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martes, 22 de enero de 2008

REVISTA PALABRAS ESCRITAS Nº 3 cuarta parte

Dibujo de Miguel Pencieri para la serie "El Méjico de Juan Rulfo"
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REVISTA

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PALABRAS ESCRITAS Nº 3

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un diálogo entre Brasil e Hispanoamérica

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Nº 3 -cuarta parte-

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Ilustraciones: Miguel Pencieri

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Publica: Servilibro, Asunción, Paraguay

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Editora responsable: Vidalia Sánchez

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25 de Mayo esquina Méjico, Asunción, Paraguay

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Telefono/Fax: (595-21) 444-770

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Redacción: Luis Hernáez, Amanda Pedrozo, Alejandro Maciel

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Bmé. Mitre 3712 (1201) Buenos Aires, Argentina

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Tele/Fax: (011) 4981-1791

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Carta para mis tres tías

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Marta Ortiz, (Rosario, Santa Fe)

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(Cuento que integra la colección El vuelo de la noche)

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Nunca tuve una madre. Supongo que una madre
es alguien a quien acudes cuando estás preocupada.

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Emily Dickinson

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Querida tía Margarita:


No desearía iniciar esta carta con una fórmula convencional. Pero tampoco puedo no decirte que me gustaría que te encuentres bien y al mismo tiempo contarte que yo estoy tranquila y que me siento espléndida, aunque eso signifique usar una frase convencional.


Te preguntarás por qué te escribo cuando han pasado tantos años. Yo también me lo pregunté. Y descubrí que me impulsaba el afecto que me hiciste sentir en aquellas esporádicas escapadas mías a tu departamento de la calle Esmeralda. Cuando viajaba seguido a la capital, cuando hice mi post-grado. ¿Te acordás?
Es imposible olvidar, por ejemplo, tus exquisitas ensaladas de escarola con mucha sal y un limón entero exprimido. Tal vez te parezca inverosímil que yo mencione semejante banalidad. Pero intentá hacer memoria y no te va a resultar difícil recordar que en ese tiempo me encantaban las ensaladas, que hubiera sido feliz cultivando una huerta sólo para mí. Que las prepararas a mi gusto ya significaba una prueba de amor. Por supuesto y entre nosotras, en este punto cabe tener presente que mi madre nunca supo interpretar mis inclinaciones en general y mucho menos mis preferencias en el ámbito de la gastronomía.


Nobleza obliga, tía Marga, no creas que sólo soy capaz de recordar tu ensalada de escarola. También pienso en el café después de cenar con una oblea bañada en chocolate, en esa sobremesa jugosa donde contábamos todo lo sucedido en el día y en la cama blanda, con sábanas impecables que me habías destinado desde el primer día. En una palabra, tu interés por mí siempre se evidenció en los aspectos culinarios y formales, lo que me hacía sentir atendida y homenajeada como nunca lo había sido en mi propia casa. Confieso que más de una vez sentí oleadas de envidia por la suerte que tenían mis primos Máximo y Federico. A ellos sí que no les faltaba nada. ¿Y el jazmín que pusiste en un florero de opalina azul en mi mesa de luz? Aunque no lo creas, más de una vez repetí ese gesto entrañable con mi hija Juliana, quién me lo agradeció siempre con la sonrisa tierna y cómplice de quien se sabe tiernamente amada y protegida.


Dora se detuvo. Se sintió tranquila, satisfecha. Después de una prolija relectura decidió interrumpir la carta. No había razón para apurar el final. La terminaría junto con las otras dos. Lo que ahora importaba era darles comienzo: una para Águeda y otra para Blanca.
Miró el reloj: las nueve y media de la noche. Tiempo fresco y seco, tal como había escuchado esa mañana en la radio. Se distrajo un momento regando un helecho plumoso que tenía la tierra reseca y tomó un vaso de agua antes de sentarse a escribir la segunda carta.

Querida tía Águeda:


Hace tiempo que no tengo noticias tuyas. Presumo que estás bien. Casi diría que estoy segura. Sabés que únicamente puedo pensarte saludable y feliz.
¿Cómo podría prescindir de tus nervios a flor de piel, un poco alterados, o de tus vacilaciones permanentes? Siempre sintiéndote un poco culpable, o mejor dicho, responsable de casi todo. Bueno, esa es la leyenda que te precede. De todos modos a mí siempre me tuvo sin cuidado tu estilo romántico e idealista. Lo que sí me importó, y mucho, fue que a pesar de vivir inmersa en tus pensamientos inestables y fragmentados, siempre tuviste tiempo para compartir mi vida y para elegir “los regalos exóticos para Dorita”, como solías llamarlos. Así fue como a los seis años recibí un sahumerio hindú que llenó mi cuarto de rosas perfumadas, a los ocho mi primer libro de refranes y reflexiones imprescindibles para la vida, según tus indicaciones, y a los diez aquél misterioso palo de lluvia que se instaló en mis días con eso, con el sonido de una lluvia que no parecía la de siempre, sino otra. La que caía mansa y a la vez abundante crepitando sobre un patio de ladrillos que yo inventaba sin esfuerzo. Y ni hablar de la colección de muñecas de porcelana china para Dora cuando enfermaba, cuando estaba triste o cuando algo andaba mal en la escuela.


En mis más antiguos recuerdos también están los célebres “higaditos de Aguedita”. Así los llamabas y me los hiciste comer cuando me faltó hierro en la sangre. ¿Te hago sonreír?


¿Cómo no agendar en el corazón tanta calidez y afecto, sobre todo si partimos de la base de que mi madre nunca estuvo presente a la hora de las lágrimas ni a la de agrandar las orejas para escucharme?
Una vez más, tal como lo había hecho con la carta para Marga, la releyó, consideró que era apropiada y que había llegado el momento de dejarla inconclusa.
Era casi medianoche. Se vio reflejada en el espejo del baño: dos ojeras violáceas rodeaban el párpado inferior ligeramente hinchado por las lágrimas. Se desperezó, bebió un café bien cargado y se armó de coraje para seguir. Lo único que contaba ahora, era escribirle a la tercera tía.

Querida tía Blanca:


Espero que recibas esta carta en un buen momento y que puedas leerla tranquila, sin que sea necesario interrumpir tus innumerables ocupaciones. Y no digo esto para molestarte, ya sabés lo mucho que te quiero, pero las dos entendemos que tu vida transcurre de reunión en reunión y que ya te ocupa demasiado tiempo ser la directora del planetario municipal de Villa Ernestina como para que también puedas relajarte y descifrar mis jeroglíficos manuscritos.


Siempre fue un poco difícil acercarme a vos. Me parecías distante, como si hubieras vivido en otro mundo. Con el tiempo llegaría a comprender que era realmente “otro mundo” o mejor dicho “otros mundos”, los que se llevaban toda tu atención. La astronomía y la física te dieron un sello diferente al de mis otras dos tías, Marga y Aguedita.


La más intelectual, dice Ricardo. La que lleva una vida más independiente, digo yo. Más espacio privado, bah, todo lo que una mujer puede y debe tener para vivir con cierta dignidad, sobre todo en los tiempos que corren, tan competitivos.
Ya no te siento indiferente ni distante, aprendí que siempre estuviste alerta para detectar cualquier urgencia económica que yo pudiera tener. Siempre me regalaste dinero. Y me sirvió. Ahorraba durante todo el mes y después me compraba lo que quería o lo que necesitaba. ¿Te acordás del globo terráqueo iluminado que compré cuando un día empezó a interesarme la geografía? Te lo debo a vos. Y también te debo mi fascinación por todos los cuerpos celestes, ya que ese mismo día me hablaste de galaxias doradas en un espacio sin límites, de mares azules, de océanos casi negros, de tierras ignotas y de caracolas gigantes en las costas de África. Fuiste quien se ocupó de abrir mi fantasía, mi imaginación, mi inagotable necesidad de conocer.


¡Claro, qué podía saber yo de todo aquello si mi madre nunca me habló de nada tan hermoso! Tía Blanquita, a veces creo que en realidad, nunca me habló. Lo bueno es que Dios aprieta pero no ahorca: las tuve a ustedes tres.
Dora soltó la lapicera y se tapó la cara con las manos. Estaba terriblemente cansada. Había llegado al punto casi final de las tres cartas. Sólo faltaba un párrafo. O dos, eso no importaba. Lo que importaba era darles un cierre. Había que escribirlo en un tono impersonal y serviría por igual para todas. El verdadero punto final, el broche de oro. ¿De las cartas o de su pasado? Era una buena pregunta.


Se detuvo a observar las facciones pálidas y demasiado relajadas de María Luisa. ¿Se habría dormido finalmente y para siempre?
Volvió a pensar el texto final. Lo escribió, lo borroneó, lo estrujó y lo tiró más de una vez al cesto hasta que por fin supo que había logrado la versión definitiva. Algo extensa, pero adecuada.

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El último fragmento de la carta decía lo siguiente:


Agrego una noticia importante. O depende de cómo se la mire. Tal vez para vos, tía, represente una conmoción, y es posible que también yo, aunque no me dé cuenta todavía, esté sufriendo un estado de shock bajo una aparente superficie de tranquilidad: mamá, María Luisa, tu hermana o como quieras llamarla, murió hoy a las tres de la tarde, culminando así una tortuosa y larguísima agonía. Me siento en condiciones de corroborar que ha vivido miserablemente unida a sí misma, cordón de su propia placenta, centro y eje de todas sus preocupaciones. Perdón si la letra sale corrida, no puedo contener las lágrimas.
Aunque este final era predecible y a veces llegué a pensar que lo pasaría de largo y no me conmovería, decidí mantenerte informada. Te quiero demasiado como para dejarte en ascuas, compartiendo la inocencia del que nada sabe.
Minutos después del deceso y no sin antes derramar sobre ella largas lágrimas y reproches, inauguré un raro descanso sin la rutina de los medicamentos cada tantas horas, ni de cuidarla en la degradada etapa de despojo humano sin precedentes a la que fue sometida por la enfermedad. La peiné, le puse su mejor vestido, y la dejé descansar en paz, al fin y al cabo era lo único que ella sabía hacer a la perfección.


Una vez acabada tan piadosa tarea, comencé a escribir esta carta, mientras espero la llegada de un nuevo amanecer y del servicio fúnebre que acabo de solicitar. Estoy aquí, en el escritorio de la casa de mamá, el lugar que siempre me pareció más acogedor. Pensé que cuando una quiere contar que algo desastroso y tan difícil de soportar ha sucedido, y que ya no se puede volver atrás ni cambiar nada, una le escribe a su tía. Porque yo aprendí desde muy chica que si con algo seguro se puede contar es con el eco en el corazón de una tía. Y por eso, nada más que por eso, te escribí esta carta, Marga, Aguedita, Blanca.
P.D.: El entierro tendrá lugar por la mañana del nuevo día que ya amanece, muy a mi pesar, cuarteado de nubarrones oscuros. En el cementerio de las Ánimas, en el panteón familiar. Como ella quería.


Te abraza: Dora.

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STROESSNER NOVELADO

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José Vicente Peiró Barco

Universidad Jaume Castelón, Valencia.

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Sin duda, la novela paraguaya de dictadores está marcada por la relevancia de una obra tan elaborada y compleja como Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos. Ha sido frecuente la novela histórica dedicada a sus figuras históricas en el país guaraní, ya para darles un trato favorable, ya desfavorable, ya aséptico. Sin embargo, la novela de Stroessner no ha sido suficientemente analizada por la crítica por distintos motivos inherentes tanto a la creación como a la publicación, y que merecerían una atención peculiar.


Aunque el universo de la dictadura stronista está presente en varias novelas paraguayas publicadas antes de su caída, como La isla sin mar (1987) de Juan Bautista Rivarola Matto, las creaciones de Santiago Dimas Aranda, sobre todo La pesadilla (1980), Los ensayos (1982) de Jesús Ruiz Nestosa, o La sangre y el río (1984) de Ovidio Benítez Pereira, es cierto que las aproximaciones a los motivos personales del dictador suelen ser aislados, y suelen mostrar expresamente universos ambientales y situaciones concretas de violencia, de represión o de lucha más que analizar las personalidad del dictador o del mundo desarrollado desde su efigie. También en ocasiones la dictadura era el bastión de la represión a la mujer, como en el caso de Los nudos del silencio (1988) de Renée Ferrer, novela que cuestiona las situaciones generadas por la brutalidad machista o su mentalidad con mucha profundidad sin penetrar en la figura del Tiranosaurio
[1]. Era lógico evitar la presencia del dictador puesto que el personalismo de la dictadura no hubiera permitido alusiones directas a la figura glorificada y mitificada del heredero de los próceres del país. Sin embargo, cualquier lector con una competencia media entiende que en el fondo de estas novelas planea la presencia del dictador y la explícita denuncia sociopolítica porque la dictadura se personificó con un nombre y apellidos pero en realidad era un engranaje y una superestructura sobredimensionada que favoreció la corrupción y las prácticas abusivas.

Después de la caída del dictador Stroessner en 1989 se abre el mundo del libro a la expresión de ideas. El libro es un objeto de expresión de libertad y por ello no tiene mucho sentido denunciar la dictadura fenecida con la ficcionalización porque se puede escribir prosa de denuncia sin miedo a la represión. Es cuando destaca la narración best-selleresca de Santiago Trías Coll, representada fundamentalmente por las dos partes de Gustavo presidente (1990 y 1993) que abrieron el camino de la ficción política. Pero subsiste el miedo a la dictadura y, sobre todo, al retorno a ella y a la amenaza totalitaria casi siempre nacida desde algunos estamentos militares y eso impide que se escriba una parte importante de novelas que permanecían sobre todo en la cabeza de los autores. Las obras sobre la tiranía editadas suelen caer en el cripticismo y en la oscuridad como símbolo de la misma, cuando no en el experimentalismo: la mejor manera de representar un universo tan absurdo como el del stronismo es ofreciéndolo como etéreo o con un punto de vista pretendidamente no realista. Los mejores ejemplos son Celda 12 (1991) de Moncho Azuaga e Historia(s) de Babel (1992) de Joaquín Morales.
La aparición de la novela El último vuelo del pájaro campana (1995) de Andrés Colman Gutiérrez supuso un giro en el tratamiento del tema. La narración recogía el ambiente paraguayo de esos años, con la amenaza permanente de la vuelta a la dictadura. El relato partía de la trama de unos delincuentes para reponer a Stroessner en la jefatura del estado. Sin embargo, reflejaba el ambiente de incertidumbre política y social de mediados de los noventa y no pretendía constituirse en un relato sobre la dictadura. Digamos que no era una novela sobre el stronismo, sino sobre el postestronismo.


Fue Augusto Roa Bastos quien mejor penetró en 1993 en el absurdo mundo de la dictadura en El Fiscal, pero hacía responsable –quizá en exceso– al pueblo paraguayo de la presencia dilatada del Tiranosaurio en el poder. Con Madama Sui (1995) el autor reflejaba el autor la unión entre la dictadura y el sexo cortesano para mostrar su cara más horrorosa.
Durante el último lustro del siglo XX y el primero del XXI existen aproximaciones como Tántalo en el trópico (2000) de Nila López, pero Stroessner seguía sin ser tomado como un personaje novelesco, al menos en los términos que había dibujado Roa Bastos en El Fiscal, donde sin ser protagonista de la obra sí que aparecía físicamente en el momento en que Félix Moral se lo encontraba en la recepción oficial en la que presuntamente debía asesinarlo. Stroessner quedaba como una figura éterea, una sombra por encima de los personajes, y una constante abstracta de pavor.


Desde los primeros años del siglo XXI se observa que los escritores no tienen tantos reparos en escribir sobre la dictadura más reciente de la historia paraguaya. ¿Habrían perdido el miedo? ¿Quizá sería por los efectos subliminales y liberadores del marzo paraguayo, cuando el pueblo comenzó a apreciar como lejana la amenaza golpista de Lino Oviedo? Fuere como fuere, una vez pasados los efectos de la batalla defensora de la democracia, se empezó a escribir sobre Stroessner.


El año 2004 fue decisivo en la evolución de la novela del estronismo. Apareció una novela de Jesús Ruiz Nestosa titulada La generación de la paz en la que ponía en entredicho la actitud conformista de una parte importante de la población paraguaya durante la dictadura. En realidad, la novela enfrentaba el pensamiento de unos jóvenes inconformistas con sus padres, unos privilegiados por su proximidad al poder. También se acerca a un denominador común de la novela del estronismo: la afición del dictador a las jóvenes y adolescentes.
Ese mismo año aparece una novela que pasará a la historia por ser la primera donde Stroessner es el protagonista, no un personaje sombrío que circula por la novela: Las memorias de Escorpión de Efraín Enríquez Gamón. Además, está escrita en clave de memorias, con lo que también era el narrador. Enríquez Gamón conoció profundamente, y desde dentro, el régimen de Stroessner, y este aspecto se aprecia en la novela con el detallismo de las situaciones y la profundidad de reflexiones del dictador protagonista. La narración se impregna del espíritu de la indagación para desentrañar la maraña de una época oscura de la que se conocen más anécdotas que fundamentos, a pesar de haberse vivido. La obra se sostiene en el discurso mental del dictador y su desarrollo depende de la linealidad de su memoria.


Y es que Las Memorias de Escorpión es una novela autobiográfica donde se acumulan las reflexiones del dictador; reflexiones sobre el poder y su naturaleza, sobre el papel de los escalafones bajos que sostienen una dictadura, sobre las delaciones, la represión, el empleo de la violencia y el carácter mayestático del ejercicio del poder. Son unas memorias que ficcionalizan el repaso de Stroessner a su propia vida, pero no un repaso lineal, sino fragmentario y ordenado de forma temática. Finalmente, el dictador desaparece y deja en su lugar un escorpión, símbolo de su persona, junto al manuscrito: es una metáfora del destino del tirano por antonomasia. El amanuense, retomando el término de Yo el Supremo (hay otras coincidencias con esta obra, simples coincidencias, eso sí, como la rememoración del pasado como “en el registro de un caleidoscopio”, cita que aparece en la segunda parte, p. 65), que se lo encuentra decide darlo a la luz pública, de ahí que el discurso se plantee en dos niveles: el del endógeno del dictador y el exógeno de quien decide publicar las memorias. Sin embargo, la novela en realidad presenta un discurso único que subraya la existencia de un pensamiento único excluyente durante las dictaduras: el del dictador, porque desde el principio subraya el carácter memorialístico al presentar un yo dispuesto a confesarse con un carácter intimista (como se denomina el primer apartado del libro). Sin embargo este yo manifiesta que el lector no está ante unas memorias, entendidas como relación escrita de acontecimientos biográficos, sino también ante una reflexión sobre el universo funcional de una tiranía fundamentándose en la paraguaya, expresada sin maniqueísmo por medio de la postura ficcional distanciada y una focalización humana. Las memorias de Escorpión son un fresco sociológico del régimen político.


Sin embargo, es curioso que unos días antes del fallecimiento el 16 de agosto de 2006 del dictador expulsado a Brasilia, más bien coincidiendo con el acontecimiento, apareciera una novela que da un giro importante a la percepción literaria de su figura. Se trata de Aldea de penitentes de Pepa Kostianovky
[2], una periodista con una trayectoria literaria esporádica pero bastante importante. En el ámbito de la narrativa publicó en 2005 una delineada novela de inspiración autobiográfica titulada Desde el otoño, donde se mezclan la ternura, la fantasía, el humor y la humanidad.

Y estos son unos rasgos que también se perciben en Aldea de penitentes. Durante su lectura, en ocasiones da la impresión de que estamos reviviendo en el realismo mágico, sobre todo en las escenas con presencia de la tarotista Berta Correa, terrible escrutadora de designios de la rueda de la fortuna que raramente se equivoca y a la que suelen acudir a consultar personalidades del régimen. En otras atendemos a un profunda crítica social, sobre todo del universo de corrupción y latrocinios que una dictadura crea a su alrededor, y la de Stroessner no iba a ser menos, más bien iba a serlo más. Los ingredientes humorísticos se mezclan con los más crueles, como es el caso de las escenas del ultraje de las niñas. Esto demuestra la riqueza de medios expresivos y de situaciones planteadas que la autora domina y sabe utilizar demostrando su excelencia como comunicadora.


Aldea de penitentes se inicia en el momento en que acaba de morir el general Hugo Elizardo Cuenca, un preboste del régimen stronista. Este personaje no es un ser cuya conducta esté individualizada: es un prototipo de la personalidad que ha evolucionado desde el empleo funcionarial hasta la riqueza máxima durante la dictadura y que se ha beneficiado con ella. La novela se inicia y se cierra con el cortejo mortuorio de Elizardo. Con esta circularidad, la autora se permite recurrir al tiempo mítico mezclado con la linealidad de la diégesis y la definición de la muerte como destino de todos los seres humanos, incluido el mismo dictador Stroessner, sobre el que la escrutadora de cartas Berta vaticina que después de su derrocamiento va a penar sus culpas durante muchos años en el infierno de la tierra. Como expresa el narrador omnisciente, Elizardo Cuenca “fagocitó por decenios a la sombra de Alfredo Stroessner, guardándole lealtad pródigamente recompensada” (p. 16). La obra es el retrato del régimen de favores y corruptelas que se cimenta durante la dictadura, como forma de explicar el origen de algunos problemas pendientes de resolución en el Paraguay actual.
La autora mezcla la crónica con la ficción continuamente. En los capítulos XVII y XXIV se explicitan incluso tipográficamente dos episodios históricos ocurridos durante el régimen stronista, con detalles escasamente conocidos. En el capítulo XVII se informa en apenas dos páginas su evolución, con las disputas internas y la manera en que Stroessner fue deshaciéndose de quienes podían obstaculizar su perpetuación en el poder, hasta el ascenso de la oligarquía de ingenieros nacida con la construcción de la central hidroeléctrica de Itaipú, los Enzo Boys que desembocaron en Barones de Itaipú, y cómo a los militares, para callar sus voces disconformes ante esta ascensión civil, fueron compensados con negocios de tráficos diversos y contrabando. El capítulo XXIV describe la “conversión” del médico nazi Joseph Mengele en ciudadano paraguayo gracias a la gestión de los hermanos Argaña, hasta llamarse Carlos Flores Chávez. Historias de cómo la dictadura favoreció la corrupción, el clientelismo, el dinero fácil y la protección de prófugos de la justicia internacionales. Kostianovsky destaca con ello que el stronismo no fue, desde luego, un modelo de perfección moral ni tampoco unos pilares donde se pudiera asentar un Paraguay más próspero en el plano nacional y colectivo.


La riqueza de Cuenca y de los favorecidos del régimen se inicia con la usurpación de propiedades de los terratenientes liberales que acaban en desgracia con la subida al poder de los colorados. Su mujer, Clota Bogado, también organiza sus negocios en forma de suministros de materiales a organismos estatales, pero no llega a triunfar porque hay un aspecto que no está muy bien visto por el régimen: su pertenencia al Opus Dei, lo cual le hará caer en reflexiones y actitudes en ocasiones ridículas porque el rigor religioso suele desembocar en el absurdo. Pero la inmoralidad del régimen no radica solamente en lo patrimonial o lo material. Alfredo Stroessner se inclinaba por las mujeres niñas, ejemplificado en el capítulo del ultraje de Catalina. Los matrimonios tampoco son modélicos: Elizardo Cuenca tiene sus amantes, lo que provoca que tenga que conformar negocios personales a Clota. La inmoralidad es la base de los comportamientos, desde luego.
Estilísticamente, la novela se fundamenta en el párrafo conciso y la estructura del discurso de forma dinámica. Kostianovsky busca un lenguaje equilibrado entre la oralidad de los diálogos y la verbalidad de las frases expositivas. La acción no es tan importante como la percepción que el lector obtenga de las secuencias narrativas, pero sin caer en el doctrinarismo político. El relato no es una arenga contra la dictadura, sino una descripción de sus hábitos, algunos de ellos supervivientes en la vida paraguaya; hábitos que causarán el rechazo del lector que crea en la justicia y en la libertad. Los personajes de la dictadura son suficientemente conocidos. Su recuerdo es una advertencia de tiempos pasados que no deben ni recordarse. La voz de Stroessner está presente en la novela porque estos personajes son una prolongación de sus brazos ejecutores. El general Patricio Colmán no lanzaba a sus presos de los aviones sin que el dictador lo supiera. Pero, además, el relato revela la mixtificación del régimen con una figura del dictador presente en forma de retratos “con marco dorado opaco o brillante” (p. 87) y banderas patrias esparcidas por todos los rincones del país, con una educación inspirada en el catecismo de San Alberto, código de leyes que en realidad no escribió San Alberto, para educar con la premisa de la divinidad del dictador.


La gravedad del discurso dependerá, por todo ello, de la propia situación narrada. Destaca el empleo de la ironía y el humor con frecuencia: “Ñata Legal, cuyo apellido contrastaba de modo pintoresco con su condición, ya que así como Eligia Mora podía preciarse de ser ‘la legal’, Ñata se ufanaba por ser ‘con la que mora” (p. 23). Los diálogos son fluidos y muy ilustrativos. Hay también historias tiernas, como los devaneos amorosos de Berta Correa, personajes de nombres inspirados en seres reales (Alcibíades Delvalle o la propia Berta Correa, que en su nombre refleja realidad, por corresponder al de una amiga, y en su apellido la ficción de la leyenda popular del norte argentino de la “Difunta Correa”, que siguió amamantando después de muerta), que contrarrestan el duro discurso de los ultrajes crueles de la dictadura. En ocasiones, la ironía subraya lo grotesco del régimen, como ocurre en el párrafo sobre la educación de los hijos de Stroessner “como paraguayos”. Contrasta con la historia de Antonia Mereles, feliz en los años de criada con los Cuenca y ultrajada posteriormente al ser elegida con doce años por Stroessner para sus hábitos cortesanos.


Hay un aspecto fundamental en la novela: la crítica al machismo. Pero no sólo a esa preponderancia masculinista ni a los hábitos de desprecio a la mujer, sino también al “matriarcado criollo” tan atribuido generalmente a la esposa paraguaya. Ese “matriarcado” no siempre generará una educación de fomento de la personalidad integral: en el caso de Clota, provocará toda una pedagogía de la represión y de la culpabilidad, pródiga en contradicciones y disciplinas absurdas. Pero la brutalidad de los hombres supera cualquier otro índice de nulidad de la educación recibida; hombres que, sin embargo, como Elizardo, son un “cero a la izquierda” (p. 112), pero que adquieren poder hasta el punto de dar y repartir beneficios, empleos y alegrías. Infidelidades, intrigas palaciegas, apropiaciones económicas y usurpaciones de tierras. Por otro lado, está mal visto socialmente por los dos ámbitos masculino y femenino la dedicación a aficiones como las letras, como en el caso de Alberto, el tercer hijo del matrimonio Cuenca Bogado, porque son “disparates que no sirven para comer” (p. 117), con lo que acaba estudiando Derecho por entrar en algún estudio universitario productivo.
Pero es en realidad el personaje de Berta Correa el que acaba transformándose en el eje central de la novela. A ella acuden a descubrir su futuro y lo acierta. Berta acaba engulliéndose el universo narrativo de los Cuenca Bogado. Sin acabar de convertirse en la verdadera protagonista, es el centro del desarrollo que desemboca en el desenlace y es quien vaticina el destino de Stroessner.
Estamos ante una novela que en escasas páginas revela y denuncia la dictadura de Stroessner con una fiereza ejemplar, y que determina un nuevo panorama en el tratamiento de la figura de este dictador en la narrativa paraguaya. Es probable que la novela sea breve porque el régimen del Tiranosaurio era tan pobre que para demostrar lo que aportó a la historia paraguaya no eran necesarias más que ciento veinte páginas. El relato es muy consistente y trabaja en la muestra de una dictadura como conjunto de relaciones personales sometidas al arbitrio de una figura mixtificada.

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Lupanar de viejo

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Carolina Orlando

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El joven periodista, pecoso y cobrizo, llegó al asilo para entrevistar al veterano periodista en una habitación de “La Casa de la Tercera Edad”. El joven se sentó frente al viejo, le sonrió y, tras presentarse, le estrechó la mano.

- Me gustaría que comenzáramos con alguna experiencia, allá por sus años de juventud - le dijo.
¿Allá por mis años de juventud? No te digo nada porque habrás tenido una abuela pelirroja, y qué buenas están las pelirrojas. Allá la tendrás vos, con tu pinta de colorado maricón, pensó el anciano.

Y el viejo, tras balbucear un bueno-dejame recordar-a ver, habló:

- ¿Daneri, me dijo? Su apellido me recuerda una de mis mejores experiencias. Yo empecé a trabajar para el diario cuando tenía su edad. Usted ni había nacido, fíjese qué cosa. Dichoso de usted, quien no quisiera estar en los veinte.
Yo escribía las reseñas de los libros que nos mandaban las editoriales. Un día llegó uno, cómo olvidarlo, Prostibularias, era el título. Después de leerlo, me llené de…incógnitas. La cuestión prostíbulos era desconocida para mí y entonces me vino una idea, la de escribir una crónica sobre los prostíbulos de Cañada. Ese pueblo, se sabía, era un gran lupanar. La crónica incluiría una descripción del pueblo, de las casas, de sus putas. Dónde estaba la puta más linda, la puta más vieja, la puta que gritaba más fuerte, si vivían hombres en el pueblo. En fin, busqué experiencias. No tenía otro camino que mezclar el trabajo con el placer, usted me entiende, muchacho. No, como va a entenderme si, ahora, eso está prohibido. Si le tocás el culo a una compañera de trabajo, me contaron, te dan una patada y te dejan afuera. En fin, juventud era la de antes…
Me fui a visitar Cañada entonces. Vaya de noche, me aconsejaron. Ni bien crucé el arco que decía Cañada, donde comenzaba la única avenida, me recibió la primera puta. Soy Lupa, me dijo. Busco un cuarto, respondí, para quedarme unas noches. Me agarró del brazo, así, con fuerza, y me increpó. La muy puta me dijo que mire que este pueblo, todo, es un burdel / que nada de negocios serios / que a la mierda con las leyes / que nada de buscar siempre a la misma / que eso está prohibido / que el sexo libre libre / que la cosa va en serio.
Le devolví mi mejor sonrisa. No le dije nada sobre mi crónica, claro, la puta me hubiese sacado a patadas si le contaba.
Si está todo entendido, lo llevo a lo de Daneri, me dijo. Le respondí que sí y, mientras me guiaba, yo le repetía después después porque la muy puta me iba frotando la bragueta.
La casucha del tal Daneri estaba en una especie de callejón custodiado por putas lindas. Daneri tenía cara de putañero pero de viejo poco feliz, se notaba que el trato con las putas era nada más que para hablar, o para mandar. Podría decirse que hasta cara de maricón tenía el viejo.


Daneri le hizo una seña a la puta para que me acompañara al cuarto. Me alquiló un sucucho rastrero, mugriento y bien de puta triste. Así me encontré arriba de la primera puta, que chillaba como rata mal apuntada y me arañaba la espalda, la muy puta fingía como bestia, eso me gustó, hasta que las uñas de la puta me rasparon el lomo y le dije: basta puta, que duele, y la muy puta se ofendió. No sé si porque le dije puta o porque le corté la inspiración, y me empujó, me tiró para un costado. Se fue del cuartito moviendo el culo, casi desnuda, pero tan magníficamente puta. Dormí. Al otro día salí temprano para recorrer Cañada. Quería ver las caras de las putas al sol. Me paré en una esquina donde vendían diarios. Una mina los vendía. ¿Será puta?, me pregunté, y le di las monedas y una sonrisa, por las dudas. Cuando la mina me dio el diario, me acarició la mano de una manera tan puta que parecía desnuda.


Caminé por las calles, uno pateaba el polvo en esas calles; y todas las casas parecían desalojadas, mugrientas, casas de putas que duermen de día. Putas-murciélagos imaginé y me reía solo pensando en la puta de la noche anterior tan magníficamente feroz, tan puta, y seguí caminando para ver qué más podía encontrar.
Era sabido que en el pueblo no había ningún colegio. Los hijos de las putas, muy limpios ellos, iban a estudiar a la ciudad. Se llenarían de sabiduría esos pibes hasta que se dieran cuenta de que sus madres eran unas terribles putas, sentirían vergüenza de ser hijos de putas y se marcharían para vivir purificados por el santo nivel urbe-universitario.


Me senté en el banco de la parada de ómnibus y me puse a leer un librito de bolsillo sobre el sexo en oriente. Oí pasos y miré. Era una rubia espectacular que me sonreía sin abrir la boca. Rubia atrevida pensé, debe ser otra puta. Dejé el diario y me guardé el librito. La seguí. Una puta en pleno sol no era cosa de todos los días, pero sí en Cañada, tendría que ver usted. Me acerqué y le dije vení putita, vamos a mi bulín, y la rubia me siguió, ya parecía desnuda la puta linda. Qué puta linda. Llegamos a la piecita destilando lujuria, tendría que haber visto eso, en el camino la rubia me venía jugando al amor, pero en la cama me dejó abajo, laburó arriba la rubia, se agarraba las tetas y no gritaba. La rubia no habló ni una palabra, son así de calladas las rubias, nada más se estiraba como los gatos hasta temblar, la puta tembló a tiempo, me dejó dormido y se fue. Cuando desperté, ya estaba oscuro. Me duché en el baño de Daneri y salí a recorrer los burdeles. De noche se encendían luces a lo largo de las calles. Todas las casas que yo había visto dormidas, ahora despertaban con luces rojas. Esquivé a las putas que estaban en la entrada del callejón del viejo decrépito Daneri y a las de la avenida. Entré a una de las casas. Ahí adentro estaba oculto un terrible bar con luces que se apagaban y se prendían cambiando de color. Fui rojo, fui azul, fui amarillo. Las luces jugaban y transformaban el lugar como si alguien estuviera observándonos desde el agujero de un calidoscopio. Uno de putas, claro.


Me senté en una mesa. Había putas que te traían whisky, otra puta bailaba, viera usted cómo hacía, estaba en tetas esa puta. Rojo. Azul. Y la puta se bajó del escenario y me llevó a un cuartucho y le di para que no se olvidara de mí. Amarillo. Rojo. Cuando terminé con esa puta, vino otra y otra más, y después la pelirroja y me quedé hasta que se hizo de día con la última. ¡Qué fea era de día! Pero me acompañó hasta lo de Daneri. Muy buena mina esa, tan buena que parecía siempre desnuda. Me fui a mi cuarto. Escribí lo que pude hasta que me quedé dormido arriba del cuaderno.


El viejo Daneri me despertó con un portazo. Pibe sinvergüenza, me gritó, te metiste con la puta de mi mujer.
Yo no sabía si era la negra, la fea, la pelirroja o la rubia, pero me sacó a patadas del cuartito y me metió en una bodega. Que con mi mujer nadie, menos un pibe como vos, gritaba, vas a aprender a respetar, que mi mujer esto, que mi mujer lo otro. Su mujer se puede ir a la puta que la parió, le dije, y el viejo putañero se enardeció, sacó una navaja y casi me la incrusta en la barriga. Me caí desmayado, del susto y del cansancio. Cuando me desperté, estaba en mi cuartucho de mala muerte. Lo primero que vi fue la cara del viejo Daneri que seguía ahí, como custodiando. Para mi sorpresa, se había calmado.


- Si querés salir vivo de Cañada, no escribas, en esa crónica, sobre mi mujer, la puta pelirroja- me dijo.
De acuerdo, respondí, y el viejo me exigió el cuaderno. El muy puto se fue a leerlo al baño y me trajo una puta gorda, la más gorda, para que yo no pudiera escapar.
En un día y dos noches, les di a unas trece putas.
Ahora, ustedes no llegarían ni a dos. Por eso Cañada no existe más. Esas putas se tuvieron que ir a laburar y tuvieron hijos y nietos como usted. ¿No sabe de qué laburaba su abuela? Preguntele. Casi todas eran de Cañada. Acá tenemos a Normita que, con los años, ha ganado experiencia, imagínese.

El anciano periodista se puso de pie y, caminando hacia la puerta de la habitación, agregó:

- No se olvide: pregúntele a su abuela.

El joven esperó un momento pero, al ver que el viejo no volvía, se levantó y se fue sin entrevista, sin nota para el diario, pero con la certidumbre de sentirse un inválido nieto de puta. Caminó hacia la salida. Le sonrió, por las dudas, a la viejita de la puerta, y cruzó el arco que decía “La Casa de la Tercera Edad” con inevitable vergüenza.
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EL FISCAL Y LA IMPOSIBILIDAD DE JUZGAR

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Mario Goloboff

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La novela El Fiscal corona la anunciada y esperada trilogía sobre "el monoteísmo del poder" de Augusto Roa Bastos. La serie, iniciada (retroactivamente, habría que decir, ya que tales sistemas suelen aparecérsele a posteriori al escritor, más que obedecer a decisiones previas, y el caso actual no escapa a la ley) con Hijo de hombre, y proseguida con Yo el Supremo, alcanza así su plasmación con este texto. Un libro cuyo tema fundamental me parece versar sobre la imposibilidad de ejercer la justicia individual ante el sufrimiento colectivo y, más vastamente, sobre la imposibilidad humana de juzgar, de constituirse en "un fiscal".

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En efecto, si la primera novela puede leerse, entre otras muchas intenciones, como la denuncia de la inutilidad y malignidad de la contienda fratricida (la que enfrentó a bolivianos y paraguayos entre 1932 y 1935 en la zona del Chaco), banco de ensayo de la Segunda Guerra Mundial, y el primer enfrentamiento petrolero en territorio latinoamericano, y la segunda, Yo el Supremo, como la novela del poder absoluto (verdadera bisagra ficticia, además, en la serie de novelas sobre dictadores), el volumen que cierra la trilogía expone un fresco de lo que Rafael Barret supo llamar "el dolor paraguayo", desde los inicios de su vida independiente hasta los días finales de la dictadura de Alfredo Stroessner.

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El protagonista de El Fiscal describe largamente esas imposiciones y sufrimientos, y las mazmorras a que fueron sometidos quienes no los admitían. Se trata de un emigrado paraguayo en tierras galas, travestido por cirugías y maquillajes equivalentes a los que el escritor de ficciones asume en toda "representación", puesto que, también él, es, entre otras cosas, escritor, ensayista y, aquí, quien "escribe" el texto o la carta que leemos, y en razón de cuya autoría, al final, será descubierto, torturado y asesinado. El personaje elabora contra el último dictador de su país un complicado y a la postre inútil proyecto de tiranicidio. La inviabilidad del mismo acaba por condenar, más que al "tiranosaurio", al propio exiliado, presa de la omnipotencia del destierro, y a sus fantasías de sustituir el juicio de un pueblo por la vindictia profética del auto elegido.

Dos motivos principales recorren, a mi modo de ver, esta novela: el del amor frente a la barbarie y el desarraigo, y el de los efectos destructivos que el poder y su ejercicio totalitario imponen a las sociedades contemporáneas. De tal forma, el sentimiento de la pareja Félix Moral-Jimena trasciende los marcos individuales al enlazar, en la relación con la mujer y en la mujer misma (hija de españoles refugiados en Francia; docente ocupada en culturas precolombinas), los términos de una identidad americana: el pasado prehispánico, los vínculos con la España de otras épocas y con la de nuestros días.

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Flotando sobre los vaivenes de la anécdota, y metaforizado en los pensamientos y decisiones del protagonista, otro tipo de juicio recorre el texto: el que se sugiere sobre el papel que los intelectuales desterrados, y especialmente los latinoamericanos, juegan en el mundo de hoy (o jugaron hasta hace poco) como fantasmagóricos reconstructores de los anhelos colectivos.

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El relato es atravesado por finas relaciones que a veces son históricas, otras culturales, literarias o pictóricas. De estas últimas, la que parece central es la que se establece entre el Cristo de Mathis Grünewald y los cuadros del pintor argentino Cándido López, quien tuvo, se cuenta, un homónimo paraguayo, que habría pintado muchas de las obras que a él se le atribuyen. Entre éstas, ciertas imágenes de la muerte del perdedor de la guerra de la Triple Alianza, como el Cristo de Cerro-Corá. Imagen ésta doble o triplemente imaginaria (si cabe el pleonasmo) ya que, por un lado, el cuadro, si es que alguna vez existió, ya no existe, y además la propia novela sostiene contradictoriamente la veracidad de esa crucifixión y la negación de la misma, lo que podría querer decir que Solano López sólo fue apócrifamente crucificado. Es más: el instigador ideológico de tal falsificación (o de tal cumplimiento) habría sido el cura Fidel Maíz, el primero en hablar de López, en el colmo de la adulación anterior a la derrota, como del Cristo de Cerro-Corá... El texto, por eso, alude varias veces a ese "vaticinio" (cf. p. 34 y pp. 292-293).

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Contemplando, en Colmar, el Cristo de Mathis Grünewald (una obra pictórica que también sufrió los vaivenes de la política, por lo que, en días en que Roa Bastos estaba naciendo, Thomas Mann lamentaba en su Diario "que ahora se convertirá en propiedad francesa" -Diarios 1918-1936, Anotación del 8/12/1918), el protagonista tiene la impresión de estar viendo al del Paraguay. "Lo extraño -escribe- es que ese retablo no era conocido en América". El texto da otra vuelta de tuerca (esta vez borgeana: "Un emperador mongol, en el siglo XIII, etc...", en "El sueño de Coleridge" *) para señalar "esas misteriosas simetrías que se encuentran de pronto en la realidad infinita y desconocida del cosmos, entre nuestra realidad miserable y opaca y el transfigurador universo del arte, sin que ninguna ley física ni razón sobrenatural puedan explicar estas coincidencias" (p. 98).

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En muchas otras oportunidades, las relaciones son literarias. Amén de aquéllas que la narración establece con las dos novelas restantes de la trilogía, hay menciones de otros textos del escritor. Así, por ejemplo, la historia de “Nonato” (p. 84); la novela -futura en su publicación, pero trabajada durante muchos años- Contravida (p. 87); un libro que "Lleva el nombre del pintor argentino como título" /.../ "prologado por un escritor compatriota nuestro" publicado, se dice, por un "editor italiano de libros de arte" (p. 366), referencia a la edición de Franco María Ricci (Milano-Paris, 1984) con el texto El sonámbulo, sobre el que Roa Bastos venía trabajando desde hacía tiempo, y cuya primera publicación data, por lo menos, de 1975, en la revista Crisis, de Buenos Aires (nº 32, Dic. 75).
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En cuanto a textos ajenos, la relación más relevante sería la actualización y -supongo, porque hasta ahora no he podido consultarlas- la reinvención, para Richard Burton (uno de los más importantes traductores al inglés de Las mil y una noches), de unas pintorescas Cartas desde los campos de batalla del Paraguay (1870), en las que Burton relataría cómo le cuenta cuentos a Madama Lynch, remedando el libro que, si no me equivoco, sólo comenzaría a traducir en Trieste años más tarde, a partir de 1872. Por lo tanto, como en otros casos, los datos de tipo histórico que simula dar el narrador serían, una vez más, ilusorios, y ordenados, en cambio, según su pura funcionalidad ficticia. Tal sería el temperamento de citas como las siguientes: "La mediación del cónsul pudo ser ésta: servir de puente por el cual las historias de las Noches de Oriente pasaron al imaginario colectivo paraguayo a través de las mujeres de servicio de la mariscala". /.../ "Habrá que convenir, con sir Richard, que los cuentos de las Mil y una noches entraron en el Paraguay por la puerta de servicio de Madama Lynch, no ya de su incendiado palacio de Asunción sino de las tiendas de campaña del cuartel general" (p. 317).

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Finalmente, hay otras relaciones, de tipo lingüístico, que se combinan con las demás: así, por ejemplo, la mónada de Leibnitz y el carácter nómada del protagonista, o los propios nombres de éste, Félix Moral.

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Como en toda trilogía, encontramos en ésta numerosos elementos comunes. Y como toda novela final de trilogía, El Fiscal recoge, ya he dicho, hilos dispersos en las otras dos. Hay, adelantaba, relaciones con personajes, historias, imágenes, mitos de las otras dos novelas.

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Yo el Supremo está presente, es casi obvio recalcarlo, en la idea manifiesta del "monoteísmo del poder" y, asimismo, en el recuerdo de textos tales como aquéllos sobre "el árbol del poder absoluto". También los del "portaplumas recuerdo", convertido aquí en una pluma fosforescente (pp. 277-278); igualmente, los anacronismos de aquélla, con las opiniones de Mitre y la invasión argentino-brasileña; del mismo modo, todo el tema del nacimiento por la paternidad de dos o de uno (pp. 143 y siguientes de Yo el Supremo), tan vinculado al mito onfálico evocado en esta última. Y, naturalmente, la mención expresa por parte del protagonista Gaspar Rodríguez de Francia de su distante sucesor cuando, sobre el final de la novela, lee Patiño las respuestas de los alumnos de las escuelas públicas "a la pregunta de cómo ven ellos la imagen sacrosanta de nuestro Supremo Gobierno Nacional" /.../ "Escuela Nº 1, . Maestro aborigen Venancio Touvé. Alumno Francisco Solano López, 13 años: ". Y el comentario del Supremo: "Este niño tiene alma bravía. Envíale el espadín. Señor, con su licencia le recuerdo que es hijo de don Carlos Antonio López, el que... Lo recuerdo, lo recuerdo, Patiño. Carlos Antonio López y el indio Venancio Touvé fueron los dos últimos discípulos del Colegio San Carlos que yo examiné y aprobé con la más alta calificación, poco antes de la Revolución. Tú también vas a acordarte de don Carlos Antonio López, futuro presidente del Paraguay. Antes de que ascienda su estrella en el cielo de la Patria, la soga de tu hamaca cerrará su nudo en torno a tu cuello." (Yo el Supremo, pp. 432 y 434).

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La idea de carta póstuma o diario, y hasta la carta final de la mujer del protagonista, recuerdan las de la primera novela de la trilogía. Pero de Hijo de hombre (en su novísima versión) recoge nada menos que lo que, a mi entender, es el tema fundamental de El Fiscal, el de la imposibilidad de juzgar. Allí están las primeras reflexiones sobre el juicio de la posteridad, la variación de los contextos, la relatividad de las posiciones y declaraciones. Por un lado, es la propia y contradictoria historia del "Fiscal de sangre" la que enseña que él mismo juzgaba injustamente y, por el otro, es la visión o el juicio históricos sobre su personalidad los que son atacados.

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El cura Fidel Maíz, "Fiscal de sangre" del régimen de Solano López, quien sin hesitar juzgaba y condenaba a cuanto opositor al régimen tenía a su merced, es el primero y el más hábil en acomodarse después a los designios de los brasileños, una vez que éstos asesinan a Solano López e implantan su régimen de ocupación.

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En algunos de los textos incluidos en la última versión de Hijo de hombre, precisamente en el Capítulo VII, "Destinados" (del que citaré, lo más sintéticamente posible, sus partes pertinentes) se escribe: "La figura de Fidel Maíz me ronda obsesivamente entre los turbios vapores que suben del río. Por momentos se me aparece en hábito talar entre las reverberaciones. ¡San Fidel Maíz, San Pedro I de la iglesia paraguaya reconquistada, caminando sobre las aguas que rodean el promontorio del penal!", escribe Miguel Vera el 21 de enero. La anotación del 22 de enero dice entre otras cosas: "Pese a mis esfuerzos no consigo sacármelo de encima al cura Maíz. Su enigma no deja de perturbarme. / ¿Qué móviles lo llevaron a oponerse a la presidencia de Solano López a la muerte de don Carlos, a quien sucedió manu militari cuando su cadáver no había acabado aún de enfriarse? Maíz declarará después, autojustificándose: el temor a que López aherrojara al país en un despótico absolutismo sin las ventajas del de don Carlos o del propio Supremo Francia..." /... / "López manda apresar a su ex preceptor. Maíz es sólo unos pocos años más "viejo" que su ex discípulo. López ordena que le metan una barra de grillos y lo mantiene seis años en prisión. Desatada la guerra cuya suerte, luego del inicial desastre de Uruguayana, queda irremisiblemente sellada contra López y su ejército, éste ordena la libertad del sacerdote disidente. Lo hace traer desde Asunción a su cuartel general y lo nombra capellán general de su ejército por encima de la autoridad del obispo..." /.../ "Ya en plena retirada, López encomienda al P. Maíz la organización y funcionamiento de los tribunales de guerra. El flamante capellán y fiscal de sangre los ajusta a la estrategia de la confesión in articulo mortis en lo espiritual y del cepo de Uruguayana y de inconcebibles torturas en lo corporal". /.../ "Durante cinco años manda torturar y ejecutar a millares de personas en el turbión de las reales o inexistentes conspiraciones contra López. Asesinado éste en Cerro-Corá, profanado su cadáver por la soldadesca enemiga, el prisionero de guerra Fidel Maíz pide clemencia y misericordia al conde d'Eu, generalísimo de los ejércitos invasores y por su intermedio a don Pedro II, emperador del Brasil." Luego viene esta frase de Miguel Vera: "Su demanda de perdón es el documento más extraño y estremecedor que he leído en mi vida". Y después de transcribir dicho documento, hay una suerte de análisis lingüístico literario de Vera, gracias al cual colige que Maíz "representa una abyecta parodia cuyo exceso es precisamente su negación", es decir, que cuando el cura está solicitando clemencia y rindiendo pleitesía al invasor, lo que ocultamente está haciendo es salvaguardar el porvenir de la causa paraguaya. Éstas y otras consideraciones llevan a Vera a pensar que "no distinguir los tiempos para juzgar los hechos y personas es sobrado expuesto a errores" (p. 252). Por lo cual termina afirmando que "Alguien debería escribir alguna vez la historia de la gente como Maíz porque llegará un día en que patibularios fiscales se arrogarán el derecho de juzgar y condenar a este pueblo como si estuviera compuesto enteramente de cretinos y bastardos" (p. 252).

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El mandato de escribir esa historia es retomado aquí, ya que el tema recorre las páginas de El Fiscal. Aparece mencionado por primera vez en la p. 34, luego en la 48, y luego, sobre el final, más intensamente, entre otras, en las páginas 310, 326, 331 y 336, especialmente. La cita que me parece pertinente mencionar es la de la p. 331: "Desde las jaulas armadas con ramas en que han sido encerrados, los jefes sobrevivientes del estado mayor de Solano contemplan impotentes, con lágrimas en los ojos, ese entierro fantasmal del hombre que ha muerto con el clamor de "¡Muero con mi patria!". En humillante contradicción con ellos, el P. Maíz, de rodillas en su jaula, pide clemencia al conde D'Eu, jefe supremo de las fuerzas brasileñas. Clama a gritos y entre sollozos, en su honor, las mismas loas que hasta hace poco tiempo rendía al mariscal asesinado. Sólo que ahora, en lugar de consagrar al conde D'Eu como al Cristo brasileño, lo proclama Redentor del Paraguay y del género humano".

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Luego de comentar otras posiciones y actitudes (bien podríamos decir aquí "amorales") del cura (una de ellas, por ejemplo, la de haber justificado y alentado la "prostitución patriótica" de jovencitas del interior en beneficio del buen ánimo de los soldados), el texto termina por justificarlo, retomando las ideas de Hijo de hombre, aunque especificándolas, ya que lo que Maíz habría tratado de salvar, más que una abstracción como "el porvenir paraguayo", sería, para esta última novela, la salud y la independencia de la Iglesia de ese país: "Una figura histórica compacta y compleja como la del Padre Fidel Maíz -se sostiene en El Fiscal-, un hombre como él, forjado a imagen de esta tierra y nutrido con sus esencias y sus escorias, no ha sido aún comprendido. En su degradación, en sus crímenes, en sus pecados, es el antihéroe más puro y virtuoso del Paraguay. Fue un genuino soldado de Cristo, el Judas de la Última Cena, un apóstol que juró en falso infinidad de veces, un antisanto sin corona de martirio surgido del cristianismo de las catacumbas que tuvo en el Paraguay su último refugio. Nadie entendió a este hombre, a este sacerdote, que eligió cometer los pecados y los sacrilegios más execrables ofreciéndose como víctima propiciatoria, un negro y rijoso cordero pascual, el más infame y miserable, para que la sangre de Cristo, vertida en el Gólgota, tuviera algún sentido fuera de la imposible redención humana. De otra manera habría que tomar en serio el chiste ateo de Stendhal de que la única disculpa de Dios es que no existe. / El anihéroe virtuoso, el antisanto sin corona, quiso recoger en sus manos ensangrentadas el soplo de vida que aún le quedaba a su pueblo moribundo. Quiso salvar a su Iglesia prisionera de las maquinaciones de una secta de esbirros de la Fe, a la que no quiso reconocer como una congregación digna de Cristo. Los capuchinos, primero, luego el solio oscuro y oscurantista del Vaticano, por mediación de su internuncio en Río de Janeiro (un verdadero sátrapa de la religión romana), interpusieron todo su poder y declararon una guerra implacable al cura rebelde y revolucionario. Trataron de aplastarlo pero no lograron prevalecer sobre el cordero rebelde e indómito. Tuvieron que devolver al Paraguay su Iglesia tomada en rehenes como diócesis sufragánea de la Iglesia de los enemigos. La victoria del curita Maíz está ahí, brillando en la oscuridad como un cabo de vela sobre la lápida de una inmensa sepultura. Sólo donde hay sepulcros las resurrecciones son posibles. Pecó el blasfemo, se arrastró el apóstata hasta la más extrema degradación, para que la justicia de Dios, si existe de verdad, pudiera resplandecer en los justos. Que sus pecados le sean perdonados..." (El Fiscal, pp. 336-337).

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Construida como casi siempre lo ha hecho Roa Bastos, según el procedimiento que podríamos llamar "del palimpsesto" (Hijo de hombre se sigue aún corrigiendo y es ahora posterior a Yo el Supremo; sus cuentos entran y salen de las novelas, se citan y se transforman; sus novelas se entrecitan falsamente, etc.), El Fiscal consagra una vez más en su narrativa, tanto en los pasos de la intriga como en la elaboración textual, el carácter efímero de la escritura, burdo remedio, según el autor, para suplantar la inalcanzable "habla natural de los pueblos".

De un modo más interior, la novela repite y profundiza en la trilogía algunas de las preocupaciones principales del escritor: su empeño en demoler las ruinas de una concepción tradicional de la historia; su temor por haber perdido tierra y lengua en el ostracismo; su idea de que lo femenino es el sitio de reconstrucción, no sólo simbólico sino también real, donde lengua y pueblo renacen permanentemente.

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La elección del nombre Félix Moral, invita, sin duda, a otros juegos: las mismas iniciales que Fidel Maíz; una nueva, también cinematográfica y también especular invención de Morel; algunas remembranzas de aquel otro inventor isleño, Moreau: no olvidemos que Roa Bastos suele repetir, con Rafael Barret, que el Paraguay es "una isla rodeada de tierra". No obstante, más allá de estos serios juegos, alcanza aquí toda su debida resonancia el señalamiento de esa ilusoria moral feliz, de esa ética del magnicidio pasado de moda y, sobre todo, la condena de la inútil, desesperada, autocomplaciente, falaz necesidad del intelectual de considerarse llamado a ejercer la justicia en nombre de todo un pueblo y de su historia.


Mario Goloboff

Nota: Las citas corresponden siempre a:

Yo el Supremo, Siglo XXI, Buenos Aires, 1974.

Hijo de hombre, (Tercera edición revisada y aumentada) Alfaguara, Madrid, 1985.

El Fiscal, Sudamericana, Buenos Aires, 1993.


· La cita completa de Borges es la siguiente: "Un emperador mongol, en el siglo XIII, sueña un palacio y lo edifica conforme a la visión; en el siglo XVIII, un poeta inglés que no pudo saber que esa fábrica se derivó de un sueño, sueña un poema sobre el palacio. Confrontadas con esta simetría, que trabaja con almas de hombres que duermen y abarca continentes y siglos, nada o muy poco son, me parece, las levitaciones, resurrecciones y apariciones de los libros piadosos", en "El sueño de Coleridge", en Otras inquisiciones, en Obras Completas, Emecé, Buenos Aires, 1974, p. 644.

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Algunos apuntes sobre mi madre

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Marcelo Damiani

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Para Camila

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Me acuerdo, antes que nada, de sus manos. Estábamos sentados en el jardín de casa. Yo tendría tres o cuatro años, y ella, por supuesto, estaba tejiendo. Sus dedos rugosos se movían de un lado a otro, dirigiendo el hilo entre las agujas con una precisión y una velocidad sorprendentes. Pero además, mientras el rollo de lana rodaba por el pasto, ella me contaba otro capítulo de la historia familiar. Yo no podía prestar atención a sus palabras porque el movimiento de sus manos era demasiado cautivante. Recuerdo que acercaba mi cabeza a la zona donde el hilo era embestido por las agujas, todo controlado hábilmente por sus dedos, para ver si así podía comprender mejor qué era lo que estaba pasando. No podía entender cómo las agujas y el hilo no se enredaban en un nudo imposible de desatar. No entendía cómo el hilo poco a poco iba tomando la forma de una bufanda para el invierno que ya se adivinaba en la ventisca vespertina. No podía seguir el hilo de la historia. Estaba, literalmente, subyugado, y podría haberme quedado ahí toda la vida.


Ella había nacido el 12 de febrero de 1936, en un pueblito perdido del sur tucumano que aún hoy se llama Taco Ralo, y que en alguna olvidada lengua indígena significaba “árbol desnudo”. Era la quinta hija de Emiliano Gómez y Angélica Esther Miau, una especie de viejo terrateniente benévolo y una joven maestra rural. Su nombre, Nelly, fue rápidamente suplantado por un apodo capilar: Mocha. No dejaba de ser curioso que “mocho” aludiera a algo que le falta la punta, cuando en realidad a ella no parecía faltarle nada; es más, le decían Mocha no porque le faltara algo sino porque lo tenía: Esos incontrolables rulos castaños que sus hermanas envidiaban. Le gustaba contar, probablemente inspirada en una foto que aún conservo, que se pasó sus primeros años de vida sentada en los rincones de la gran casa familiar, contemplando el movimiento frenético de los adultos, escondida detrás de sus rulos para pasar desapercibida. Tal vez por esto siempre fue algo enfermiza; entonces aparecía la abuela Beatriz. Era una de las hermanas de Emiliano que había perdido a su única hija cuando fue atropellada por un auto al cruzar la calle para mostrarle a su vecina los patines que le habían regalado por su sexto cumpleaños. Beatriz reparó en la pequeña Mocha, seguramente acurrucada sobre sí misma, hecha un ovillo humano, y la nena no pudo dejar de apreciar la nueva exclusividad de esa mirada. El resto fue simple. Mocha sufría de una leve afección respiratoria y cuando alguien sugirió que un cambio de aire no le vendría nada mal, todos accedieron a que Beatriz se la llevara por un tiempo a su casa de Córdoba. Así, naturalmente, ella se convirtió en la nueva hija de Beatriz.

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La casa de mi (tía) abuela era visitada por un desconocido poeta cordobés; el pobre hombre, al parecer, estaba secretamente enamorado de ella. Tal vez de ahí mi madre sacó la idea de escribir poesía. Fue llenando cuadernos con sus versos adolescentes hasta que el marido de mi abuela murió de improviso y ellas tuvieron que reorganizar su vida por completo. Al principio alquilaron algunas habitaciones de la casa, después cocinaron para los estudiantes, vendieron lo que se podía vender, agotaron sus ahorros, pasaron un poco de hambre, pero al final tuvieron que irse. Dejaron sus pocas pertenencias en la casa de unos amigos y se mudaron a Tucumán en busca de trabajo. En ese momento la Revolución Libertadora tomó el poder y una de las primeras cosas que hicieron fue allanar y destruir la casa de esos amigos. Ahí se perdieron para siempre sus cuadernos llenos de poemas. Estoy seguro que a ella le hubiera gustado tener la oportunidad de volver a leerlos, tal vez porque ahora soy yo el que tiene ganas de hacerlo. ¿De qué hablarían sus versos? ¿Qué tipo de verdad banal o profunda me hubieran permitido descubrir su trazo o su escritura?

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Su deseo de escribir, como suele pasar después de la adolescencia, quedó relegado a un segundo plano por las urgencias de la vida. Sin embargo, yo sabía que uno de sus anhelos más secretos, madurado durante esos años, era escribir la historia de su tía Felisa. Ella era otra de las hermanas de Beatriz y Emiliano. Su vida, según mi madre, era digna de ser contada. Para empezar, había tenido una hermana melliza que murió al poco tiempo de nacer. Tardó mucho en aprender a caminar y hablar, pero nadie se daba cuenta de la razón: Tenía una pierna más corta que la otra, y era sordomuda. Dueña de una belleza notable, durante su adolescencia y juventud se había sobrepuesto a sus defectos de nacimiento y no sólo era una mujer muy activa y despierta, sino que además había inventado una especie de idioma fónico-gestual que sólo dominaban a la perfección tres personas: Ella, mi (tía) abuela y mi madre. Yo, en algún momento, a fuerza de verlas y escucharlas todo el tiempo, estuve a punto de entrar en ese pequeño círculo selecto, pero quizá por mi desinterés o mi edad sólo me quedé en un nivel intermedio. Pero aún hoy tengo presente dos de los signos que más usaban. Pasarse el dedo índice de la mano derecha por la mejilla correspondiente, de arriba hacia abajo, poniendo cara de desagrado y diciendo usha, recuerdo, quería decir que una persona era fea físicamente; apoyar en la mejilla la parte superior del dedo gordo y hacer un movimiento circular con toda la mano en el sentido de las agujas del reloj, como si se estuviera enroscando en la cara un objeto imaginario, y repetir pita, mientras se sonreía, quería decir que la persona de la que se hablaba era linda... No será fácil olvidar el espectáculo que montaban las tres al hablar, emitiendo sonidos que he olvidado y moviendo las manos y los brazos durante horas, como si estuvieran haciendo una estudiada coreografía o dibujando imaginarias figuras en el aire. Pienso con nostalgia que yo soy ahora el último resabio del idioma de Felisa.

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No es difícil entender por qué Felisa podía convertirse en un gran personaje, según mi madre, aunque para mí era ella la que tenía un gran potencial como heroína de una narración que quizá algún día yo mismo podría escribir. Contar su vida en tercera persona como si fuera una de esas enormes novelas decimonónicas, empezando por sus antepasados franceses y españoles, relatando lateralmente la historia de nuestra intrincada familia tucumana, y por supuesto, también la de Felisa y la abuela Beatriz, deteniéndome especialmente en sus aventuras cordobesas, como si se tratara de tres mosqueteras buscavidas. Con el tono divertido que ella contaba sus altas y bajas en la escala social, siempre con una sonrisa. El centro de la trama, por supuesto, giraría en torno a su lucha, a sus largas caminatas en busca de trabajo, a su costumbre de mirar el piso por si ahí había alguna moneda que pudiera llenar sus bolsillos o su estómago, a esos tiempos difíciles que le tocó vivir como a toda mujer. Y quizá terminar en la clínica Chutro de Córdoba, con ella sonriente, feliz, mirando ese bebé hambriento y de ojos claros que con el tiempo llegaría a ser yo, y pensando sin palabras que ojalá algún día su hijo escriba esta historia.

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La última vez que fuimos de vacaciones juntos fue a la casa de mi tía Tatina en San Rafael: Mendoza. Mientras estábamos ahí, durante uno de esos atardeceres que nunca parecen anunciar fatalidades, llamó mi tía Lita para comunicarnos la muerte de su madre, Doña Angélica, mi última abuela, a los noventa y dos años. Mi madre y mi tía partieron para el entierro en Tucumán y yo volví a Buenos Aires. No recuerdo los pormenores de los preparativos pero sospecho que no le afectó tanto como cuando murió la abuela Beatriz, la primera persona muerta que vi en mi vida. Recuerdo su cuerpo inerte, con los ojos cerrados, pasando frente a mí en una camilla. Vi cuando la bajaron de la ambulancia y la verdad es que se la veía tranquila. Si no hubiera sabido que estaba muerta, y ahora me pregunto cómo lo sabía –tal vez es uno de esos datos que uno luego agrega a los recuerdos–, hubiera jurado que estaba durmiendo. Felisa también moriría por esa época, pero no me acuerdo de haber ido cuando pasó. Recién ahora me doy cuenta lo difícil que debe haber sido para ella tener que soportar la muerte de esas tres mujeres que la criaron y la cuidaron desde chica. Recién ahora me doy cuenta de la obvia razón por la que me apego a estos bocetos de historias, como si su voz apenas pudiera dirigir mis manos mientras escriben, intentando prolongar este último rito que llevamos a cabo juntos, hilando palabra tras palabra, tejiendo frase tras frase como ella solía tejer nuestra ropa, abrigándonos mutuamente en la naturalidad de nuestro gesto.

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Sé, con una certeza que no deja de asombrarme, que lo único que la mantenía viva luego de la muerte de mi padre era el deseo de conocer, acariciar, acurrucar a ese bebé aún inexistente que iba a ser su primera nieta. Se la pasaba haciendo planes para ella, tejiéndole ropita, lamentado silenciosamente que mi padre no iba a poder malcriarla. Pero esa esperanza –su vida– se esfumó tres semanas antes de que Camila naciera. Me niego a recordar los pormenores, los trámites, la peor escoria que sale a la luz en los lugares más inesperados en este tipo de situaciones. Prefiero pensar que durante esos miserables veinte días me miraba mucho en el espejo, e incluso me sacaba fotos, a pesar de mi declarada fotofobia, para tratar de reconocerme en esos ojos inyectados en sangre que me perseguían como un animal malherido. Luego, cuando nació Camila, cuando su nombre divino, como por arte de magia, se materializó en mis brazos, empecé a escudriñar su cuerpo en busca de alguna señal, con la esperanza de que mi férrea voluntad de encontrarla fuera recompensada. Poco a poco, su sonrisa siempre lista, siempre dispuesta, incluso cuando dormía, como previendo mis morisquetas tristes, me convencieron de que ahí anidaba su espíritu, su mirada, su entusiasmo, mi propio deseo luminoso de que las cosas fueran de otra manera.
Ahora estoy en una fría sala llena de médicos. Uno se sienta frente a mí acusador y me recrimina mi desconfianza y mis críticas constantes a sus colegas y a su loable profesión. “Usted se la pasa hablando mal de nosotros, empieza; dice que no sabemos nada y que somos unos inútiles, por no decir imbéciles. Nos acusa infamemente de haber matado a su madre. Pero ahora va a tener que retractarse en público, porque ella está ahí, y como ve, sana y salva, y somos nosotros los que la hemos salvado de la muerte”. Entonces miro en la dirección que me señala y la veo: Viva. “Su error, sus blasfemias, su equivocación, sigue él, merecen ser castigados, y haremos todo lo posible para que así sea.” Ella está sonriendo, como siempre, como Camila, con esa mezcla inconfundible de calma y alegría contenida que yo no había heredado. De pronto siento que me falta el aire, quiero quedarme ahí, pero no puedo respirar, y abro los ojos y me incorporo jadeando, agitado, sintiendo que no deseo despertarme, comprobar que yo soy ahora el único habitante de la casa, con la sensación que rápidamente se convierte en la certeza de que tener razón, en este caso, es una cuestión de vida o muerte.
Ella, tal vez huelga aclararlo, creía en Dios; creía en el cielo, creía en el alma eterna, creía en la salvación. Siempre trató de transmitirnos esa creencia y yo pensé que había fallado con mi hermana más de lo que había fallado conmigo, ya que a veces todavía tengo dudas; dudo si no debería creer, dudo si no seré un creyente inconsciente, dudo sobre lo que creo o lo que debería creer. Pero el otro día, cuando fuimos al cementerio de nuevo, para reafirmar el ritual que iniciamos cuando ella era apenas un bebé, me sorprendí al ver el respeto que Camila tenía por los santos que la gente suele poner sobre las lápidas de las tumbas, y mientras nosotros le decíamos que saludara a sus abuelos y ella miraba hacia arriba como si debiera buscar a personas reales, noté que también tocaba la cruz como yo lo hacía, acaso un simple gesto de imitación infantil de la actitud de su tío, como si así pudiera estar un poco más cerca de esa abuela que nunca había conocido, pero que de alguna manera empezaba a sentir que iba a conocer por medio de nuestros relatos; o tal vez tan sólo a través de la fe que poníamos en ellos.

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El 3 de enero del año pasado cumplí 37 años. Mi padre hubiera cumplido 74. Treinta y siete años atrás ella le había dado como regalo de cumpleaños a su primer hijo: Yo. Yo, ahora, 37 años después, tenía la misma edad que él cuando se convirtió en padre. Yo, ahora, era huérfano de padre y madre, y el único regalo que recibí por mi cumpleaños fue el de mi hermana: Un reloj... Me acuerdo que antes de entrar a operarse ella me dio su reloj para que se lo cuidara, y nunca se lo pude devolver. Aún hoy lo conservo: Aún hoy lo cuido. Al parecer, con el tiempo, me he convertido en una especie de doble de ese tatarabuelo francés del que ella solía hablarme: François Miau. Todo lo que sabíamos de él era que había venido de Tolouse y que tenía una fascinación suiza por los relojes. Se contaba que una de sus más preciadas posesiones era un baúl repleto de los más variados tipos de relojes. Al final de su vida había perdido la vista de tanto mirarlos, seguramente mientras trataba en vano de mantenerlos funcionando... François Miau siempre había despertado nuestra curiosidad y también nuestro asombro. Nos preguntábamos qué habría venido a hacer acá, al norte argentino, cuando Salta era tierra de nadie y el siglo XIX se suicidaba. Qué lo habría impulsado a cruzar el Atlántico, dejando su patria y su pasado atrás, bien lejos, probablemente sin sospechar que moriría ciego en una lengua ajena y vacía de sentido, acaso como todas lo son cuando el tiempo se acaba. Tal vez por eso se aferraba a los relojes como un último resquicio de cordura. Si ellos seguían andando, si él podía mantenerlos funcionando, si sus pequeñas agujas no dejaban de dibujar círculos sin cesar, tal vez aún había esperanza, tal vez aún era posible que la vida –su vida, nuestra vida, la vida de todos y cada uno de nosotros– no se detuviera para siempre.

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Hoy, cuando se cumplen cinco años de que ella ya no está, Camila quiere ir al cementerio a dejarle flores. Así que ahí vamos los tres, bajo el duro sol de enero, para reafirmar nuestra creencia en el rito. Me acuerdo que una de las primeras veces que vinimos a Camila le encantó. Corría por los pasillos, se acostaba en las tumbas, metía la mano en los floreros llenos de agua sucia, y básicamente se moría de risa. Yo le contaba que ahí estaba la abuela, y ella me miraba confundida, frunciendo el ceño, tratando de comprender, acaso percibiendo mi voz temblorosa y el tono serio de mis palabras. Ahora nuestra rutina nos lleva primero a la tumba del abuelo. La arreglamos un poco, la limpiamos, le ponemos flores nuevas, le contamos algunas novedades y finalmente nos despedimos. Luego empezamos la lenta marcha hasta la de ella; Camila ya casi se sabe el camino de memoria. Cuando llegamos, ella es la primera en organizar la limpieza, el recambio de flores y la búsqueda de agua fresca. Mi hermana y yo, me doy cuenta, ponemos todo nuestro empeño para que la situación sea lo más natural y amena posible. Pero el peor momento llega tarde o temprano. Es cuando ya no hay nada que hacer. A mi hermana, detrás de los lentes oscuros, le empiezan a brillar los ojos, mientras yo trato de escuchar el sonido del viento, y miro a Camila. Ella está apoyando los deditos de su mano derecha sobre la cruz, como acariciando las arrugas que el tiempo le ha infringido a la madera, y con esa media sonrisa que ha heredado de su abuela, levanta poco a poco la cabeza, y lentamente, muy lentamente, su mirada empieza a buscar el cielo.
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DENTRO DEL BUS

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César I. Actis Brú

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Dentro del bus
una mosca
ha viajado con nosotros
desde la capital
de la república
hasta la simple
capital de una provincia.
¿ Qué será de su vida
cuando descienda
y se encuentre
tan sola y desvalida
como los seres humanos
después de la caída?
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La flecha

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¡Terrible instante
en que dejo de vibrar
con el impulso
de la cuerda, del arco
del corazón y el brazo
que me lanzaron
a la vida!
¡Hecho para herir,
y matar,
madera de la muerte
me niego a mi destino!
En suave corriente
de los aires
me llevaré cayendo entre
las hierbas, las flores
y las piedras
evitando la carne.
Inútil y frustrado
seré
feliz
sin alcanzar
el blanco.
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Las sucesivas ediciones de la revista "Palabras Escritas" se irán digitalizando dos meses después de salir la versión gráfica. Recibimos sugerencias, colaboraciones, notas las que serán seleccionadas por los integrantes de la redacción.

Envíos:



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Mario Goloboff es crítico, ensayista y narrador. Ha enseñado literatura latinoamericana y argentina en las universidades francesas de Toulouse, París–Nanterre y Reims. Actualmente lo hace en la Universidad Nacional de La Plata. Sus últimos ensayos publicados son Julio Cortázar. La biografía (Seix Barral, Buenos Aires–Bogotá–México, 1998) y Elogio de la mentira. Diez ensayos sobre escritores argentinos (Simurg, Buenos Aires, 2001. Sus últimas novelas son Comuna Verdad (Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1995) y La luna que cae (Alción, Córdoba, 2003). Acaba de publicar un libro de relatos, La pasión según San Martín (La Plata, Ediciones Al Margen, 2005). Sus textos de creación han sido traducidos a numerosas lenguas.


Marta Ortiz


Cuentista y poeta nacida en Rosario, Argentina, 1948. Licenciada en Letras, por la Universidad Nacional de Rosario
Ha publicado el volumen de cuentos El vuelo de la noche ( Editorial de la Universidad de Puerto Rico, Puerto Rico 2006), primer premio de cuento Emilio Díaz Valcárcel de la Primera Bienal Internacional de Literatura Puerto Rico 2000.
Fue finalista en el concurso internacional de cuentos de Editorial EDUCA, Universidad de Costa Rica, edición 1997.
Su cuento “Ejecución en la Piazza Navonna” integra la antología de ganadores del II Concurso Nacional de Cuentos Eduardo Gudiño Kieffer, edición 2005.
Ha publicado en antologías de narrativa y de poesía (La noche de los leones, La Cachimba, 1994, Cuentistas Rosarinos (U.N.R., edición 1999) y Poetas Rosarinos (U.N.R., año 2005), dos cuentos para jóvenes se incluyen en Un libro para mí, Homo Sapiens 1999); en revistas culturales (Feminaria, La Gaceta Literaria de Santa Fe, El hilo de Ariadna, Buenos Aires, MALBA). Colaboradora del diario La Capital, de Rosario.
Su cuento “La sangre que llegó al río” fue publicado en la edición Nro 237 (2004) de la revista Casa de las Américas, La Habana, Cuba.
Coordina los talleres de Lectura y Escritura Opera Prima y un taller de Lectura Crítica en su ciudad.
Panelista en congresos y encuentros culturales, ha participado como jurado en concursos literarios de poesía y ensayo.



Víctor Montoya nació en La Paz, Bolivia, el 21 de junio de 1958. Escritor, periodista cultural y pedagogo. Vivió en los centros mineros de Siglo XX y Llallagua. En 1976, durante la dictadura militar de Hugo Banzer Suárez, fue perseguido, torturado y encarcelado. Estando en el Panóptico Nacional de San Pedro y en la cárcel de mayor seguridad de Viacha-Chonchocoro, escribió su libro de testimonio “Huelga y represión”.
Liberado por una campaña de Amnistía Internacional, llegó exiliado a Suecia en 1977. Cursó estudios de pedagogía en el Instituto Superior de Profesores, en Estocolmo. Dictó lecciones de quechua, coordinó proyectos culturales en una biblioteca, dirigió Talleres de Literatura y ejerció la docencia durante varios años. Actualmente es colaborador de publicaciones en América Latina, Estados Unidos y Europa.
Obras principales: “Días y noches de angustia” (1982), “Cuentos Violentos” (1991), “El laberinto del pecado” (1993), “El eco de la conciencia” (1994), “Antología del cuento latinoamericano en Suecia” (1995), “Palabra encendida” (1996), “El niño en el cuento boliviano” (1999), “Cuentos de la mina” (2000), “Entre tumbas y pesadillas” (2002), “Fugas y socavones” (2002), “Literatura infantil: Lenguaje y fantasía” (2003), “Poesía boliviana en Suecia” (2005) y “Cuentos en el exilio” (2006).
Dirigió las revistas literarias “PuertAbierta” y “Contraluz”. Su obra mereció premios y becas literarias. Es miembro de la Sociedad de Escritores Suecos y del PEN-Club Internacional. Tiene cuentos traducidos y publicados en antologías internacionales. Es editor responsable de la edición digital de los Narradores Latinoamericanos en Suecia:
www.narradores.se

César González Páez.

Nació en Valle Hermoso (Córdoba, Argentina en 1951. Ha publicado el los volúmenes de poesía “Pan Silvestre” y “Luna de Menta”. En narrativa breve tiene dos libros publicados: “Concierto de cuentos” (El Lector) y “Jarabe de cuentos”, (Servilibro). El cuento que incluye aquí y pertenece al libro “Sombra de boleros” (inédito). E-Mail:
cesarpaez17@hotmail.com. Vive en Asunción, Paraguay.

Dirma Pardo Carugati,

Periodista, docente, narradora. Miembro de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y Correspondiente de la Real Academia; directora del Taller Cuento Breve, Presidenta del Club del Libro; miembro de la Sociedad de Escritores del Paraguay y Socia Fundadora de Escritoras Paraguayas Asociadas. Autora de tres libros de cuentos y coautora con Hugo Rodríguez Alcalá de Historia de la Literatura Paraguaya.

Pedro M. Martínez Corada es narrador y fotógrafo. Llegó a la escritura de la mano del Taller Literario de El Comercial, del que es uno de sus miembros fundadores, en cuyo trabajo participa desde el año 2000. Varios de sus relatos se encuentran publicados en los libros «Los cuentos de El Comercial» (Taller de El Comercial, Madrid-2002) y «Vampiros, ángeles, viajeros y suicidas» (Kokoro Libros, Madrid-2005). Es cofundador del colectivo de cultura Margen Cero y director de la revista digital de Arte y Cultura «Almiar», socio fundador de la Asociación de Revistas Digitales de España (A.R.D.E.).Relatos suyos han sido publicados también en revistas digitales de distintos países: «Narrativas – Revista de narrativa contemporánea en castellano» (España); «Heterogénesis» (Suecia); «Proyecto Patrimonio» (Chile); «El Escribidor» (España); «Wemilere de las Letras» (Argentina); Revista «El Interpretador» (Argentina).



Alejandra Aventín Fonatana
Alejandra Aventín Fontana es licenciada en Filología Española por la Universidad Autónoma de Madrid, diplomada en Cultura Hispánica por University of Kent at Canterbury y Máster en Enseñanza del Español como Lengua Extranjera por la Universidad Antonio de Nebrija con mención académica al mejor expediente académico de postgrado del curso 2002-2003.
En la actualidad combina su tarea investigadora con la docencia. Está escribiendo su tesis doctoral becada por la Fundación de Caja Madrid en la Universidad Autónoma de Madrid. Asimismo ha sido profesora de lingüística aplicada y literatura en la Universidad Alfonso X El Sabio y el presente curso académico 2006-2007 ha sido invitada por la Appalachian State University para impartir clase de español y literatura española e hispanoamericana.
Ha presentado en diversos congresos nacionales e internacionales comunicaciones y ha publicado artículos sobre Gioconda Belli, Ana Istarú, César Vallejo, Luis Cernuda, Gabriel García Márquez y poesía última española, entre otros. La profesora Aventín está especialmente interesada en el estudio de la posmodernidad y más en concreto, en la aportación de la poesía centroamericana escrita por mujeres en este contexto, tema sobre el que versa su tesis doctoral. Ha colaborado en varias ocasiones con el suplemento cultural del Diario ABC, S. L.
Asimismo, cabe destacar su interés por la lingüística aplicada y en particular, sus investigaciones sobre la construcción de la competencia literaria; tema sobre el que versa la memoria de investigación del máster que cursó y que próximamente será publicada en Red ELE del Instituto Cervantes. La profesora Aventín continua este área de investigación con el propósito de profundizar sobre la dimensión del concepto de competencia literaria en ELE, así como en los procesos de aprendizaje y adquisición de la LM y las lenguas extranjeras en general.
LUIS MARIA MARTINEZ (1933) Poeta social de más de veinte poemarios. Reunió la poesía social en los tomos: “El trino soterrado” y en “Poesía social del Paraguay” (2005). Tiene también los ensayos: “Cuadernos de notas”, “Periodista inoportuno” y “Hérib Campos Cervera (padre), novecentista olvidado” (2006).

Hebert Abimorad

Maestro, poeta y periodista cultural uruguayo (Montevideo, 1953). Reside en Suecia. Ha publicado Gotemburgo, amor y destino (1982), Gestos distantes (1985), Voces ecos (1988), Poemas Frugálicos (1994), Poemas frugálicos 2 (1995), Malena y Cíber (Ediciones Trilce, Montevideo, 1996; bajo el heterónimo de Martina Martínez), Poemas Frugálicos 3 (Ediciones Trilce, Montevideo 1998, recoge libros anteriores), Conversaciones y Volverá la loba... (Ediciones Trilce, Montevideo, 2000, bajo los heterónimos de José José y Camilo Alegre), Korta Dikter (Ediciones Heterogénesis, Suecia, 2000) versión en sueco de Poemas Frugálicos, la reedición de Poemas Frugálicos ( Ediciones Libertarias, Madrid. 2004) y Samtal, versión en sueco de Conversaciones ( Libertad 2006). Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, portugués, persa y macedónico.
Premiado como el mejor poeta de la región Oeste de Suecia ( 2003).











[1] Tiranosaurio es el apodo de Stroessner que emplea Augusto Roa Bastos en El Fiscal.
[2] Pepa Kostianovsky: Aldea de penitentes, Asunción, Servilibro, 2006.




jueves, 17 de enero de 2008

PALABRAS ESCRITAS Nº 4 cuarta parte


REVISTA
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PALABRAS ESCRITAS Nº 4
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cuarta y última parte de la publicación.

Editorial Servilibro, Asunción, Paraguay, 2007.
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Editora: Vidalia Sánchez
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Director: Alejandro Maciel
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LA MUERTE LLEVABA VENDAS EN LOS OJOS
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José Geraldo Neres, autor. /
Adolfo Ruiseñor, traductor
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I

La muerte llevaba vendas en los ojos. Grandiosa voz domadora de los desiertos –mi corazón—combatía a los ángeles. Era el niño en su caballo blanco. Atravesaba los espejos; andaba descalzo sobre las tumbas de las almas perturbadas; bebía la sangre de las sombras en un cáliz tomado de la voz de un cuervo, del lecho profundo de un dios olvidado. La muerte tenía los ojos de ese dios, hacía de él su casa. Corría por las venas como humareda y cruzaba la ciudad y sus torres de sangre; vendedora de milagros.

El deber en los callejones y callejas, un ángel traza una jeringa. En aquella prisión de vidrio ellos viajan con otros dioses. Descubren el útero del tiempo. Encuentran el poeta que vive en el abismo.
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II

María no consigue más evocar el rostro de su madre. Cuando alguien pregunta, da siempre la misma respuesta: ¡Mi madre es la calle!

María, doce años. Carga una muñeca, regalo de Navidad. Pero la miseria no le da tregua; el hambre tiene rostro antiguo dentro de María. La virginidad tiene su valor. El sudor de aquel hombre le corre por el cuerpo. El sol es un puñal. Rehace su rostro. Corta el alma. El lloro, el grito, y ningún ángel para escuchar. Ninguna lágrima.

¡Hoy ella almorzó!

José usa la muñeca para limpiarla. La sienta a su lado. Llora.

- ¿Qué fue? ¿Por qué está llorando? Guardé un poco de comida para usted.
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III

Un minuto. La encrucijada. Árbol de ramas retorcidas y frutos sueltos. A los pies pedazos de pan, un espejo, una vasija con agua, una madeja de lana, una victrola. Una pequeña con un mazo de naipes en las manos. Ella cubre el espejo con pequeños pedazos de pan. Toma una carta y la escudilla. Mira para los dos objetos. Zambulle la carta. Comienza a moverse de un lado a otro. Gira, gira. Retira la sombra dentro de la sombra, arrastra el silencio para dentro de la vasija. Eleva las manos, las juega para lo alto. El agua cae en la madeja de lana. Cada milímetro de la madeja conduce a otro laberinto. Con un rosario de carnes la pequeña coge niños sin sombras.
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IV

Está surgiendo un silencio nuevo cada día, y siempre surge ese abismo que ronda las sombras blancas del papel. El disparo de un ángel sádico quebró mis alas. –Madre; hoy no escuché su bendición; siento una risotada cortar el aire.

En el lecho profundo de un dios olvidado la muerte llevaba vendas en los ojos.
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José Geraldo Neres (Garça - SP - Brasil, 1966). Produtor Cultural, poeta/escritor, roteirista, dramaturgo, co-fundador do Grupo Palavreiros (escritores/poetas sediados em Diadema/SP), arte-educador, atual coordenador de Comunicações e Webmaster do site PALAVREIROS. Co-editor da revista eletrônica Poética Social. Redator do Portal UBE – União Brasileira de Escritores. Assessor de Literatura da Secretaria de Cultura do Município de Diadema. site: http://www.palavreiros.org/
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EL ELEMENTO MUSICAL EN LA OBRA DE JULIO CORTÁZAR
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José Vicente Peiró Barco.
(Univ. de Valencia)
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Como expresa George Steiner, la música y la palabra son artes cuya manifestación se caracteriza por la ruptura del silencio1. De hecho, el origen de la poesía es musical y a lo largo de la historia abundan los ejemplos de interrelación entre ambas artes2. Estudiosos como Lawrence Kramer analizaron las posibilidades de convergencia de poemas y composiciones musicales en un mismo ritmo estructural3. La música es un lenguaje de entendimiento matemático abstracto, y el lenguaje suena a música cuando su melodía adquiere fines artísticos y se somete a reglas estéticas.

En la literatura hispanoamericana son frecuentes los ejemplos de obras literarias donde la música es un elemento temático fundamental. Junto a autores como Felisberto Hernández o Alejo Carpentier, Julio Cortázar llevó esta relación a un cruce totalizador que permitía la fusión completa entre ambas disciplinas estéticas y convertía el motivo musical en expresión de ideas o en escenario artístico de determinadas secuencias. Así, su obra posee una recurrencia de motivos musicales con una rica variedad de matices difícil de encontrar en otros autores hispanoamericanos.

Cortázar, como amante de la música, apostó también por una vía inventiva de referencias múltiples musicales dentro de su obra. Era seguidor de varios géneros musicales, aunque prevaleciera su afección al jazz; género al que se suele constreñir el universo musical cortazariano, entresacando casi siempre los ejemplos del cuento “El perseguidor”, donde el protagonista es un trasunto biográfico del gran inventor del be-bop: Charlie Parker. Pero hay otras músicas insertadas en las obras de Cortázar: el tango y la música clásica4, como recogen estos versos del Libro de Manuel:
Yo ya no tengo tiempo ni me importan las modas,
mezclo Jelly Roll Morton con Gardel y Stockhausen,
loado sea el Cordero”.

Ambas disciplinas artísticas son fundamentales para hallar algunas ideas recurrentes del autor y para la expresión de su mundo mental representado, puesto que la música permite alcanzar a los personajes el kibutz que anhelan con sus palabras. Es el arte intuitivo que permite comprender lo intangible, amar la espontaneidad y rechazar un orden social rígido que constriñe de la libertad del ser humano. Con la música se atrapa lo invisible, el azar y lo etéreo, y se expresa una forma de existencia auténtica: vida y arte unidos.

El jazz como forma cortazariana predilecta se aprecia en una de las surrealistas enumeraciones caóticas de Rayuela (capítulo 11), donde un personaje liberado de prejuicios y de toda lógica consecuente, a causa de una borrachera, evoca su hermosura y su dinamismo. Nuestro autor ya amaba el jazz cuando residía en Buenos Aires, pero su gusto creció y maduró en París. Este interés se percibe por primera vez en su narrativa y en un conjunto de reflexiones sobre la novela de Teoría del túnel, obra programática en forma de mosaico calidoscópico que años más tarde llevó a la práctica en Rayuela, y que prefiguró su literatura rebelde, como expresa Saúl Yurkievich5.

El cuento más característico de su amor al jazz es “El perseguidor”. Su protagonista, Johnny Carter, es un prototipo del artista inventor ya que crea el estilo be-bop, y es, como la Maga de Rayuela, esa mujer a la que la única ropa que le sienta bien es la libertad, un individuo bastante inculto, un drogadicto, un bohemio y un alienado. Su oponente antitético es el crítico de jazz llamado Bruno, prototipo del intelectual aburguesado, racionalista y conformista. El fracaso del crítico al escribir la biografía de Carter ilustra la idea cortazariana de la imposibilidad del conocimiento absoluto y de alcanzar una perspectiva totalizante de la realidad. La libertad simbolizada por el músico es inasible por la racionalidad, de la misma forma que la música es otra realidad (¿mágica o metafísica?), o al menos un plano de la realidad distinto. El autor entiende y genera un arte que remite a otra realidad distinta a la epistemología de lo “real” tangible y físicamente constituida por hechos empíricos. El jazz resulta ser la intersección entre el hombre y su realidad invisible en el plano novelesco, gracias a su capaz de transmitir y de hacer sentir al oyente sensaciones y sentimientos. A la vez, la música es un puente entre el texto de nuestro autor y la experiencia del lector, que ha de vivir las situaciones novelescas de forma activa gracias al nexo de la melodía y la palabra.

El tango, segunda vertiente musical en la obra cortazariana, es el producto musical que expresa mejor el alma argentina. Pero Cortázar no participaba de una mixtificación patriótica: sí, en cambio, del concepto del tango como motivo de argentinidad y de vínculo mental con su patria desde la distancia parisina. Su ritmo entrecortado forma parte de todo lo que Cortázar amaba y odiaba al mismo tiempo: la referencia nacional. Le permite añorar aquello la Argentina que le falta y nunca podrá tener, lo que le convertirá en un extraño allá donde se encuentre, y así lo expresa en Salvo el crepúsculo:

Desde luego como Orfeo, tantas veces habría de mirar hacia atrás y pagar el precio. Lo sigo pagando hoy; sigo y seguiré esperándote, Eurídice Argentina.
El tango plantea conflicto en Los premios y en El diario de Andrés Fava expresa la incomodidad el intelectual, de la misma forma que dibuja el desarraigo en “Con tangos” (Salvo el crepúsculo), “Tango de vuelta” (Queremos tanto a Glenda) y “Las puertas del cielo” (Bestiario). Además, para subrayar lo expresado, Cortázar incorpora distintos aspectos del tango a sus textos: instrumentos, letras de canciones y la propia danza en el ritmo de su prosa. No fue solamente un elemento temático o reflexivo sino un factor de musicalidad en su propio discurso.

El tercer gran estilo en su obra es la música clásica. Ella permite mostrar a un Cortázar irónico y desgarrado que al mismo tiempo es un exhibicionista intelectual a partir de un motivo melómano: ironía y gravedad para definir el concepto de la determinación humana y la búsqueda de espacios del más allá metafísico y placentero. En la búsqueda de una definición de “clásico” Andrés Fava expresa el concepto de la siguiente manera: “Lo que se da en llamar ‘clásico’ es siempre cierto producto logrado con el sacrificio de la verdad a la belleza”, de ahí que esta vertiente musical sea un producto estético sublime.
Frente al Cortázar jazzístico del canto errante y libre, el de la música clásica busca una estructura mucho más equilibrada y sujeta a normas, con excepción de los momentos en que se refiere al dodecafonismo y la vanguardia, dado que estos estilos son renovadores y merecen su atención por ello. Sobre todo en Rayuela, donde destaca la escena de la pianista Berthe Trépat. Concibe la música clásica como un sonido en libertad pero sometido a reglas estéticas armónicas que despiertan la sensibilidad. La fuga bachiana de “Clone” (Queremos tanto a Glenda) permite retratar la lucha del hombre por trascender y escapar del tedio de la trivialidad, fin de tantos personajes buscadores de nuestro autor. El jazz es expresión de libertad por lo que está menos sometido a la regla compositiva que la música clásica, pero ésta une disciplina y libertad, fuerzas humanas necesarias para la creación artística. Porque para Cortázar, la música clásica es la grandeza máxima del arte sonoro.

Pocos autores han hermanado literatura y músicas como Cortázar, y no sólo porque el ritmo y la sonoridad sean elementos de la poesía o porque la música beba en fuentes literarias Para nuestro autor argentino, nacido en Bruselas que vivió en París, la música es la máxima expresión de la creatividad y el impulso de libertad necesario en el ser humano. Su obra es una invitación a la valoración de la música en la literatura como un acorde más entre la palabras: un sujeto que aglutina las experiencias de los personajes y el valor de su pensamiento.
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Encuentro ( milonga)
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Pepa Kostianovsky
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Qué lindo encuentro, corazón, el de esta noche
después de tantas frías madrugadas,
de la bronca infernal de mil insomnios,
sin yunta ni siquiera en la mateada.
qué lindo fue encontrarte y al vistazo
después de un pobre abrazo desabrido
notarte más fulero y más raído
que cuando me amuraste , hecha pedazos.

Fue lindo, corazón , volver a verte,
dijiste “estas igual” y yo “ igualmente”
mentimos, corazón, y sos consciente,
se nos nota a los dos la mala suerte.
Del potrillo de trote y engreído,
te queda solamente la tenida,
esa misma bufanda desteñida,
y el traje que pagué y ya te habías ido.

Lo sé , no me hace falta que lo digas,
que yo tampoco estoy pa una cuadrera,
los clásicos ya fueron , y la vida
me dio los mismos golpes que a cualquiera.
Por eso, corazón , qué lindo encuentro
y ver que a vos te fue peor que a ninguno,
el barrio es menos cruel, amor que el centro,
volvé, que queda espacio para uno.

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LA BALADA DE HAROLDO CONTI
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JORGE ISAIAS
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En los textos de Conti las estaciones predicen el destino de los personajes y lideran las futuras acciones y peripecias de los personajes, influyen en su ánimo, tiñen el valor y espesor de los recuerdos.
Los colores cambiantes van traduciéndose en percepciones para instalar leve y paulatinamente el tono con que el relato se desplaza en un cono de luces que cubren todos los sentidos.

Los diálogos son verosímiles y como en la saga hemingwaiana siempre exponen un mundo interior que subyace detrás de la historia, que va más allá de su laconismo y su economía de recursos expresivos.
La diferencia entre el autor norteamericano a quien admiró la generación de Conti y Conti mismo reside en que el discurso de aquél nunca o casi nunca expone los sentimientos mientras que el escritor argentino con similitud de recursos expone una afectividad nostalgiosa y nunca ríspida, apegada al gran valor otorgado a las cosas y a los seres que se pierden para siempre y que por algún motivo no preciso de la memoria a él se le presentan asociados.
La escritura de Haroldo Conti se nos aparece humilde, morosa y preocupada para retener aquello tan pequeño que a nadie interesa, solo a su letra que no se resigne a dejar morir lo que se va.

De eso, creo, se ocupa la poesía de todos los tiempos porque tal vez Barthes tenga razón y los escritores eternamente estarán tratando de responder a dos preguntas claves.
¿Por qué te amo?
¿ Por qué le tengo miedo a la muerte?
No hay ningún tema fuera de esos porque el poder y la gloria no permanecen indiferentes sino implicados en esos enunciados barthesianos.
La morosidad y el amor con que Haroldo Conti trabaja el devenir de las vidas anónimas, marginales y muchas veces miserables de sus personajes, que como en el caso de El Boga, de Sudeste, ni nombre propio tienen.
La morosidad de sus narraciones que el propio Conti eligió para construir un mundo poético lleno de reflexiones donde duda permanentemente sobre el poder representativo de la palabra, conciente que dedica sus afanes a esos ”antihéroes” que obviamente no son ni nunca serán ejemplares, presentados los párrafos con la ironía con que reconoce su propia dificultad y su distancia, su desconfianza de ser tenido en cuenta en ese discurrir de sus historias que como dice el narrador de uno de sus cuentos está contando una historia que no es de él sino de otro, y que además le fue referida y ”que no interesan verdaderamente a nadie”, como si fuera conciente de la elusión que hace de los grandes temas que instalaron el prestigio de la literatura de todos los tiempos.

Haroldo Conti apostó a una poética, esa visión de lo que falta, de lo que siempre está detrás, este trazo que aparece donde nada existe.
La conjunciones disyuntivas, las frases indirectas, los reflexivos, la progresiva incorporación y la preponderancia de las frases pocas seguras, acentuaron la relación entre el narrador y su materia. Esas frases que ponen en duda la historia que cuenta el propio narrador como si constantemente estuviera dudando en esas infinitas mediaciones que hacen entrever lo que quiere contar de una historia que conoce de oídas.
Cumple con el consejo borgeano que dice que uno tiene que contar las historias como si no las supiera del todo.
El río funciona en los textos de Conti como una metáfora del tiempo, que no es sino el río que El boga trasiega incansablemente con la excusa de la pesca o la del viejo del cuento “Todos los veranos”, donde el narrador-personaje niño relata las vicisitudes de su padre, un pescador que navega las aguas enojosas o calmas del Delta en busca de pesca pero en el fondo lo que busca es el sentido para su vida vagabunda y errática.

El tiempo, gran personaje de la narrativa contiana, tal como aparece a lo largo de toda su obra, sirva como ejemplo esta cita de su cuento “Los novios” de su libro Todos los veranos.
“A Hipólito le gustaba hablar del tiempo, lo mismo que a su padre. En realidad, era todo lo que lo que recordaba del viejo.
Allí estaba en su recuerdo hablando las horas enteras en el Círculo Italiano o en el bar Alsina. La verdad que era un tema inmenso. Se recordaban cosas, se auguraban cosas, y uno se volvía cosa y tiempo también”.
Quien recorra con atención (única manera de manera de leer literatura) la obra de Haroldo Conti se encontrará con las recurrentes núcleos de sentidos que va desplegando incesantemente, con frases que hacen de la elipsis una retórica y en el énfasis sobre la ambigüedad semántica su pilar donde funda una estética.
(aclaro que uso aquí la palabra estética en su sentido clásico y no como se usa ahora, para hablar de una moda).
En Sudeste, El Boga es el río, pero también el tiempo, también la conciencia de la indiferencia del hombre frente a los otros hombres donde ni el río que buscó como refugio lo salva.

En esa indolencia, en ese vagabundeo en que El Boga se desplaza buscándose inútilmente a sí mismo si saberlo o intentando intuitivamente un sentido a su propia existencia se involucra sin quererlo, con indolencia, como un héroe de la tragedia griega va a encontrarse con unos contrabandistas y al final sucede lo predecible: la muerte oscura en un riacho bajo las balas policiales. Como se ve, un final nada épico como corresponde a un personaje contiano.
Tal vez podría decirse sin exagerar que empecinadamente el personaje no busca sino terminar con esa vida de eterno viajero sin sentido para encontrar “su sentido” que no era otro que su propia muerte.
Como tantas vidas oscuras de la vida real ,como tantos otro personajes de la saga contiana.

Que el escritor trató con ternura sin igual, esa ternura que tuvo para con todos los desclasados que pueblan la tierra.
En el cuento “Perfumada noche”, del libro La balada del álamo carolina, el narrador pone al lector en situación, cito:
“La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristeza que cabe en una cuántas líneas .Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de un hombre es una luz deslumbrante .El señor Pelice tuvo ese minuto y esa luz”.
Probablemente podríamos relacionar este párrafo con aquella reiterada aseveración borgeana donde asegura que hay un minuto de la vida de un hombre donde el sabe para siempre quién es.
Probablemente se necesita toda una vida para encontrarse con el propio coraje físico, pero en el cuento de Conti el personaje encuentra la felicidad en un amor platónico donde el platonismo es tan perfecto que el objeto de su amor nunca se entera.

El clímax de su felicidad se produce cuando al pasar por la calle Saavedra, donde vive la señorita Haydée Lombardi y ella lo saluda mientras él el se quita el sombrero panamá en señal de admiración, galantería y respeto.
Pero esa insinuada o imaginada sonrisa de la señorita Lombardi dio sentido y felicidad para siempre al señor Pelice, quien era el más reputado cohetero de la zona y a partir de allí perfeccionó su técnica en honor de la señorita. Desde entonces y durante los años en que la señorita vivió le escribió una carta cotidiana que nunca le hizo llegar, salvo el día en que ella murió, entonces le envió un ardiente y sentido pésame rogándole que lo espere para descansar por toda la eternidad juntos, como no habían estado en la vida.

“Al señor Pelice le hizo un nudo el corazón y la amó desde ese mismo momento. Jamás cruzaron una palabra pero él desde entonces se quitaba puntualmente el panamá frente a aquella puerta a las seis de la tarde en invierno y a las ocho en verano, y ella inclinaba apenas la cabeza y casi sonreía”.
Eso sólo le bastó al señor Pelice para ser el más feliz de los mortales.
Los personajes siempre aparecen y actúan en ese centro de radiación que se constituye en el discurso enunciativo, no como presencia viva sino como sombras difusas y reminiscentes que presentan un aura de extraña y entrañable morosidad donde es imposible no sentir afecto por esos seres desvalidos que en el papel juegan una fantasmagoría de sombras, que a través de esa enunciación termina siendo de una carnalidad vivida y consecuente, inolvidables criaturas que uno como lector no puede dejar de amar y recordar:
El tío Hipólito y la señorita Adela en “Los novios”, el señor Pelice y la señorita Lombardi en “Perfumada noche”, El boga en “Sudeste”, Silvestre y Milo en Alrededor de la jaula, el Oreste de En vida y el otro Oreste de Mascaró y el cazador americano, el chico sin nombre del cuento “Como un león” de Con otra gente, Basilio Argimón en”Ad astra”, el inolvidable viejo sin nombre, el pescador del cuento “Todos los veranos” etc. etc.
La textualidad contiana ha participado con creces en la representación de su literatura de aquella premisa de Cesare Pavese:
“Narrar es monótono. Y todo auténtico escritor es espléndidamente monótono”

Invierno- 2006
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Raíz y altura
La labor teatral de Josefina Plá
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Mª Ángeles Pérez López
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El interés creciente por la obra de la escritora Josefina Plá ha de afrontar el reto de abarcar las multifacéticas caras de una producción ingente en muy diversos campos: la cerámica y el grabado, la poesía, el cuento, la novela, el teatro, el ensayo, la crítica, la historia y el periodismo cultural. Quien decía poseer como “único título y viático” su “cédula mínima de escribidor”,
[1] puede considerarse nombre central de la cultura paraguaya del siglo XX, desde que en 1927 se radica en Asunción tras su matrimonio con el ceramista Julián de la Herrería (seudónimo de Andrés Campos Cervera). Desde ese momento arranca un esfuerzo muy notable de inserción en un espacio radicalmente distinto al de la Isla de Lobos natal (Fuerteventura, 1903),[2] que cuaja en seis décadas de producción artística y más de cincuenta títulos.

De entre los diversos géneros cultivados por la autora canaria, puede reseñarse su dedicación al teatro, que si bien no ha recibido apenas consideración de la crítica, reunía para Plá un valor insustituible en la conformación de la raíz cultural:
Nos hallamos ante un momento de euforia para nuestro teatro [1967]. Es ya importante, repitámoslo, el camino recorrido rumbo a la reivindicación de la cultura escénica [...] Sin embargo, no debemos olvidar, al hacer recuento de estos logros, que no sólo los factores materiales condicionan y configuran la cultura. El teatro, hecho artístico complejo si los hay, es al propio tiempo entre las expresiones artísticas aquella que por su esencia y carácter de hecho comunicativo por excelencia, requiere para su florecimiento integral, más que otra forma literaria o artística alguna, de un clima de comprensión y responsabilidad colectiva; un clima exento de recelos de todo orden, clima de libertad en que puedan expandirse libremente las potencias creadoras. Una libertad que –habrá que repetirlo una vez más...?- el arte reivindica para sí en forma absoluta, al margen de toda condición.
[3]

Perteneciente a la llamada promoción de 1940, en la que se integran también los nombres de Augusto Roa Bastos, Hérib Campos Cervera y Gastón Chevalier París (seudónimo de Ezequiel González Alsina), se sitúa en uno de los momentos literarios de mayor influencia para la cultura paraguaya contemporánea. Y, en sus propias palabras, aunque ese grupo “es siempre mencionado como grupo de poetas por antonomasia [...], quedan rastros elocuentes de que también al teatro alcanzó esa voluntad actualizadora”.[4] Tres de ellos –la propia Plá, Roa Bastos y González Alsina- eligieron el teatro como cauce para su expresión. Sin duda el grupo había de compartir el diagnóstico que hizo la escritora para los primeros dramaturgos del XX en Paraguay: aquellos que, a pesar de su diverso enfoque, eran unificados por “ese sentido idealista del teatro propio, un auténtico fervor y fe en el porvenir de la cultura teatral paraguaya, un deseo sincero de superar la situación cultural”.[5]

Por una parte, a ella le debemos el conocimiento detallado de la historia del teatro paraguayo, uno de los menos frecuentados del ámbito hispanoamericano, pues es autora de una obra monumental, la historia del teatro paraguayo que publicó el Departamento de Teatro de la Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción entre 1990 y 1994 con el título Cuatro siglos de teatro en el Paraguay, el teatro paraguayo desde sus orígenes hasta hoy, 1544-1988.
Su primer tomo, publicado en 1990, analizaba el teatro religioso y profano desde el comienzo del periodo colonial hasta la muerte del presidente Francisco Solano López durante la batalla de Cerro Corá, en la guerra de la Triple Alianza que enfrentó a Paraguay contra Brasil, Argentina y Uruguay (1864-1870). Y a su vez, partía de un empeño anterior: el publicado en 1967, en Asunción, bajo el título El teatro en el Paraguay: Primera parte. De la fundación a 1870,
[6] que se ofrecía como la segunda edición, corregida y aumentada, del trabajo que publicó la Municipalidad de Asunción, en 1966, con el título Cuatro siglos de teatro en el Paraguay, 1544-1964. En su introducción, señalaba Plá que la obra cumplía la modesta aspiración de “ser un cimiento para el cual he puesto a contribución una buena dosis de paciencia investigadora –ingrediente indispensable en circunstancias tales- y un sincero deber de servir a la cultura nacional, ofreciéndole por lo menos un punto de partida para futuros y más sólidos trabajos con los datos aquí acumulados, de los cuales una parte, la más reciente, tiene el color de las experiencias personales”.[7]

A su vez, este extenso texto, incluido en las publicaciones del Centenario de la Epopeya Nacional, arrancaba de empeños anteriores de la autora, en particular del amplio artículo divulgativo “El teatro en el Paraguay (1544-1870)” que publicó la revista mexicana Cuadernos Americanos un año antes,[8] así como del opúsculo El teatro en el Paraguay que imprimió Jouve en París probablemente ese mismo año 1965.[9]
En todos los trabajos citados, que deben considerarse estadios intermedios de un proyecto amplio y ambicioso culminado con la publicación en la última década del siglo pasado, Plá comenzaba destacando que el teatro del Río de la Plata tiene su punto de partida en el auto de Corpus Christi que montó el capellán Juan Gabriel de Lezcano en 1544, en Asunción, contra el ex gobernador Alvar Núñez Cabeza de Vaca, lo que permitía enfatizar las excepcionales condiciones de su surgimiento: “El teatro del Río de la Plata, pues, reconoce como punto de partida, elemental pero positivo, este desafuero”.[10] También en otras ocasiones, se refirió a la particular condición inquisitiva que el teatro asume como manifestación cultural.

Al tiempo, gran parte de los trabajos comentados excedían el marco cronológico reiteradamente propuesto, y llegaban, aunque no fuera más que someramente, hasta la segunda mitad del siglo XX. Con ello Plá estaba abordando el que en realidad será su proyecto fundamental: el teatro en el Paraguay como un paulatino proceso de adquisición de una conciencia dramática nacional.
Además el empeño, marcado de forma esencial por la seriedad y el rigor de quien será miembro numerario de la Academia paraguaya de la Lengua española y de la Academia de la Historia paraguaya y española, fue nutriéndose de di-versos trabajos parciales, como ocurre con el artículo “Teatro religioso medieval: Su brote en Paraguay”, que publicó en la revista Cuadernos Hispanoamericanos en 1974,
[11] y con el trabajo titulado “Teatro paraguayo en la colonia (1537-1811)”, que se publicó en un volumen colectivo en 1981.[12]
Por otra parte, si el valor de la obra es extraordinario, como reconocen los estudiosos y creadores teatrales de aquel país,[13] su recorrido ofrece una mirada amorosa que resalta las más graves carencias y los esfuerzos de mayor alcance para la constitución de una dramaturgia nacional, en la que la propia Plá ocupará un lugar relevante.
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A comienzos del XX, el panorama teatral paraguayo ofrece muy pocos ele-mentos de interés. Es prácticamente inexistente la producción propia hasta la primera década del siglo. Entre los precursores –Fulgencio R. Moreno con Diálogo de los muertos (1910), Juan E. O’Leary con Una danza (1910) e Ignacio A. Pane con La canción de las tijeras (1912)-, ocupa lugar aparte Eloy Fariña Núñez, el primer dramaturgo paraguayo “de viso profesional”.
[14]
En ese periodo, los primeros autores nacionales, llamados “criollistas” o “costumbristas”, se interesan por pintar el color local y para ello ofrecen personajes planos y problemáticas estereotipadas. Como subraya Plá, los años que median entre la primera y la tercera década del XX destacan por el eclecticismo de temas y de orientación debido a que
los autores no podían partir de una tradición, que no existía; su conocimiento del teatro se basaba de un lado en el repertorio ofrecido por las compañías –discontinuo, escaso, disparejo en valores, y más acentuadamente desvinculado, conforme avanzaba el siglo, de la palpitante problemática del hombre- de otro lado, en la literatura teatral que entraba en el país y que adolecía de las mismas deficiencias, especialmente pasatismo. Eran lógicos, pues, tanto el penduleo formal como el asincronismo.
[15]
Como concluye Plá, “ni el teatro platense, reflejo en su mayoría del teatro español finisecular, ni el español mismo, podían dar modelos eficaces”.[16] Será en la década de los treinta cuando se inicie la imprescindible aproximación a la temática propia, con lo que podrá rebasarse una etapa caracterizada por soluciones teatrales “reiteradas, efectistas, sentimentales o melodramáticas”.[17]
En 1917 aparece la primera compañía paraguaya profesional –la Compañía Paraguaya de Comedias-, y en la década siguiente puede destacarse la presencia de un grupo notable de dramaturgos, entre los que se encuentran Luis Ruffinelli, Miguel Pecci Saavedra, Francisco Martín Barrios, Facundo Recalde, Roque Centurión Miranda, Benigno Villa y Arturo Alsina.
Con la producción de este último, el teatro paraguayo comienza a ofrecer elementos de interés derivados de la recepción de ciertos dramaturgos europeos, como Henrik Ibsen y Luigi Pirandello. Al mismo tiempo, y en un proceso de notables consecuencias, se crea teatro en guaraní de la mano de Francisco Martín Barrios, Benigno Villa, Rigoberto Fontao Meza y Félix Fernández. A ellos se añaden algunos autores en castellano, en particular Roque Centurión Miranda y la misma Plá, quienes, según nos cuenta esta última, reaccionaron ante la situación y escribieron Episodios chaqueños (1932), “obra bilingüe, intento de imponer a la conciencia de retaguardia la realidad del frente de guerra. Quedaron muy lejos del objetivo”.
[18] Aun así, la obra tuvo “la virtud de estimular posibilidades nuevas”.[19] Pero será Julio Correa quien mejor impulse un teatro en guaraní de orientación marcadamente popular. Inspirándose en diversos sucesos históricos, en particular en la Guerra del Chaco (1932-1935), consiguió conectar de forma muy amplia con el público por su capacidad para llevar al escenario con gran verismo los abusos sufridos por el campesinado y los conflictos debidos al partidismo y caudillismo agravados, si aun cabe, por las circunstancias históricas adversas.

A la firma de la paz del Chaco surge la agrupación La Peña, que, a través de la radio, intenta difundir valores y contenidos teatrales, y en la que figuran Roque Centurión Miranda, Arturo Alsina, Hérib Campos Cervera, Clotilde Pinho y Josefina Plá. A la labor de La Peña se sumó en 1938-1939 la de Proal, diario literario radial con el que Plá hizo llegar al público notas sobre teatro y escenas sueltas de numerosas obras: así La hermana impaciente, La hora de Caín y Desheredado de Josefina Plá y Roque Centurión Miranda, y otras de Alsina.
Por otra parte, la creación en 1941 de la Compañía de Comedias del Ateneo Paraguayo, impulsada y dirigida por el exiliado español Fernando Oca del Valle, inclina la balanza hacia un teatro fuertemente heredero del español previo a la guerra civil, y que se proponía dinamizar la escena paraguaya del momento, pero que, en opinión de Plá, no se constituyó “en aquello que se había esperado: en vehículo experimental de un teatro en formación, instrumento mediante el cual el teatro de producción local pudiese decantarse y afirmarse”,
[20] pues su repertorio era el mismo que los conjuntos extranjeros habían representado en Asunción un cuarto de siglo antes: Benavente, Arniches, Muñoz Seca o los hermanos Álvarez Quintero.

En el eje del medio siglo,
[21] un acontecimiento resulta capital: la apertura de la Escuela Municipal de Arte Escénico en Asunción,[22] de la que Roque Centurión Miranda será director y Plá secretaria y profesora, así como redactora de su primera Carta Orgánica y consejera de redacción de la revista Proscenio editada por la Escuela. Después convertida en Escuela Municipal de Arte Dramático, su influencia en la formación de la cultura teatral fue indudable, pues propuso autores del más alto nivel: Jean Anouilh, George Bernard Shaw, Arthur Miller, Albert Camus o Luigi Pirandello, entre otros.

Como vemos, la colaboración de Josefina Plá y Roque Centurión Miranda se remonta varias décadas de forma muy señera, pues ambos firman varias piezas de la bibliografía de la hispanoparaguaya: los ya nombrados Episodios chaqueños que estrenó el elenco Chaco el 29 de noviembre de 1932; ¿A dónde irás, ña Romualda? (1941), que primero se tituló Pater familias y después, una vez revisada y corregida por Plá, ganó el concurso de Radio Charitas en 1977; La hermana impaciente y La hora de Caín (1938); Desheredado, estrenada en 1944 y calificada por la propia autora como el esfuerzo de “probar que la eficacia [del teatro de Julio Correa] residía en el tema y en su desarrollo y no en el idioma”;
[23] Un sobre en blanco, que estrenó el elenco del Ateneo Paraguayo bajo la dirección de Oca del Valle a fines de 1941 y obtuvo el segundo premio del Concurso de teatro del mismo organismo en 1942; Aquí no ha pasado nada (1942), que premió el Ateneo Paraguayo ese mismo año y estrenó el Teatro Paraguayo de Comedias en 1956 con gran acaloramiento crítico,[24] pues abordaba el tema de la paternidad verdadera; y por último, María Inmaculada, comedia dramática escrita en 1942 sobre el tema de una virgen embarazada.

La presencia de Roque Centurión Miranda será muy destacada. Desde su regreso de Europa adonde fue becado en 1926 y donde conoció el método de Stanislavski, se había propuesto activar el teatro nacional a través de la creación de una Escuela de Arte Dramático y del apoyo a elencos fijos; la colaboración de Josefina en ambos proyectos fue extraordinaria. Sin embargo, aunque la primera obra que debe destacarse de la producción dramática de Plá son los Episodios chaqueños, escritos en colaboración con él, es necesario apuntar que varios años antes, en agosto de 1927, la Compañía Díaz Perdiguero estrenó su Víctima propiciatoria, calificada por la autora como “pieza ingenua y lacrimógena de la cual a pesar de su éxito y por otras razones que Cervantes de aquel lugar de la Mancha, no quisiera la autora acordarse”.
[25]

Si su capacidad de autocrítica es notable, no lo es menos que, recién llegada a Asunción, tras su boda por poderes con Julián de la Herrería, la escritora canaria se nombre a sí misma como “autora local”,[26] señale la importancia del año 27 “en la optimista gestión de nuestro teatro nacional”,[27] e incluya su contacto previo con el grupo valenciano El Búho –según propone José Vicente Peiró-[28] como parte de una raíz común que puede crecer en ambas orillas del Atlántico, en ese “territorio de la Mancha” –por citar de nuevo a Cervantes- que ha nombrado Carlos Fuentes.

Junto a Víctima propiciatoria, otros títulos de la dramaturgia de Plá en solitario son El edificio (1946); ¡Ah che memby cuéra!, comedia dramática en cuatro actos que fue escrita en 1948 y premiada en 1977 en el concurso de Radio Charitas bajo el título de Ésta es la casa que Juana construyó; Historia de un número, redactada en 1948; El pretendiente inesperado (1946-1952), anunciada con otro título (No es de este mundo) y también premiada en 1977; Momentos estelares de la mujer, estrenada en 1949 y con la que se ilustran los incidentes más significativos de la vida de varias mujeres renombradas: Santa Elena, Juana de Arco, Isabel la Católica, Sor Juana Inés de la Cruz y Madame Curie entre otras;
[29] varias adaptaciones basadas en capítulos de Don Quijote que realizó a partir de 1945, como Don Quijote en la venta, Don Quijote y los galeotes (estrenada en 1951) y Principio, medio y fin del gobierno de Sancho Panza; la pieza en un acto La tercera huella dactilar (redactada en 1951 y estrenada en versión radial); Una novia para José vai, farsa en cinco escenas de 1955; El hombre en la cruz, auto trágico en varios cuadros de intención religiosa, escrito en 1957 y estrenado por el Elenco Teatral Estable Municipal (E.T.E.M.) en el atrio de la Catedral Metropolitana en 1966 con gran éxito popular; El empleo, estrenada en el Festival Estudiantil de Teatro en 1971; Alcestes –cinco episodios sobre la tragedia homónima de Eurípides, que obtuvo el primer premio en el concurso teatral del Colegio Asunción en 1972-; Fiesta en el río, Las ocho sobre el mar y La cocina de las sombras, que recibieron los tres primeros premios del “Cuarto Concurso de Obras Teatrales en Paraguay”, celebrado en 1976; así como Hermano Francisco: el revolucionario del amor,[30] estrenada diez años antes en el recinto de la iglesia San Roque y El niño y la estrella (1978). También destaca su teatro infantil, compuesto entre 1948 y 1952: El príncipe de oro, El rey que rabió, Azud, Mazud y Kazud, El pan del avaro (que se estrenó en 1952) y Las tres preguntas, así como puede subrayarse Porasy (1933), libreto de ópera guaraní en cuatro actos con música del compositor checo Otakar Platil.

Al tiempo, varias obras de Plá permanecen inéditas, “encarpetadas” como decía ella,
[31] en un fenómeno ampliable a una parte importante del teatro paraguayo contemporáneo,[32] pues según Antonio Pecci sería autora de unas cuarenta obras de teatro. [33]
Por otra parte, su empeño no concluye en este punto: de 1959 a 1965 dirigió el grupo de teatro-debate El Galpón, formado por profesores y universitarios que ensayaron y discutieron, entre otras obras, La versión de Browning, Esperando a Godot, Momento para los tres o Los enemigos no mandan flores.
A ello se suma su labor como traductora de La matrona de Éfeso, de Paul Morand, El anillo del general Macías, de Josefina Niggli, La garra del mono, de Louis N. Parker y El otro hijo y La patente, de Pirandello.
[34]

Por su intensa actividad recibe en 1983 el “Trofeo Ollantay” del CELCIT de Venezuela en el área de investigación teatral, y este organismo –Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral- todavía recuerda la labor de Plá en la dinamización del teatro paraguayo contemporáneo, en la medida en que se planteó la labor teatral como una forma de reconstrucción de la identidad nacional frente a los procesos dictatoriales vividos en el siglo XX, en particular en la larga dictadura de Alfredo Stroessner, jefe del estado entre 1954 y 1989. En el boletín electrónico de 22 de septiembre de 2002, el CELCIT evoca, con motivo del veintidós aniversario de la fundación del Centro Paraguayo de Teatro, la participación de Plá, junto a muchos otros artistas del país guaraní, en la creación de un organismo independiente y libre que favoreciera la creación teatral en la década de los ochenta, en medio de graves obstáculos:[35] tras la desaparición de la Muestra Paraguaya de Teatro durante los años 1976 y 1977 a causa de la represión política, el 27 de marzo de 1980 se realizó un acto en el Salón del Centro Cultural de España Juan de Salazar en el que se debatió sobre la situación del teatro paraguayo en tan difíciles momentos, y que contó con un mensaje enviado por Josefina Plá y leído por Clotilde Cabral. Ante el éxito del evento, se fue materializando la idea de crear una organización teatral libre e independiente de la línea impuesta por los directivos del Sindicato oficialista ANDAP, que contó con el asesoramiento y apoyo de diversas personalidades del mundo cultural paraguayo –Pelayo García, José María Rivarola Matto y, naturalmente, Josefina Plá-, y cuajó finalmente en la creación del Centro Paraguayo de Teatro (CEPATE) en septiembre de ese mismo año. A su primer secretario general, Víctor Bogado, debemos una interesante panorámica sobre el teatro paraguayo de la segunda mitad del siglo pasado, en el que el nombre de Plá es, como vemos, insustituible.[36] De su dinamismo da prueba también que a partir de 1984 colaborara con el Taller de Interpretación Actoral del Teatro Arlequín, dirigido por el uruguayo Carlos Aguilera.[37]
Y el interés por sus textos mantiene cierta vigencia. En el encuentro hispano-dramático de textos y canciones celebrado en abril de 1997 en la Universidad Interamericana de Puerto Rico, se incluyeron textos suyos, junto a otros de Florencio Sánchez, Luisa Josefina Hernández, José Martínez Queirolo, Alberto Adellach, Virgilio Piñera, Gustavo Andrade Rivera y Luis Lloréns Torres, bajo el título general de “América” y la dirección de Antonio García del Toro, del Taller de Teatro de la Inter-Metro de Puerto Rico.[38]
* * *
De todas sus obras, la que sin duda ha despertado mayor atención es Historia de un número:
[39] estrenada en México, la Argentina y el Uruguay, según las noticias que brinda Edda de los Ríos,[40] ha sido publicada en Teatro breve (1969),[41] en Teatro breve del Paraguay (1981)[42] y en las editoriales españolas Aguilar[43] y Escelicer,[44] así como en Antología crítica del teatro breve hispanoamericano. 1948-1993 (1997)[45] y en Teatro paraguayo de ayer y de hoy, de Teresa Méndez-Faith (2001).

Nombrada “farsa trivial en XI tiempos”
[46] o “trillada y sentimental, en XI escenas”,[47] esta pieza en un acto constituye un drama de gran intensidad y alto valor simbólico. Los personajes, carentes de nombre propio, defienden su condición arquetípica (Él, Ella) y sólo son adjetivados (“Muchacha venal”, “Muchacha moderna”, “Muchacha snob”, “Muchacha ingenua”) para perfilar rasgos diacríticos. No poseen rasgos individualizadores y, por tanto, insisten en la dimensión simbólica que llegan a alcanzar, en torno a un tema de gran presencia en la obra de la autora: el desamparo del hijo natural y de la madre que asume la maternidad repudiada, abnegadamente consciente de que “es la única que sabe que el hijo no puede dejar de haber nacido”.[48] Ese hijo, uno “entre el millón y medio nacido de más este año, y para los cuales el mundo no tiene previsto un lugar en la mesa” (p. 15), carece de legitimación y por tanto de número. Las puertas se le cierran:

TIEMPO V
Escena completamente despejada. Respondiendo a sendos practicables, cuatro ventanillas a cada lado, que se iluminarán conforme se vaya acercando el Hombre a cada una de ellas.
HOMBRE.- (El niño de antes es un adolescente, casi hombre. Lleva un brazal de luto; entra por rampa derecha, paso tardo. Se aproxima a cada una de las ventanillas, de derecha a izquierda, alternativamente, cruzando la escena, como es natural, cada vez).
VENTANILLERO 1.- No hay carta para usted.
VENTANILLERO 5.- No hay puesto para usted.
VENTANILLERO 2.- No hay reuniones para usted.
VENTANILLERO 6.- No hay telegramas para usted.
VENTANILLERO 3.- No hay amigos para usted.
VENTANILLERO 7.- No hay viajes para usted.
VENTANILLERO 4.- No hay deseos cumplidos para usted.
VENTANILLERO 8.- No hay diversiones para usted. (pp. 15-16)

Calificada por Antonio Pecci
[49] y Rosalina Perales[50] como obra expresionista, para la que además la investigadora puertorriqueña plantea su línea absurda de temática universal, crea una atmósfera grotesca y distorsionada que alcanza su clímax en el momento final, cuando el Hombre, conducido por la desesperación al crimen y la marginalidad, recibe el número ansiado, irónicamente ofrecido como el número de un preso común más: tras decretar el juez que todos los males del Hombre se deben a haber nacido y crecido “sin número”, y que por tanto el “Tribunal se cree en el caso de proveer, judicial, jurídica, justiciera y juiciosamente a esa deficiencia” (p. 23), le otorga “un número a su medida, sólo para él y para siempre amén” (p. 23), el número 131313 de su uniforme a rayas. La extraordinaria fuerza expresiva de la pieza y su condensada potencialidad metafórica la han convertido en la obra más relevante de la autora, proyectada a nivel internacional en 1968, cuando fue seleccionada por Carlos Solórzano para ser presentada en el Festival de Teatro Joven Latinoamericano de México.
Como destacó Suárez Radillo, la obra mezcla poesía, ternura y realismo expresionista para alcanzar “indudable universalidad”, así como “infinitas posibilidades escénicas”.
[51] En este juicio insiste Bordoli Dolci al apuntar que “frente a un teatro marcadamente costumbrista y regional, esta obra consigue brindar una sensibilidad dramática nueva al público local y, a la vez, sincronizar el ritmo de las nuevas formas teatrales que ya eran conocidas en otras capitales sudamericanas”.[52] Resulta capital en este sentido la aportación de Méndez-Faith,[53] que ubica Historia de un número dentro de las corrientes teatrales europeas de posguerra –por la inclusión de aspectos del teatro épico brechtiano y del teatro del absurdo- y, al tiempo, señala su parentesco temático y estructural con obras destacadas del ámbito hispanoamericano en fechas relativamente próximas, como los “diálogos” de la mexicana Luisa Josefina Hernández y, en especial, las Historias para ser contadas (1957) del dramaturgo argentino Osvaldo Dragún.
* * *
Otras obras interesantes son las recogidas por Francisco Pérez-Maricevich en Teatro paraguayo inédito de Josefina Plá y Mario Halley Mora,
[54] ya que permiten subrayar varias de las líneas abordadas por su dramaturgia. Se trata de ¿A dónde irás, ña Romualda?, ¡Ah che memby cuéra! y El pretendiente inesperado.
¿A dónde irás, ña Romualda?, escrita en colaboración con Miranda, es una comedia de ambiente en dos cuadros y en prosa cuya acción es contemporánea. Ha de desarrollarse, como propone la autora, en un lugar cualquiera de Paraguay, preferentemente en una capital de departamento. Su fuerza dramática arranca del conflicto de intereses entre varios hijos naturales y su padre. Temerosos los primeros de perder su cómoda situación económica a la muerte de don Martín, ya delicado de salud, y ante los posibles conflictos con otros hijos naturales, se obcecan en convencer a su madre, doña Romualda, para que reclame una boda que legalice su situación. Incapaces de lograr su objetivo, demuestran que su única motivación es el interés económico, y se revelan como seres sin escrúpulo alguno.
Frente a la grandeza espiritual de “ña Romualda”, abnegada y desprendida, todos sus hijos con excepción de Cachito son calculadores y egoístas; en palabras de éste saltan “de alegría con esa partecita que les cayó del cielo de su problemática, hipotética, presunta e hiperbólica herencia como hijos legitimados” (p. 26). Al final, sin haber logrado su objetivo y tras la muerte del padre, abandonan a la madre y a Cachito, gravemente enfermo de tuberculosis.

Los hijos y el padre hablan castellano, pero la madre, caracterizada como “tipo clavado de madre campesina” con su rodete, sus chanclas y su cigarro “poguazú” en la boca, utiliza el “yopará” (del guaraní “jopará” –mezclado-, es el nombre que recibe la lengua “mezclada” de guaraní y castellano que se habla en Paraguay),
[55] estableciendo así un importante nudo de contacto con parte de su obra narrativa.[56] Además, el empleo de la ortografía fonética permite a la autora caracterizar el nivel sociocultural de los personajes, en la estela de grandes obras hispanoamericanas de décadas precedentes, como ocurre con la trilogía rural de Florencio Sánchez. Así:

Madre: Güeno: me voy a sentar. (SE SIENTA, CONSERVANDO SU “POGUAZÚ” EN LA MANO).
Ismael: Bien, pues, doña Romualda....
Hija: (POR LO BAJO) Mamá, por Dios.
Madre: ¿Qué piko pasa ya otra ve?
Hija: Ese cigarro, mamá.
Madre: Oh, mi cigarro. Dejame mba’e tranquila. Ete e mi consuelo mi anga. Total don Imael no se va ecandalizar de ver una vieja jumando. Su mamá, ña Carlota, juma también. Aluna ve hemo jumado junto.
Ismael: Es claro, doña Romualda. Haga no más su gusto.
Madre: Rehechama pa. Así e, doctor. Si le saca la cigarro y la mate, piko, ¿qué le queda a una vieja como yo? (p. 29)

Si por una parte las acotaciones o didascalias no están exentas de humor, como cuando se presenta la casa de la pareja protagonista
[57], por otra parte, se trata de una obra que remite a los graves conflictos morales que afligen numerosas obras de la autora en ese mismo periodo y se mueven en la órbita del realismo costumbrista.

Ya redactada en solitario, ¡Ah che memby cuéra! acentúa la vocación realista de gran parte de la producción de Plá, y se trata de una de sus pocas obras de protagonista
[58]. Presentada como comedia dramática en cuatro actos, se sitúa en Asunción en la época actual, es decir, entre 1941 en que se desarrolla el primer acto y 1947 en que concluye. Es por tanto coetánea de la fecha de redacción (1948), aunque no alcanzó notoriedad hasta varias décadas después, cuando fue premiada en 1977 por el concurso de Radio Charitas.

En ella alcanza plenitud la capacidad dramática de Plá, en gran medida por el retrato de la protagonista, Juana Sosa, una más de las muchas mujeres desamparadas que pueblan su producción. Condenada a un amor desdichado, Juana vive enamorada del abogado y político Dr. Saturnino Bastián, de quien ha tenido varios hijos naturales, pero que se desentiende de su familia y termina casándose con una mujer de su misma condición y abandonando en la indigencia a su numerosa prole. Mientras Juana pelea arduamente por ellos, como una Madre Coraje, la obra está atravesada por el grito lastimero de la vieja vendedora Ña Eudosia, que perdió todos sus hijos el mismo día y se lamenta una y otra vez: ¡Ah che memby... ah che memby cuéra!
[59] Enferma y loca, Ña Eudosia es el “fantasmal negativo fotográfico” (p. 62) de la propia Juana, que se ve obligada a abortar por Saturnino, y que también concluye lamentando la muerte de va-rios de sus hijos. Inmediatamente antes de bajar el telón, en la última escena, se escucha una vez más el quejido de Ña Eudosia:

Ña Eudosia: (AFUERA; SU VOZ SE VA ACERCANDO) Ah, che memby... Ah che memby cuéra...
Nené: Todavía anda por ahí esta vieja tilinga, mi Dios... Le voy a decir hoy mismo a Toto que la haga encerrar en el Asilo.
TELÓN (p. 128)
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Así, Ña Eudosia aparece como la anticipación dolorosa de la protagonista y traspasa las fronteras entre los géneros para ocupar lugar destacado en uno de los cuentos tempranos de Josefina Plá, el titulado “La niñera mágica” (1954) de su libro La mano en la tierra (1963). Allí nombrada Ña Conché, es también una vieja desquiciada por la muerte de todos sus hijos, que malvive de la venta de algunas frutas, recibe la compasión de las mujeres que la rodean –Minguela en “La niñera mágica”, Juana en la obra teatral- y grita lastimeramente:
Su porte, digno aún dentro de su aspecto extraviado, y su desgracia le aseguraban el respeto. No es sonsera perder seis hijos y quedarse sola, ya vieja.
A veces, sin embargo, en mitad de un trato, Ña Conché dejaba caer en el canasto los yuyos liados con esmero en ataditos, o los mamones escuálidos, y sentándose en el escalón, se agarraba la cabeza con ambas manos, lamentándose en un lloriqueo flébil, casi aéreo:
–Che memby, ah, che memby cuéra!...
[60]
Del mismo modo que en la obra de teatro, Ña Conché es descrita “espectralmente blanquigreñuda”, “más negativo de sí misma que nunca” (p. 61), con lo que recuerda la didascalia de la escena primera del acto primero: “los cabellos [de Ña Eudosia], absolutamente blancos, alborotados en torno al rostro, hacen de ella un fantasmal negativo fotográfico” (p. 62). Y su lamento termina tiñendo de tonalidad sombría la tupida red textual hasta convertirse en el amargo pálpito con el que a su vez concluye el cuento:
Minguela arrodillada al pie del catre, daba de comer a la anciana. Una y otra vez recogía con la cuchara la sopa de leche que resbalaba por sus comisuras cayéndole sobre el cuello: trataba de forzar una cucharada entre los labios violáceos y arrugados. Una y otra vez, con infinita paciencia.
–Así está siempre, la señora.
El doctor y la señora se miraron. Y despacio, sin hacer ruido, regresaron al coche. La señora lloraba. Cuando el doctor ponía en marcha el auto –un auto nuevo: lo habían estrenado para este viaje- aún llegó a ellos por encima del seto de amapola la voz flébil, aguda, del espectro postrado:
–Ah, che memby, ah, che memby cuéra!! (p. 61)

El humor presente en ciertas caracterizaciones de Ña Romualda ha desaparecido por completo, y la pieza tensa su arco dramático hasta el máximo grado de resistencia, remitiendo, como vemos, a uno de los nudos centrales de su obra: el retrato compasivo de las mujeres más humildes de su país de adopción, las que, o bien en el ámbito rural o bien en el urbano de baja extracción social sufren en silencio y pueden nombrarse, en palabras de Francisco Corral, las víctimas de un destino implacable y trágico.
[61] Heroínas por su generosa y decidida entrega –Juana a los hijos, Minguela a Ña Conché-, son inexorablemente aplastadas por el destino adverso, a menudo encarnado en la crueldad de los que las rodean: los hombres que se cruzaron en su camino, los patrones, a su vez dueños de las haciendas y las vidas, etc.

A los cuentos de Plá que podrían situarse en esta misma zona temática (el ya citado “La niñera mágica” y “A Caacupé”, de La mano en la tierra; “Cayetana”, “La jornada de Pachi Achi” y “La corona de la Virgen”, de El espejo y el canasto –1981-; “La vitrola”, “Sisé”, “Adiós doña Susana”, “Curuzú la novia” y “Ñandurié”, de La pierna de Severina –1983- o “Tortillas de harina” de La muralla robada –1989-) se suma, en el género teatral, ¡Ah che memby cuéra!, pues “se sitúa en el interior de un mundo moral que es percibido en decadencia dolorosa por la negación, el avasallamiento o el desprecio de los valores”, en las palabras con que Pérez-Maricevich firma la introducción a su Teatro paraguayo inédito de Josefina Plá y Mario Halley Mora.

Por último, El pretendiente inesperado abre el abanico de posibilidades del teatro de la autora canaria, al apuntar la vertiente simbólica que hemos podido ver desarrollada en Historia de un número. En este sentido, se presenta como un cuento escénico medieval en cuatro cuadros que sitúa su acción “allá, cuando todo era posible” (p. 131) y su lugar en “una posada a la orilla de cualquier camino de Dios. (Preferentemente en Flandes, país donde las brujas y los diablos transitaron mucho más y hasta mucho más tarde que en otros sitios de la vieja Europa)” (p. 131). Su contenido legendario aborda un tema de largo desarrollo en la historia de la cultura, el de la joven virgen amada por la muerte y a quien sólo puede rescatar el amor absoluto. Albada, la muchacha casadera, será requerida por el Comerciante, el Señor, el Capitán y el Poeta, arquetipos que no pueden desembarazarse de su condición representativa y encarnan los principales vicios: la lujuria, la gula, la codicia, la soberbia, la pereza. En un acto de desesperación, Albada se entregará al Caballero Negro, símbolo de la muerte que sólo el joven Mozo consigue derrotar.

El juego con los colores blanco y negro, el mismo nombre de la protagonista
[62] –que remite al alba o la alborada- y el empleo de un velo negro con el que el Caballero cubre el cuerpo de Albada o del Mozo para representar su muerte, enfatizan el simbolismo de una obra para la que Pérez-Maricevich ha destacado su aura poética y su atractiva sintaxis textual.[63] Al tiempo, aunque puede advertirse la presencia de anacronismos no exentos de cierto humor,[64] sobre el desarrollo de la pieza planea la misma condición trágica de las obras anteriores: el amor absoluto del Mozo salva la vida de Albada, pero ni ésta ni nadie puede devolverle a aquel la vida entregada, con lo que “este cuento escénico medieval” concluye con el verso del Poeta “El amor verdadero no es de este mundo”:

ESCENA FINAL
CAPITÁN Y POETA
Capitán: ¿Por qué haría eso el mozo? ¡Habiendo tantas mujeres en el mundo!
Poeta: Cuando no se tiene nada en la vida, es fácil morir.
Capitán: ¿La vida no es nada...?
Poeta: La vida no es nada. La vida es lo que tiene adentro. Es como una copa. Si está vacía.... ¿Me diréis de qué sirve una copa vacía...?
Capitán: (MIRANDO LA BANDEJA) Verdad. Bien. Si estoy vivo el año que viene, vuelvo por aquí. A lo mejor Albada se consoló ya.
Poeta: Yo no volveré. Nunca podré hacerle una balada más bella que la que me ha inspirado el suceso de hoy. Y la llamaré: El amor verdadero no es de este mundo.
TELÓN (p. 176)

En conclusión, el fracaso, el desencanto, la imposibilidad absoluta de esperanza, la alienación o la muerte se ofrecen como los universales sobre los que trabaja Plá, a su vez complementarios del diagnóstico atroz con el que contempla la situación vivida por la mujer paraguaya como metonimia de los más humildes, acosados siempre por el despotismo y el patriarcalismo de la clase dominante.
Si la tensión con lo particular es evidente en varias de las obras comentadas –¿A dónde irás, ña Romualda?, ¡Ah che memby cuéra!-, el abanico que traza su propuesta se abre hacia lo universal en obras como El pretendiente inesperado o Historia de un número, enlazando así de forma notable con el resto de su producción, en particular con la cuentística y la poética.

De una parte, parece posible establecer cierta correspondencia entre los llamados cuentos fantásticos u oníricos de su producción, y las piezas de pretensión universal (El pretendiente, Historia...), así como es posible establecer conexiones entre aquellas obras que se relacionan con el mundo paraguayo del siglo XX y los cuentos denominados del entorno y sus gentes:
[65] las protagonistas Ña Romualda y Ña Eudosia, así como Juana, encuentran su correlato en la producción narrativa de la autora.
De otra parte, la poesía de Plá, que ofrece páginas extraordinarias de su producción, trabaja sobre una zona de umbría en la que se corporeizan los universales antes nombrados:
[66] el fracaso, el despojo, la intemperie o la muerte.[67] Títulos como Tiempo y tiniebla (1982), Satélites oscuros (1966) o Invención de la muerte (1965) colorean en sombra ese territorio poético que se levanta sobre la pérdida, magistralmente:

VII
Tal vez pidan por ti la flecha, el ala, la hélice.
Acaso la corteza de taciturna máscara.
Tal vez la mariposa funámbula del aire.
Tal vez te espere el mar, la vela, el témpano:
aleta aguda, anémona quemante,
fluorescente medusa, barroca caracola,
laberinto moreno de las algas,
flanco vertiginoso de torpedo asesino.
Ay, todo menos eso: seguir siendo
polvo, por siempre preso, en la trampa mineral
implacable.
Cadena. Exilio. Cárcel. Extrañación. Castigo.
VIII
[...]
Levántate. Camina. Porque esto es el amor que te
secaba las carnes
como seca el sol los herbazales en enero.
Esto es el amor. Seguir tu forma inacabada,
sonámbula por todos los corredores de la muerte.
[68]

De esa forma se enlazan los dos polos nombrados y ofrecen un proyecto poliédrico en su indivisa complejidad que se manifiesta en diversos géneros literarios y a su vez reposa sobre dos pilares: la preocupación por la identidad personal y colectiva, caracterizada por Plá como “forma inacabada”, en marcha o en proyecto, y el esfuerzo de integración y búsqueda de lo que ella nombró como “suprahumanidad”. En este sentido, pueden recordarse sus palabras para el Primer Encuentro Internacional de Escritores Latinoamericanos (Asunción, 1994) que publicó la revista Exégesis:
Y en ese hacerse, que consagrará la identidad de un plan con una definitiva inteligencia, el ser humano tiene sus instrumentos y su aliento: se manifiesta tal a través de las facetas que impone a su conocimiento en las formas diversas de la creación, y fuera de sí mismo, en su entorno, en el universo; pero sobre todo dentro de sí mismo. Y entre ellas, quizás la creación literaria sea la más directa, la más concreta y eficaz, dentro de la aparente infinita vaguedad de sus blancos. Porque en ella, en una labor de autozapa, subconsciente pero efectiva, el ser humano se busca a sí mismo; busca su imagen “por hacerse” que la visión inmediata y egotista le ofrece distorsionada hasta la alienación.
[...]
En el escritor –reitero- y, en esencia, más entrañablemente, se da el diseño siempre esquivo, cada vez más acuciante, de esa criatura por nacer a su propia identidad”.
[69]
Seguramente pueda decirse de toda la producción de Josefina Plá, canaria y paraguaya de adopción y destino, que aspira a la integración plena, aquella que ella misma planteaba como una “conciencia unificadora, de supranacionalidad”, en “el amanecer de una universalización, de una suprahumanidad, totalizadora de la conciencia de humanidad”,[70] a la que su obra rinde sus mejores páginas como testigo y partícipe de un orden que argumenta su vitalidad permanente.Y de su producción teatral, que entregó su más decidido empeño a lograr el cauce unívoco por el que habían de correr los problemas “de un mundo cuya unificación espiritual se halla en marcha”.[71] Como dictaminaba en 1966, resulta difícil pero imprescindible “la gestación de un teatro que represente la visión peculiarmente nuestra de los problemas universales”,[72] a los cuales el Paraguay no podría escapar.
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NOTAS
[1] Josefina Plá, “Hacia la suprahumanidad”, Exégesis, núm. 26, Humacao: Universidad de Puerto Rico, 1996; edición electrónica, Humacao: Universidad de Puerto Rico, s. f., http://cuhwww.upr.clu.edu/.
[2] Aunque en los últimos años destacados estudiosos de la obra de Plá han adelantado la fecha de nacimiento de la autora, ella siempre indicó que esa fecha era 1909. Cfr. Ángeles Mateo del Pino, “Introducción” a Sueños para contar. Cuentos para soñar. Antología, selección, introducción y bibliografía de Ángeles Mateo del Pino, Puerto del Rosario: Cabildo Insular de Fuerteventura, 2000, pp. 11-41.
[3] Plá, El teatro en el Paraguay. Primera parte. De la fundación a 1870, Asunción: Diálogo, 1967, p. 80.
[4] Plá, “El teatro popular de Gastón Chevalier París”, prólogo a Ezequiel González Alsina (cuyo seudónimo fue Gastón Chevalier París), en Teatro reunido II, Asunción: Mediterráneo, 1987, s.p.
[5] Plá, “Cuatro siglos de teatro en el Paraguay 1544-1964”, en Varios Autores, IV Departamento de Cultura y Arte, Asunción: Municipalidad de Asunción, 1966, pp. 61-244; p. 220.
[6] Asunción: Diálogo, 1967.
[7] Plá, “Cuatro siglos de teatro en el Paraguay 1544-1964”, cit., p. 67.
[8] Plá, “El teatro en el Paraguay (1544-1870)”, Cuadernos Americanos, núm. 4/1965, México: Universidad Nacional Autónoma de México, julio-agosto de 1965, pp. 201-222
[9] Se encuentra sin datar, tal como pudimos comprobar en el original del que dispone la Biblioteca Hispánica de Madrid.
[10] Plá, Cuatro siglos de teatro en el Paraguay: El teatro paraguayo desde sus orígenes hasta hoy (1544-1988), Asunción: Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción, 1990, v. 1, p. 16.
[11] Plá, “Teatro religioso medieval: su brote en Paraguay”, Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 291, Madrid: Instituto de Cooperación Iberoamericana, septiembre de1974, pp. 666-680.
[12] Plá, “Teatro paraguayo en la colonia (1537-1811)”, en Varios Autores, Festschrift José Cid Pérez, edición de Alberto Gutiérrez de la Solana y Elio Alba Buffil, New York: Senda Nueva, 1981, pp. 147-151.
[13] Así José Luis Ardissone, fundador del grupo Arlequín, destacaba recientemente la labor de Plá:
Yo creo que la memoria del Paraguay es muy débil, prácticamente no conservamos nada, y dentro de esa enorme falta de memoria el teatro tal vez sea una de las áreas más castigadas. Además, no existe prácticamente ningún libro nuestro sobre teatro, con excepción de los tres tomos escritos por doña Josefina Plá que abarcan la historia del teatro paraguayo desde la Colonia hasta la década del ‘50.
En el artículo “Fundación Arlequín: promoviendo el teatro paraguayo”, entrevista en Panal, núm. 115, Asunción: Cooperativa Universitaria Limitada, abril de 1999; edición electrónica, s. f.,
http://www.cu.com.py/. Véase también de Edda de los Ríos, Dos caras del teatro paraguayo, prólogo de Ricard Salvat, Asunción: Agencia Española de Cooperación Internacional, 1994; edición electrónica, Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, s. f., http://cervantesvirtual.com/.
[14] Plá, “El teatro en el Paraguay (1544-1870)”, cit., p. 214.
[15] Ibidem, p. 216.
[16] Plá, El teatro en el Paraguay, París: Jouve, 1965?, p. 25.
[17] Plá, “El teatro en el Paraguay (1544-1870)”, cit., p. 217.
[18] Plá, “Cuatro siglos de teatro en el Paraguay 1544-1964”, cit., p. 224.
[19] Ibidem.
[20] Plá, “El teatro en el Paraguay (1544-1870)”, cit., p. 219.
[21] Es la misma década, por otra parte, en la que se ubica el llamado “Teatro Independiente”, que debe su nombre al impulso del Teatro Experimental Asunceno (TEA), dirigido por Tito Jara Román.
[22] Abrió sus puertas el 17 de junio de 1948. Tras su cierre ese mismo año, se reabre en 1950 para dejar de funcionar en 1960. Ha sido reabierta en varias ocasiones después.
[23] Plá, “Cuatro siglos de teatro en el Paraguay 1544-1964”, cit., p. 225. En 1966 Roque Sánchez tradujo la obra al guaraní, y fue representada en el Teatro Municipal y en giras por el interior del país.
[24] Cfr. Ramón Bordoli Dolci, La problemática del tiempo y la soledad en la obra de Josefina Plá, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 1984.
[25] Plá, “Cuatro siglos de teatro en el Paraguay 1544-1964”, cit., p. 222.
[26] Ibidem.
[27] Ibidem.
[28] El primer contacto destacado de Plá con el teatro habría tenido lugar en sus años de estancia en Valencia previos a su primer viaje al Paraguay, donde conocería la experiencia teatral del grupo El Búho. En José Vicente Peiró Barco, “Teatro paraguayo contemporáneo: Fernando Oca del Valle”, Stichomythia, revista electrónica, núm. 0, Valencia: Universitat de València, enero de 2002, http://parnaseo.uv.es/.
[29] Para una lectura feminista de la obra, véase de Luz A. Sonnino, El espíritu feminista en las obras de dramaturgas latinoamericanas, trabajo presentado en Baruch College (City University of New York), en 1990: http://newman.baruch.cuny.edu/.
[30] Se encuentra recogida en Varios Autores, Teatro paraguayo de ayer y de hoy , edición de Teresa Méndez-Faith, Asunción: Intercontinental, 2001.
[31] “Que no se publicase, no me importaba; lo esencial era dar forma al pensamiento”. En “Como me veo”, Alba de América, núm. 24-25, Westminster, California: Instituto Literario y Cultural Hispánico, julio de 1995, pp. 39-46.
[32] Cfr. la propia Plá en “El teatro en el Paraguay (1544-1870)”, cit.
[33] Responsable de la selección para el volumen de Varios Autores, Teatro breve del Paraguay, bocetos de Carlos Colombino, Asunción: NAPA, 1981.
[34] Había destacado la autora que “hay en teatro tres autores –Sófocles, Ibsen, Pirandello- [...] que leídos en la infancia o en la primera juventud, son algo mío”. En “Autosemblanza escrita a pedido de un periodista extranjero”, documento inédito recogido en la tesis doctoral de Bordoli Dolci, cit., p. 518.
[35] El CELCIT en acción, boletín electrónico, núm. 127, Buenos Aires: CELCIT, 22 de septiembre de 2002, http://www.celcit.org.ar/.
[36] Víctor Bogado, “Teatro paraguayo. Breve reseña”, ponencia leída en el II Congreso de Teatro Universitario celebrado en la Universidad de Chihuahua (México) en noviembre de 2000. Se recogió en Dramateatro, revista electrónica, núm. 5, Caracas: Dramateatro Revista Digital, septiembre-diciembre de 2001, http://www.dramateatro.arts.ve/.
[37] Cfr. Rosalina Perales, “Paraguay”, en Teatro hispanoamericano contemporáneo (1957-1987), México: Gaceta, 1989, v. 1, pp. 203-226.
[38] En la página electrónica personal de Antonio García del Toro, escritor y director teatral puertorriqueño: Taller de Teatro de la Inter-Metro, San Juan: Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto Metropolitano, s. f., http://coqui.metro.inter.edu/.
[39] Así, el artículo de Lydia de León Hazera, “Signos y mensaje de Historia de un número de Josefina Plá”, Explicación de Textos Literarios, v. 15, núm. 1, Sacramento, California: California State University, 1986-87, pp. 59-64; y la presentación de Teresa Méndez-Faith, “Historia de un número de Josefina Plá: ¿”Farsa trivial en XI tiempos” o alegoría teatral para todos los tiempos...?”, en Varios Autores, Antología crítica del teatro breve hispanoamericano. 1948-1993, edición de María Mercedes Jaramillo y Mario Yepes, Medellín, Colombia: Universidad de Antioquia, 1997, pp. 15-22.
[40] De los Ríos, op. cit.
[41] Teatro breve de Josefina Plá y Ramiro Domínguez, Asunción: Diálogo, 1969 (incluye Historia de un número de Plá y Cantata heroica de Ramiro Domínguez).
[42] Varios Autores, Teatro breve del Paraguay, cit.
[43] Varios Autores, Teatro breve hispanoamericano contemporáneo, selección, prólogo y notas por Carlos Solórzano, Madrid: Aguilar, 1970.
[44] Varios Autores, Teatro contemporáneo hispanoamericano, prólogo, selección y notas de Orlando Rodríguez-Sardiñas y Carlos Miguel Suárez Radillo, Madrid: Escelicer, 1971. En el tomo I, dedicado a Colombia, Chile, Ecuador, Honduras, México, Paraguay y Perú.
[45] Varios Autores, Antología crítica del teatro breve hispanoamericano. 1948-1993, cit.
[46] En Teatro breve de Josefina Plá y Ramiro Domínguez, cit.
[47] En Varios Autores, Teatro contemporáneo hispanoamericano, cit.
[48] Cito por Teatro breve de Josefina Plá y Ramiro Domínguez, cit., p. 14.
[49] “Introducción” a Varios Autores, Teatro breve del Paraguay, cit., pp. 7-8; p. 8.
[50] Rosalina Perales, Teatro hispanoamericano contemporáneo (1957-1987), cit., p. 207.
[51] En Varios Autores, Teatro contemporáneo hispanoamericano, cit., p. 469.
[52] Bordoli Dolci, La problemática del tiempo y la soledad en la obra de Josefina Plá, cit., p. 447.
[53] Méndez-Faith: “Historia de un número de Josefina Plá: ¿“Farsa trivial en XI tiempos” o alegoría teatral para todos los tiempos...?”, cit.
[54] Teatro paraguayo inédito de Josefina Plá y Mario Halley Mora, introducción de Francisco Pé-rez-Maricevich, Asunción: Mediterráneo, 1984.
[55] Como apunta el antropólogo y lingüista Bartomeu Melià en su trabajo “Usos y normas en el guaraní paraguayo”, “prevalece la percepción de que hay un guaraní común y cotidiano que “implica el predominio del guaraní sobre el castellano, tanto estructuralmente como en el léxico”” (tal como puede constatarse en El guaraní mirado por sus hablantes; investigación relativa a las percepciones sobre el guaraní, Asunción: Ministerio de Educación y Cultura y Banco Interamericano de Desarrollo, 2001), pero que a su vez ofrece una “mezcla notable de elementos de las dos lenguas en cuanto al léxico. Algunos dicen que éste es el yopará, el guaraní de la informalidad usado en la casa, en la calle y en el mercado. Es el guaraní más útil y el más utilizado porque asegura los procesos comunicativos de la cotidianeidad. Hay quien lo percibe como una tercera lengua, denominación que viene desde los tiempos en que el Padre Martín Dobrizhoffer así designaba el habla popular de los españoles en el Paraguay de mitad del siglo XVIII”. En la página electrónica del Congreso Mundial sobre Políticas Lingüísticas (Barcelona, 16-20 de abril de 2002), Barcelona: Instituto Linguapax, s. f., http://www.linguapax.org/. Por su parte, Josefina Plá estudió el tema en Bilingüismo y tercera lengua en el Paraguay, escrito en colaboración con Melià (Asunción: Universidad Católica Nuestra Señora de Asunción, 1975).
[56] Como destacó tempranamente Pérez-Maricevich, Josefina Plá creó “una lengua narrativa que, sin caer en el criollismo o en el bilingüismo radical, se forma por hibridación popular en léxico y sintaxis de ambas lenguas nacionales”, prólogo a Varios Autores, Crónicas del Paraguay, selección de Josefina Plá, Buenos Aires: Jorge Álvarez Editor, 1969 (“La narrativa paraguaya de 1940 a la fecha”, pp. 7-14; p. 12).
[57] Así:
Don Martín y doña Romualda son un casi matrimonio: es decir, que don Martín pone la casa y los muebles, y doña Romualda pone los hijos. La sala es, en decorado y muebles, de un gusto sin gusto, y una comodidad completamente convencional. La simetría de las sillas da dentera: la de las chucherías sobre las mesas, ganas de romper algo.
Cito por Teatro paraguayo inédito de Josefina Plá y Mario Halley Mora, op. cit., p. 16.
[58] Plá, “Interpretación de la obra teatral”, en Bordoli Dolci, La problemática del tiempo y la soledad en la obra de Josefina Plá, cit., p. 538.
[59] Se trata de un lamento por los hijos (memby). Cfr. Antonio Ruiz de Montoya, Vocabulario de la lengua guaraní (1640), transcripción y transliteración de Antonio Caballos, introducción de Bartomeu Melià, Asunción: Centro de Estudios Paraguayos Antonio Guasch, 2002. Por su parte, cuéra es el sufijo plural: Antonio Guasch y Diego Ortiz, Diccionario castellano-guaraní, guaraní-castellano, Asunción: Centro de Estudios Paraguayos Antonio Guasch, 1994.
[60] Cito por Plá, Sueños para contar. Cuentos para soñar. Antología, cit., p. 59.
[61] Francisco Corral, “Inagotable tejedora de sueños”, Cyber Humanitatis, en línea, núm. 18, Santiago de Chile: Universidad de Chile, otoño de 2001, http://www.uchile.cl/.
[62] Del latín albata, “vestida de blanco”.
[63] Francisco Pérez-Maricevich, “Introducción” a Teatro paraguayo inédito de Josefina Plá y Mario Halley Mora, cit., pp. 5-10; p. 9.
[64] Así:
Posadero: (DESESPERANZADO) Está bien.
Capitán: Además que aquí se trata de elecciones libres y democráticas, ¿no...? Si la doncella me elige... (SE ATUSA LOS BIGOTES).” (pp. 152-152)
[...]
“Posadera: Todo eso está muy bien, marido. ¿Pero qué quieres...? No es cuestión de echar la niña al estanque para que no caiga en el pozo. Ninguno de esos cuatro pazguatos me parece con capacidad para quererla y apreciarla lo su-ficientemente. ¡Pobrecita Albada...! (SE ENJUGA UNA LÁGRIMA) ¡no sabrá nunca lo que es un beso de amor dado a la luz de la luna...!
Posadero: (CON ALARMA) ¡Mujer, no me digas que habéis estado leyendo novelas de Corín Tellado...! (p. 159)
[65] Giovanna Minardi ha clasificado los cuentos de Plá en varias categorías: los llamados cuentos del desarraigo –o de sublimación autobiográfica-, del entorno y sus gentes (en especial las mujeres olvidadas y sometidas), los fantásticos u oníricos y por último, los cuentos infantiles, tomando como punto de partida la “Interpretación de mi cuentística” que recogió Bordoli Dolci en su tesis doctoral ya citada. En “Josefina Plá: una voz a recuperar”, Arrabal, núm. 2-3, Lleida: Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos, Universitat de Lleida, 2000, pp. 225-233.
[66] En este sentido, ha destacado Alfredo Fressia:
Com esse poemário [Invención de la muerte], a poesia de Plá atinge o domínio seguro, dir-se-ia inexorável, da sua própria estética: as sonoridades, as aliterações, o ritmo surdo que já não obedece necessariamente ao soneto, ou às formas tradicionais, que evita a rima pré-fixada e prefere a assonância inesperada, as controladas rupturas do ritmo que fracturam a ideia para criar a verdadeira dimensão da dor. Plá apela a uma liguagem de estirpe tradicional espanhola, universal, sem localismos, para nomear os elementos primários. O Paraguai poderia estar presente em algumas imagens [“Porque esto es el amor que te secaba/ las carnes como el sol los herbazales en enero”], mas aqui, e diferentemente da sua narrativa e do seu teatro, o sol, a água, o vento, a terra são universais e configuram o círculo trágico onde gira o discurso.
En “Escrito com luz negra”, en Josefina Plá, Trinta e três poemas, introducción, selección y traducción de Alfredo Fressia, Lisboa: Ediciones Fluviais, 2002, pp. 7-16; p. 13.
[67] Escribía la autora en el prólogo al poemario La llama y la arena (1987):
El hombre es el animal capaz de saber que muere y anticipar ese momento espiritualmente. Creo que ese animal es más hombre –más humano- en cuanto es más capaz de abarcar ese momento, tratar de buscar su íntimo sentido, que va más allá de la pudrición. No puede llegar a visualizar en vida la supervivencia, pero puede sentirse más allá de esa pudrición. Este quizá sea el secreto de la poesía. Y su misión, en cuanto al poeta mismo se refiere.
En “Dos palabras”, prólogo a La llama y la arena, Asunción: Alcándara, 1987, pp. 7-9; p. 9.
[68] Del poemario El polvo enamorado (1968), en Plá, Trinta e três poemas, cit., p. 54.
[69] En Plá, “Hacia la suprahumanidad”, cit. Se trata de una idea que encontramos también formulada en el artículo titulado “Como me veo”, cit.
[70] Plá, “Hacia la suprahumanidad”, cit.
[71] Cito las palabras de Plá, “Cuatro siglos de teatro en el Paraguay 1544-1964”, cit., p. 230.
[72] Ibidem.

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Último fragmento de la cuarta parte del Nº 4 editado de la revista PALABRAS ESCRITAS, publicado por SERVILIBRO, Asunción, Paraguay.

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Las ilustraciones son del artista Miguel Pencieri.



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