a otro de una manera brusca e injustificada desde el punto de vista lógico, acechado por pensamientos tortuosos.
Los monólogos de Persio en Los Premios también son oscuros, difíciles de interpretar y tan desconcertantes como la obra de Persio Flaco. Además, dado su origen italiano, los monólogos se presentan en itálicas.
Con respecto a la dinastía Julio-Claudia, sería redundante subrayar las coincidencias con Julio, pero se destaca también el nombre Claudia, elegido para el personaje principal de la cual se enamora Medrano, que invita a Persio a viajar en el Malcom. Más adelante, en Rayuela, será Lucía (anagrama de Claudia) el nombre de la Maga.

En el año 41 asesinaron a Calígula, y Claudio, con 50 años, era el único descendiente varón, adulto y vivo de la poderosa familia Julio-Claudia. Conocido como “El Intelectual” porque dedicó su vida a leer, dominaba el griego y poseía grandes conocimientos de geometría y medicina. Cabe relacionar este dato con el hecho de que Claudia, en Los Premios, también tiene un hijo varón, Jorge, divertido lector casualmente de prospectos medicinales, y Lucía tiene sólo a Rocamadour en Rayuela.

También en esta etapa, bajo la misma dinastía, sobresalen los aportes literarios de Quinto Horacio Flaco, quien porta el mismo “cognomen” que Persio Flaco (Flaccus en latín), es decir, que pertenecen al mismo clan.
Horacio Oliveira revela: “Estás viejo, Horacio. Quinto Horacio Oliveira, estás viejo, Flaco.” (ob.cit., p.113). Quedando así justificada la relación.
Sabemos que Rayuela es una novela de pasajes y es particularmente visible el traslado de Horacio Oliveira de Francia a Argentina.


Quinto Horacio Flaco viajó de Roma a Atenas para estudiar. Allí conoce a Bruto, asesino de César (recordemos aquí la cita de César Bruto encabezando Rayuela). Allí estudia filosofía y elige el mundo de la poesía para realizar críticas morales y literarias. Era un hombre de exigente meticulosidad en lo que respecta a contenidos y formas, un artesano que aportó genialidades inusuales de su época. Transformó la sátira en charlas animadas y espontáneas que permiten tratar desde distintos puntos de vista, diversos temas, fábulas, confidencias, teorías literarias, relaciones personales y filosóficas. Introdujo la autobiografía basándose en sus viajes y, muy especialmente, criticó la rigidez literaria de la época alabando el justo medio.
Una de sus frases más conocidas y seguramente más tenida en cuenta por Cortázar es: “Borra a menudo si quieres escribir cosas que sean dignas de ser leídas”.
Es mi deber concluir que los aportes a la literatura de la obra de Quinto Horacio Flaco, son más coincidencias que rompen las barreras del tiempo.


Un Camino De Figuras
Refiriéndose a Persio, Cortázar dice: “…ve las cosas desde lo alto como las gaviotas. Es decir es una especie de visión total y unificadora. Allí tuve por primera vez una intuición que me sigue persiguiendo, de la que se habla en Rayuela…Es la noción de lo que yo llamo las figuras. Es como el sentimiento de que aparte de nuestros destinos individuales somos partes de figuras que desconocemos. Y recuerda la frase de Jean Cocteau: “Nosotros vemos la Osa Mayor, pero las estrellas que la forman no saben que son la Osa Mayor”. Dicho de otro modo: las figuras sólo existen para el contemplador, no para los personajes que la forman. Lo que nos devuelve a la geometría y a la retórica.” (Harss, Luis. “Cortázar, o la cachetada metafísica”, en Los Nuestros, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1966, pp. 277-278).

¿Cómo quiere llegar Persio a esa figura? La respuesta está presente varias veces en el texto mismo. Cito: “Lo que me gustaría averiguar, si pudiera colocarme dentro y fuera de este grupo […] si es una figura, en un sentido mágico y si esa figura es capaz de moverse bajo ciertas circunstancias en planos más esenciales que los de sus miembros aislados.” (ob.cit. p.43). “Borrar las palabras […] ver qué dibujo sale de ahí […] no estoy lejos de pensar que un día veré nacer un dibujo que coincida con alguna obra famosa, una guitarra de Picasso, por ejemplo, […] si eso ocurre tendré una cifra , un módulo. Así empezaré a abrazar la creación desde su verdadera base analógica, romperé el tiempo-espacio, que es un invento plagado de defectos” (ob.cit. p. 94). Y Horacio Oliveira continúa el concepto de Persio: “…una de esas baldosas es el punto exacto en que debería pararme para que todo se ordenara en su justa perspectiva. El punto exacto…” (ob.cit. p.97)
Se inicia entonces la búsqueda del justo medio, con los monólogos de Persio y de Morelli (otro mensajero), en Rayuela: “Hay primero una situación confusa, que solo puede definirse en la palabra, de esa penumbra parto, y si lo que quiero decir (lo que quiere decirse) tiene suficiente fuerza, inmediatamente se inicia el swing, un balanceo rítmico que me saca de la superficie, lo ilumina todo, conjuga esa manera confusa y el que lo padece en tercera instancia clara y como fatal: la frase, el párrafo, la página, el capítulo, el libro. Ese balanceo, ese swing en el que se va informando la materia confusa, es para mí la única certidumbre de su necesidad, porque apenas cesa comprendo que no tengo ya nada que decir.” (ob.cit. p. 453). De ahí, la respuesta a por qué los monólogos de Persio cierran las etapas de Los Premios. Después de sus monólogos, ya no hay nada que decir.


De esa realidad llena de palabras y recursos heredados deben servirse tanto Horacio como Persio y es ésa la primera dificultad para plantear su ruptura, su cambio de criterios. Es decir, la dificultad es puramente lingüística.
Y Cortázar, por medio de sus mensajeros, nos da a conocer esa limitación. Persio dice: “Se complica por un irresistible calidoscopio de vocabulario” (ob.cit. p.248). Y en Rayuela: “Sin palabras llegar a la palabra (qué lejos, qué improbable)…” (ob.cit. p.98)


Al encontrar el muro lingüístico, la visión de centro se desmorona para Persio porque cae en la necesidad de recurrir a lo cotidiano. Cito: “Sabe que en un momento cualquiera, un suspiro escapará de su cotidianeidad, pulverizándolo todo…” (ob.cit. p. 227).

Persio entiende que necesita de una tercera mano (descontaminada de toda circunstancia exterior) para proveerse de los elementos necesarios que no encuentra en la metafísica: “Una tercera mano, ésa que espera para asir el tiempo y darlo vuelta... En algún bolsillo invisible siento que se cierra y se abre... No serán palabras sino ritmos puros, dibujos en lo más sensible de la palma de la tercera mano.” (ob.cit. pp. 251-252).

En Rayuela, Oliveira encuentra esa tercera mano: “…uno tiene la sensación de que ya llevás en el bolsillo lo que andás buscando” (dijo Gregorovius a Oliveira, p. 213 de Rayuela). Y refiriéndose a la llave del departamento de Morelli: “Oliveira tenía la sensación de llevar en el bolsillo una mano que no era la suya...” (ob.cit. p. 627).

Detenerse A Observar A Través Del Calidoscopio
Ambos encuentran, en el ojo del calidoscopio, el medio de llegar a la figura, a su unificación instantánea. Persio: “Somos la efímera petrificación de la rosa del calidoscopio. Pero antes de ceder y deshojarse ante una nueva rotación caprichosa ¿Qué juegos se jugarán entre nosotros, cómo se combinarán los colores…?” (Los Premios, p. 44). Horacio reflexiona: “…la gente agarraba el calidoscopio por el mal lado, entonces había que darlo vuelta… y de la Tierra al Cielo las casillas estarían abiertas, el laberinto se desplegaría como una cuerda de reloj rota haciendo saltar en mil pedazos el tiempo de los empleados…” (ob.cit. p.251) Y en el capítulo 109 (p. 532): “Morelli había esperado que la acumulación de fragmentos cristalizara bruscamente en una realidad total […] donde un ojo lúcido pudiese asomarse al calidoscopio y entender la gran rosa policroma, entenderla como una figura Imago Mundis que por fuera del calidoscopio se resolvería en living room de estilo provenzal o concierto de tías tomando té…”


La necesidad de encontrar en una mujer la visión calidoscópica se muestra tanto en Persio como en Horacio: “Ver por otros ojos, ser mis ojos y los suyos, Claudia, porque eso mata el tiempo […] la realidad dejaría de ser sucesiva, se petrificaría en una visión absoluta en la que el yo desaparecería aniquilado.” (ob.cit. p. 92) En Rayuela, Oliveira le pide en silencio a la Maga: “Dejáme entrar, dejáme ver algún día como ven tus ojos” (ob.cit. p. 116)


¿Por Qué Seguir Camino Más Allá Del Malcom?
En Los Premios Cortázar nos entrega una historia cerrada. No logra despegarse de las estructuras. La novela se impone ante la anti-novela y es por eso que el barco flota a la deriva. Cito: “…una vez más ve Persio […] una música sin dueño, […] un barco flotando a la deriva, una novela que se acaba.” (ob.cit. p.403).
Pero el barco no se detiene, sigue flotando por los mares de su imaginación e invadirá el inconsciente de sus sueños hasta encallar en Rayuela. Ese barco que comenzó a flotar con Persio como primer mensajero: “Persio es este átomo desconsolado al borde de la vereda, descontento de las leyes circulatorias, esta pequeña rebelión por donde empieza el catafalco de la bomba H…” (ob.cit. p. 251) hasta llegar a Horacio, (posiblemente) la bomba H. Una bomba capaz de hacer estallar una figura, una rayuela, fragmentarla y dejarla en nuestras manos para que podamos armarla a nuestro gusto, y sentirla de adentro hacia fuera, sin sacar el ojo del calidoscopio donde nos proyectamos en una cristalización instantánea, detenidos en la imaginación de un escritor que nunca dejó de recorrer caminos.

.

.
.
.
.


Poesías

.
.
Norma Segades Manías

.
.

El torturado.

“...porque sólo sé cantar lamentaciones / porque no puedo ser un ave de lluvia /
porque sólo soy un pájaro de cartón y piedra.”
Carmen Ávila
(México)


Porque habita el secreto,
porque no puede hablar de lo que duele
como turbas de espinas desgarrando su lengua,
desde aquellas desiertas madrugadas reclamando sus nombres
a pulso de picana, a fuerza de tortura, a paso de martirio,
apretando los dientes para no recordarlos en mitad de los miedos,
en mitad de la noche, en mitad de las lunas amarillas,
para no traicionarlos, para no maldecirlos
desde la soledad acantilada
y el dolor encendido.

Porque habita el insomnio,
porque el vuelo se ha vuelto fatigoso,
limitado y rasante como sus esperanzas
hartas de imaginar las libertades, la equidad, los derechos,
mientras la gente andaba los desfiles del júbilo, agitando el bullicio,
festejando ese triunfo que los parió una tarde los mejores del mundo,
ajenos por completo a tanta impunidad encapuchada,
decretando el silencio para la ausencia anónima
sepultando el hedor de la vergüenza
en el lecho del río.

Porque habita el fracaso
de ser hijo de un pueblo sin raíces
que inmola en los altares su diezmo de tragedia
y el nunca más es sólo un expediente entre tanta injusticia
y la historia repite sus errores sin tiempo, sus eclipses de olvido
y todo es negociable: hambre, feudos, proclamas, indultos, dignidades,
en este territorio de lesa hipocresía
donde una hostilidad a contrapueblo
desnuda los colmillos.






Las madres.

.

“Ya no es verano.
No hay Dios.”
Edith Goel
(Argentina-Israel)


Danzan al son del viento.
Danzan con un manojo de memoria
trenzado en el cabello, prendido en la solapa.
Danzan en los umbrales de un insomnio que devora retinas,
que adivina los cuerpos pudriéndose en la entraña del agua turbulenta,
que denuncia las llagas gestándose en los huecos de las noches sin dioses,
que reclama al silencio su azul cosmogonía de esperanza,
vagando por los jueves en la plaza del miedo
ante un pueblo que inventa absoluciones,
que indulta las afrentas.

Danzan sobre su llanto
al ritmo de la lluvia en las baldosas,
al compás de esos nombres que no quiebra la furia
con sus rabos de enconos clandestinos desciñendo relámpagos,
ni la boca asesina consumando rituales de harina fraudulenta;
que no rompe el sigilo de uniformes reptando por senderos impunes
ni la iglesia ocultando la identidad secreta del verdugo
ni la letra amarilla escribiendo otra historia
ni la calumnia alzando sus estigmas
ni la hirsuta impotencia.

Danzan entre el ultraje,
danzan sus terquedades insolentes,
danzan entre recuerdos, entre antiguos retratos,
entre gestos de infancias inocentes encendiendo sonrisas.
Renacidas al mundo desde las hendiduras de sufridas placentas,
paridas por los mismos que parieron sus muslos hace espesos veranos,
delatando los odios que acribillaron pájaros dormidos
cuando urdía la angustia sus tramas de desvelo,
cuando se rebelaron los geranios
y comenzó la ausencia.

.
.
.
.
.
.







El español del siglo XV en una lengua indígena viva (*)

.
.

Domingo Aguilera
(Universidad Católica de Asunción, Paraguay)
domingoa@cu.com.py
.
.

La lengua guaraní del Paraguay es uno de los casi 40 dialectos hablados dentro de la familia lingüística Tupí-guaraní, que a su vez pertenece al gran tronco Tupí, que se extiende y se ramifica en la mayor parte del continente sudamericano y en la actualidad cuenta con más de 60 dialectos (1). De entre todos ellos el guaraní paraguayo es el único dialecto indígena hablado por una sociedad no indígena, la paraguaya contemporánea (2), y es también el único idioma indígena que cuenta con unos cinco millones de hablantes en la actualidad (3).
La lengua guaraní, al poco de iniciarse la Conquista y Colonización española, entró en una fase de acelerada hispanización tanto en su léxico como en sus pautas culturales, pero siguió manteniendo su identidad de lengua indígena (4). Quizá este sea el hecho de que el bilingüismo paraguayo sea considerado inclusive “caso único en el mundo” (5), al no haber sido desplazado el guaraní por la lengua de los conquistadores, sino, por el contrario, haberse establecido en la lengua de comunicación de la mayor parte de la población paraguaya (6).
Primeros hispanismos
El estudio del idioma guaraní en su interacción con el castellano no ha sido muy abundante ni en uno ni en otro sentido (7). Un estudio del impacto del castellano en el guaraní contemporáneo, con metodología más rigurosa e integrada al proceso general del español hispanoamericano se inaugura con los trabajos de Marcos Morínigo (1904-1987), cuya primera tesis doctoral se titula justamente Hispanismos en lengua guaraní (Buenos Aires, 1931). El mismo autor, en este y otros estudios posteriores, demuestra que muchas palabras del léxico guaraní, incluso algunas de cuyo origen autóctono los gramáticos no dudaban hasta entonces, eran en realidad vocablos del español antiguo incorporados al idioma nativo que, al ser conservados en el habla popular sin cambio alguno durante mucho tiempo, y en comparación con el castellano regular, ya parecían sonar con alteraciones fonéticas atribuibles al guaraní.
Con el enfoque desde la lingüística diacrónica del castellano es más fácil hablar con cierta precisión de cuáles pudieron haber sido las primeras incorporaciones de hispanismos en la lengua guaraní, ya que para hacerlo desde el interior de la lengua es mucho más difícil, debido fundamentalmente a la falta de documentación escrita más o menos sistematizada, la cual en guaraní, como en las demás lenguas indígenas, en los primeros tiempos de la Conquista no se dio sino a medida que avanzaban la fundación de reducciones religiosas y la predicación del Evangelio (8). Y en los tiempos posteriores esta realidad no varió mucho, como lo atestiguan algunos escritos de misioneros religiosos de la época (9).
La h se aspiraba
Según estudios actuales de la fonética histórica del castellano, se tiene certeza de que algunas consonantes tenían sonido distinto en el siglo XV y XVI, como la h, por ejemplo, que era aspirada y no muda como ahora. Este dato es esclarecedor para ubicar algunos hispanismos en la lengua guaraní, que en la actualidad se siguen pronunciando tal como lo habrían hecho los primeros conquistadores españoles llegados a estas tierras, en las primeras décadas del siglo XVI. Por la brevedad del presente artículo, hemos tomado solo seis préstamos con h inicial aspirada, usados aún en el guaraní paraguayo actual, sobre todo entre personas mayores, y los hemos rastreado en los antiguos diccionarios españoles. Y efectivamente, todos ellos coinciden en aparecer en los primeros registros lexicográficos de la lengua castellana y en el tiempo en que, conforme la fonética histórica, la h era una consonante sonora.
A continuación presentamos el cuadro de los vocablos referidos, con la primera aparición de cada uno de ellos en un diccionario español (10).

Vocablos con h aspirada en el guaraní paraguayo actual Primer diccionario español en el que aparecen
Harpa Nebrija (1495)
Harriero “
Hollín “
Horcón Minsheu (1617)
Hosco/a Nebrija (1495)
Hoyo Alcalá (1505)

Ejemplos de uso
Las acepciones y ejemplos de uso de las palabras que damos a continuación son las dadas por Marcos Morínigo en Hispanismos en el guaraní (11). No hemos conservado la grafía del autor, quien representaba la h con jh, la forma aceptada en guaraní en la época de la publicación de su trabajo.
Harpa. Arpa. Ejemplo: Añá cuâ chapî jharpa mbopujhá. Traducción literal: Diablo dedo degastado arpa factitivo sonar-el-que. Traducción literaria: Sujeto de dedos carcomidos como tañedor de arpa.
Harriero. Grosero. Rústico, ignorante. Persona de maneras poco finas. Ejemplo: Jharrierondibe ndarecoséi trato. Trad. literal: Arriero-con no-yo-tener-querer-no trato. Trad. literaria: No quiero tener relaciones con un grosero.
Hollín. [Morínigo lo registra “jholín”.] Substancia crasa y negra que el humo deposita en la superficie de los cuerpos a que alcanza. Ejemplo: Pe jholín co la omojhûmbába pe olla rebí. Trad. literal: Ese hollín ciertamente la él-ennegrecer-todo-el-que ese olla culo. Trad. literaria: El hollín es lo que ennegrece del todo el culo de la olla.
Horcón. Postes de madera sobre los cuales descansa la armadura del techo de las casas de fábrica rústica. Cualquier poste de madera. Ejemplo: Emoína co’ápe peteî jhorcón tojocó pe techo. Trad. literal: Tú-poner-rogativo aquí un horcón que-él-sostener ese techo. Trad. literaria: ¿Por qué no pones aquí un horcón para que sostenga el techo?
Hosco. Se dice del ganado vacuno de color rojo, con el lomo rojizo negruzco.
Hoyo. Juego de niños que consiste en acertar a meter, desde una regular distancia, una bolita en un hoyo hecho en el suelo. Este hoyo no debe tener mucho mayor diámetro que la bolita.
Un vistazo a la inversa: los primeros guaranismos en español
El primer vocablo guaraní registrado en un diccionario castellano es canoa, que ya aparece en el vocabulario de Nebrija. A partir de entonces la lista no para de ampliarse con las voces nuevas, como caníbal, que según Morínigo fue tomado en préstamo de una de las lenguas antillanas pero es de origen guaraní de la costa del Brasil; también cacique, guanín, hamaca, ajes, cazabe, caribe, batata, maíz, yuca, guanábana, batea, manatí, que hoy forman parte del patrimonio lexicográfico español universal (12).
Si bien el español, por razones obvias, es el que recibió mayor caudal de guaranismos en su léxico, igualmente otras lenguas europeas hicieron lo propio. Algunos documentos de la época así lo testimonian. Por ejemplo, el Diálogo de Léry (Léry, 1556), Hans Staden (Staden, 1556) y la Singularités de la France Antartique de Thevet (1558) son documentos que registran abundantes guaranismos.
A continuación presentamos un cuadro de los primeros guaranismos en lengua castellana según los diccionarios de la RAE.

Guaranismos en lengua castellana Primer diccionario español en el que aparecen